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Agosto 18, 2026

Haití. Los dioses borrachos

Recién, 48 horas después del terremoto, he recibido la buena noticia que mi amigo Rony Smarth, ex Primer Ministro de Haití y gran amigo de Chile, y toda su familia, están bien, hasta donde se puede estar bien rodeados de la peor catástrofe sufrida por Haití, un país de catástrofes.

Maman Brigitte, loa del mal, mujer del Baron Kriminel, defecó sus monstruos el 12 de enero por la tarde.

En tres minutos todo Port de Prince se vino abajo y la tierra, movida por las serpientes de siete cabezas que parecían hambreadas, sigue tiritando.

Miles de muertos. Entre 40 y 50 mil ha calculado la Cruz Roja haitiana.

Los pobres quedaron aún más indefensos, sin cementerios, sin iglesias ni catedrales, sin estatuas, sin las tres avenidas en donde caminar en las noches, sin Campo de Marte, sin Marché de Fer donde negociar sus escuálidos rastros. Sin hospitales. Sin el Palacio Blanco, símbolo del poder político. Sin la catedral, que se hundió con Monseñor Miot adentro. Sin el edificio de la ONU, símbolo del poder de los blancos extranjeros. 

 Con mucho pavor. Con el pavor más grande de su pavorosa historia. Las serpientes ya no respetan ni al poder de esta tierra ni al poder de los curas ni el poder de los blancos extranjeros.

Seguramente los loas, todos ellos, andaban borrachos. ¿O son borrachos?

¿De qué otra manera explicarse el mar ensangrentado de esclavos negros traídos a la fuerza desde el África a América?  Cientos de miles, más que ahora, fueron arrojados o se arrojaron al mar desde las carabelas francesas.

¿De qué otra manera entender los crímenes franceses y las invasiones norteamericanas? ¿La esclavitud? ¿La miseria? ¿La lepra matando en La Tortuga? ¿El sida? ¿Y la actual mortalidad infantil? ¿Y Trujillo matando en la frontera? ¿Y Duvalier?

Creo que no hay que hacer más caso a los loas. Ni al Buen Dios, que ha demostrado una y otra vez no ser tan bueno.

Hay que ubicar a los que quedan vivos debajo de los escombros y enterrar a los muertos. No habrá cementerios para tantos y habrá que inaugurar cementerios nuevos y nuevas casas para los espíritus. Lugares sagrados para los que murieron pero seguirán viviendo.

Habrá que ordenarse para impedir las pestes que estos desastres traen consigo. Y limitar las brutalidades de los saqueos y los desmanes.

Habrá que llegar a acuerdos con países vecinos, como República Dominicana, Cuba, Puerto Rico, Jamaica, para que no cierren sus fronteras a los familiares de los caídos que allí busquen trabajo y un futuro mejor.

Si es solidario de verdad EEUU podría pensar en una nueva Liberia en un buen lugar de África, donde los descendientes de esclavos haitianos puedan tener su retorno voluntario a una especie de tierra prometida.

Habrá que pedir que los países de América Latina otorguen visas rápidas a los haitianos y haitianas que busquen residir en ellos y estén dispuestos a trabajar allí. Ahí se verá la solidaridad y la hospitalidad real de Chile, de Brasil, de México, de Venezuela. No se necesita tanta visita de Presidentes. Se necesitan visas  latinoamericanas para abrirse realmente con Haití.

 Y sugiero. ¿Para qué reconstruir una población de 2 millones de habitantes en una tierra seca, con subsuelo de excretas, con un mar absolutamente contaminado, sin acceso fácil al agua que debe ser potable, al lado mismo de la falla de la placa que volverá a matar en poco tiempo?

Hay que pensar en nuevos asentamientos humanos. Hay lugar al norte de Port au Prince. Y pueden ser mejor como capitales Jacmel, el puerto en el sur, y Cap Haitien, la vieja capital que espera en el norte, con la Citadelle del primer Emperador haitiano en pie.