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Recuerdo con espanto haber leído una frase patética, desafortunada e incongruente. “ La Concertación podrá ser una mierda pero es nuestra mierda” dijo un elitista pensador, de esos que defendían la opción de Frei junto a varios de su calaña con abundante burla, en vivo por internet y cocidos como botón de oro en un mesón del Liguria.
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La campaña “No da lo mismo” pensada para revertir lo inevitable fue el triste epílogo con que la aristocracia pensante disfrazada de pueblo dio sus últimos estertores de cúpula verborreica y mal oliente. La soberbia mata. Se los dije acá y les anticipé hace un mes los resultados de ayer. Tanto como enumeré los factores que alimentaban la desidia del votante medio.
Fue interesante el repunte del conglomerado oficial en el balotaje. Pero a esta altura, perder por goleada o por un gol de última hora daba lo mismo. La derrota se venía fraguando hace años, con una derecha complaciente que dejó a su rival juntar basura bajo la alfombra para afianzar una chance real mostrando su linda escoba de cartón en mano.
Si en el ’89 fue la campaña del terror acuñada en las bases pinochetistas la que ungió a la concertación, fue esa misma táctica obsoleta apelando al caos la que sepultó nuevas aspiraciones de eternizar el poder con candidato recauchado. Un mueble en un mismo lugar junta demasiada tierra debajo, ya era hora de cambiarlo.
Proceso natural que se suma al arribista latente que subrayamos en estas mismas líneas tras primera vuelta, motor que definió la elección de ayer apelando a una difusa igualdad. El que juntó de manera bizarra en las calles a los ciudadanos populares con los de clase acomodada celebrando lo mismo. Torpe idea paritaria sembrada por el consumismo desatado que la propia centro izquierda ayudó a instalar sin concesiones en Chile. Y que hoy los tiene embalando cajas de escritorio.
No es lo peor. La caída del pacto regente en ningún caso genera un vuelco estandarizado de las fuerzas sino que abre expectativas para un nuevo escenario político, uno que para los partidos progresistas significa subdividir voces y transparenten las diferencias que en la última década los terminaron pudriendo desde el interior. Porque las tienen y son irreconciliables. Es, por lo mismo, una oportunidad única.
La concertación, como la conocíamos hasta ahora, puede haber sufrido un paro cardíaco del que no se recupere jamás. Las voces divergentes, culposas y enfrentadas recién se hacen escuchar. La generación de ex mandatarios que reconoció la derrota de Frei en primera fila debió sentir que ya es el momento de colgar los botines, abrazar el retiro, hacerse a un lado del camino y dejar que la nueva avanzada, esa que llegó muy tarde a reforzar el comando oficial –por eso de la altanería innecesaria- tome las riendas definitivas.
Eso indicaría dos caminos. Uno de división, por los constantes choques de intereses y propuestas que siempre evidenciaron a pesar de juntarse estoicamente para la foto. Y uno de reivindicación, que no es más que volver al riel original, sin la presión de la avenencia oportunista.
Es el momento que los socialistas descolgados de su impronta -por ese susterfugio partidario llamado PPD- vuelvan a formar una sola fuerza y se divorcien de la inarmónica alianza con una DC cuya corriente se asemeja más a la nueva coalición de gobierno. También es el minuto para que la izquierda más radical aproveche su última movida de ajedrez y afiance posición desde el parlamento con la irrupción del mensaje de Arrate en la campaña.
Este variopinto de tendencias se completaría con los independientes descolgados, que encarna el fenómeno de Enríquez-Ominami y su improbable capacidad de mantenerse en primera línea por cuatro años. Su obligación de consolidarse los pone en la disyuntiva de rearmar desde una trinchera sin presencia legislativa o insertarse en la corriente partidista que nunca dejaron del todo. Aunque esta vez, con el voto de confianza necesario para no ser mero acompañamiento de cargos.
Una cosa queda clara. Todos hoy hablan de ser oposición y su afirmación es tan transversal, populista y posera como era comprar entradas para el concierto de Madonna en su momento. La nueva moda falsa. Toda fuerza progresista aparentemente unida contra la imagen del nuevo gobierno de derecha no existe porque recién están acusando el golpe.
Su mayor miedo no es reorganizarse con el pliego de diferencias que deben sacarse en cara. Lo peor que les puede pasar es que entre tanta divergencia que el 51% del electorado manifestó ayer, el pacto que asumirá La Moneda en marzo demuestre que no hay tanta distancia real entre unos y otros, que este país de cambios lentos y costosos tenga por 8 o 12 años a una coalición que asume el mando sin ningún mérito político. Triste pero cierto.
Más que el triunfo de Sebastián Piñera, los resultados de ayer subrayan la derrota de un modelo obsoleto, gastado, roñoso y sin convicción. De un grupo que no puede seguir conviviendo junto con tantas divergencias insalvables de fondo. Quizás ya sea hora de sacarse las máscaras, de mostrar la verdadera cara…
