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Agosto 19, 2026

Meo por Frei

La sabiduría popular dice que este efecto se llama engordar para morir flaco. Le pasó a Marco Enríquez Ominami. Acorralado, bombardeado, vilipendiado por los cuatro costados, no fue capaz de soportar los caballazos y, a pesar de contar con un inédito y no despreciable apoyo del veinte por ciento de los votantes, y en una declaración parecida a las que hacía Mario Moreno, sucumbió. 

Cosa de él como lo va a hacer para entusiasmar a futuros militantes de su partido. Hasta donde se puede sospechar, la gracia del diputado era precisamente su parada de desafío al poder. Nunca dijo que un nuevo escenario en la agenda legislativa iba a cambiarlo de parecer.
 
Sobre todo sabiendo que esas leyes, que se cocinan en tiempo record en ollas Marmicoc, no aseguran en absoluto que sean convenientes para quienes se supone deben serlo. Pero, en fin, ahí lo vemos, rendido.
 
Pudo haber sido más caro su precio. Era cosa de ver la desesperación del Comando freista a la luz de las cifras secretas.
 
No soportó pensar que la probable derrota de Frei le iba a ser endosada de aquí a la eternidad. No soportó los mensajes interminables que recibió a diario por las más diversas formas y medios. No soportó que de aquí a cuatro años, se le enrostrara su responsabilidad en el triunfo de la derecha, de haberlo.
 
Ni siquiera logró desbarrancar, muchos creímos inminente su caída, a su archi enemigo Escalona.
 
Estará pensando en el 2014. Y para eso un partido es fundamental, si no consigue volver a su cuna original, la Concertación. El desbande que probablemente consiguió entre sus seguidores por esta voltereta circense, augura dificultades a la hora de juntar las firmas. Las que logró para el efecto de su candidatura fueron cosechadas precisamente por su parada audaz y desafiante a la oligarquía concertacionista. Pero caminó en círculos y se perdió.
 
Más allá de omitir el nombre del candidato del 29,5%, y dejar entrever el franco desprecio que tiene por éste, cayó en aquello que tanto criticó. Se quedó con el candidato del pasado, como un elector del pasado.
 
Habrá mucha gente desencantada. Esa que votó por él suspirando por una opción que, más allá de chasconear en grados importantes la abulia política, ofreciera alguna alternativa progre.
 
La que estará feliz, serán sus votantes incoloros, que lo eligieron por la pinta, por la mujer, por sus modales de franchute habiloso y que votarán por Piñera por razones distintas, pero de la misma profundidad.
 
En todo caso, según como se observe, la declaración de Marco Enríquez es una buena noticia para los que se interesan por levantar alguna opción distinta en la izquierda. Se acaba un distractor que puede embolar la perdiz de algún hermano incauto.
 
Marco habrá de volver al redil. Sus votantes están en serio riesgo de recaer en el síndrome que les hizo votar por él: la desconfianza. Debió aguantar el diputado, pero parece que no tiene, hasta ahora por lo menos, el temple necesario para aceptar los repliegues. Quizás puedan más las cámaras, el protagonismo estéril o el convencimiento que la gente es lesa.
 
La oportunidad de algunos sectores de la izquierda desplumada aumenta en algunos grados con esta renuncia. La gente de izquierda, por muy desparramada que esté, debe confiar en sus propios méritos, en la gente que se la ha jugado siempre, aquellos regañones y disconformes con corazón grande.
 
Hay un espacio en disputa que se ve más nítido hoy. Se pondrán de moda los nuevos referentes y partidos. De cierta manera, parece que se avecina un tiempo de cambios, de acomodos, de reacomodos y mariguancias. Bien que sea así.
 
Mientras tanto, se escuchan voces, queridas voces. Valientes voces. Sería bueno que revisáramos los arreos para cabalgar de nuevo. Que desempolvemos la mística, tan necesaria. Y que recordemos cómo es la cosa cuando la gente nuestra golpea la mesa y todo lo demás.
 

Ahí siempre hay altos grados consecuencia y no ese cálculo poquita cosa.