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Agosto 18, 2026

Manifiesto generacional: Los hijos de la dictadura

La tarea del estudioso de la historia o de los cientistas sociales más contemporáneos o de su propio tiempo, es ir en la búsqueda de aquellos hechos o procesos históricos controversiales con el objetivo de hacerlos presentes para el debate intelectual, tanto desde la academia o bien a nivel de opinión pública.  

Al respecto el historiador Sergio Grez comenta que “no hay historia neutra, completamente aséptica”; lo cual significa que la historia además de ser un saber científico “es un espacio de interpretaciones y un campo de batalla donde se produce el choque entre diferentes visiones, intereses e ideologías”[1]. Ahí esta lo interesante de la historia, que permite aquel proceso dialéctico.
 
Como señala el destacado intelectual e historiador mexicano Carlos Aguirre Rojas, una historia viva que tiene que ver con los problemas actuales, que critica lo bueno y lo malo de la sociedad, que conecta el pasado con el presente[2]. Así el historiador o estudioso de la historia tiene el deber ético y moral de prospectar la verdad en los hechos y decirlos, asumiendo los costos personales y profesionales que aquello pueda acarrear. Siguiendo aquel marco de análisis, queremos hacer presente las siguientes reflexiones en el contexto de la coyuntura eleccionaria del 17 de enero de 2010.

A más de 20 años del término de la dictadura militar, la Concertación de Partidos por la Democracia, enfrenta la elección presidencial más compleja de las últimas dos décadas; pero más allá de la cuestión coyuntural-electoral, hay un tema de fondo del cual nos queremos hacer cargo: La derecha chilena esta a punto de retornar al gobierno después de más de 50 años. En vista de la trascendencia de aquello, los abajo firmantes hemos decidido ir más allá de nuestras reflexiones expresadas en reuniones y conversaciones, y plasmar en las siguientes líneas nuestro parecer sobre las consecuencias que conlleva la eventual llegada de la derecha al gobierno.

Quienes adherimos a estas reflexiones somos jóvenes profesionales que nos desempeñamos en distintos ámbitos del quehacer nacional, desde el mundo de la Academia hasta profesionales del mundo público y privado. Asimismo, somos el reflejo de aquella generación que algunos denominan “Hijos de la Dictadura”.

Por último, queremos manifestar que más allá de las legítimas y respetables posiciones políticas, ideológicas y de creencias que cada uno de nosotros tiene, esta por sobre aquello, nuestra convicción de pensar políticamente un Chile enmarcado en los valores del progresismo.

Anverso y reverso del proyecto Concertacionista (1988-2010)

Si bien la coyuntura plebiscitaria de 1988 era -para la mayoría de los chilenos- la expresión misma de los anhelos de libertad cívica en el más amplio sentido de la palabra, no era menor el camino a construir hacia el futuro. Es ahí la trascendencia histórica que tenía el proyecto concertacionista. Es decir, aquel “Vamos a decir que No”, conllevaba una propuesta ética, valórica y de sentido de pertenencia a un proyecto de sociedad que se presentaba diametralmente opuesto a las prácticas de la dictadura militar y de quienes lo apoyaban.

Nadie puede negar los avances que nuestro país ha experimentado en estos 20 años; a pesar de las complejidades del proceso[3], el Chile del 2010 es muy distinto al de 1990[4]. Las cifras pueden avalan aquel análisis; sin embargo, tras esos guarismos podemos hacer otra lectura. Por ejemplo, Chile esta dentro de los países con peor distribución de los ingresos, situación que se acrecentó en los últimos años, así con una fuerte concentración del poder económico[5] y medios de comunicación[6]. En este último punto, a comienzos y finales del año 2005 aparecieron dos notas en la prensa nacional, en la cual se hacía alusión a los medios de comunicación. En el primero de ellos se señalaba que la entidad de mayor poder y conflicto eran los medios de comunicación[7]. En el segundo, se analizaba la responsabilidad social de los medios de comunicación, por ejemplo lo valores que transmiten[8]. Uno de los puntos llamativos de aquellas notas era el análisis del poder que tenían las elites en la sociedad y la relación de estas con los medios de comunicación. Al respecto el sociólogo Pedro Güell apuntaba:“…el hecho de que los medios estén puestos tan arriba dice dos cosas; uno que la elite sabe que estamos en una sociedad crecientemente mediática, que por lo tanto, sus ideas, sus propuestas, sus estrategias de conducción, tienen muy poca eficacia, si no son transmitidas adecuadamente a través de los medios. Hoy día, necesita el favor de los medios para ser elite. Y segundo, su propia legitimidad depende de que los medios no los desnuden”[9]. Por lo tanto, decir que los medios de comunicación no constituyen un poder o son “imparciales” en sus líneas editoriales, sería omitir o intentar falsear la realidad, más aun, en una sociedad como la nuestra donde los medios, especialmente radiales y periodísticos se han ido monopolizando cada día más. Lo más paradójico de todo es que durante la dictadura militar, con todas las restricciones a la libertad de expresión que existían, había mayor cantidad y calidad de medios informativos y los periodistas bregaban por dar a conocer lo que estaba ocurriendo en el país, a través de información y reportajes críticos al régimen y a los medios más a fines al gobierno.
Extrañamente y con el retorno a la democracia, la mayoría de aquellos medios (alternativos), desaparecieron, tanto por falta de financiamiento como por el poco y nulo respaldo de los gobiernos de la Concertación[10].

Otra de las aristas relacionadas con los medios de comunicación dice relación con la libertad de expresión con la cual cuentan los periodistas para acceder a la información como para darla a conocer. Al respecto algunos periodistas señalan “…que deben “suavizar” los contenidos de sus notas y artículos a solicitud de sus superiores”[11]. No siempre la censura y restricción es directa, a veces se utilizan mecanismos sutiles, invisibles e indirectos de censura y manipulación en cuyo caso tienen como objetivo coartar la libertad de expresión y el legítimo derecho a la información de los ciudadanos.

Así en el tema de libertades, hay casos emblemáticos donde ha sido grotescamente despreciada, el caso de la prohibición de circulación del libro de la periodista Alejandra Matus “El libro negro de la justicia chilena”. Qué decir del tema de la píldora del día después; los informes de algunos organismos internacionales sobre los derechos humanos en Chile.

A la falta de libertad y pluralismo informativo en los medios, se suma otra variable no menor, la farandulización (banalización). Por un tema de comercialización y mercado, se ha privilegiado la farándula, lo trivial, lo mediático; aquello que vende y trae dividendos económicos por sobre lo que haga pensar, reflexionar o cuestionar. Eso si, como señala el ex Presidente Ricardo Lagos, hoy tenemos “…una sociedad más compleja, más exigente, más conciente de sus derechos, más informada, más conectada al mundo moderno”[12]. Tal vez por aquello, los requerimientos de la ciudadanía son cada vez mayores, centrada “en nuevas demandas y exigencias”. Sin embargo y a pesar del discurso de lo ejemplar de la transición política[13], los avances económicos y el prestigio de nuestro país a nivel internacional, legítimamente nos preguntamos: ¿Qué ha pasado con las tareas pendientes en materia político-institucional y derechos ciudadanos?, ¿Dónde quedó el proyecto ético, valórico de sociedad que la Concertación presentó al país?. Estamos hablando de lo que aparece en las primeras líneas del programa de gobierno de dicha coalición gobernante: “La Concertación de partidos por la Democracia desde el mismo día de su fundación, ha demandado reformas a la Constitución que faciliten el camino a la democracia y posibiliten la expresión plena y soberana de la voluntad del pueblo chileno (…) Aspiramos a la plena democratización de las instituciones políticas, sociales, económicas, con pleno respeto por los derechos humanos”[14].

Los años no pasan en vano y aquella Concertación del arco iris, que en su época unió a democratacristianos, socialistas, radicales, al naciente PPD y a otros partidos como Humanistas, Izquierda Cristiana, Alianza de Centro, en la actualidad se ha reducido a sólo cuatro partidos. Entonces, nos inquirimos: ¿dónde quedó la Concertación social?  Aquella que en el programa de Gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia decía claramente: “La organización de los grupos sociales particularmente de los hoy marginados de la vida económica y social, unida a procesos reales de descentralización y desconcentración del poder, harán posible avanzar gradualmente hacia una efectiva  concertación social”, agregando: “a) El desarrollo en democracia requiere un grado importante de acuerdo social. Para lograrlo hemos planteado dos condiciones iniciales: el crecimiento y la justicia  social con énfasis en los más pobres. b) Además de ella reconocemos como indispensable ofrecer múltiples espacios de participación, donde los actores por la vía de la concertación busquen soluciones adecuadas a los conflictos”.

La médula y origen mismo de la Concertación, no esta formada sólo por la superestructura concertacionista, sus operadores, maquinarias y élites dirigentes; su ADN se encuentra en el sinnúmero de personas que en su época se organizaron para enfrentar al gobierno de Augusto Pinochet. Hombres y mujeres que con valentía se autoconvocaron y organizaron desde las poblaciones, juntas de vecinos, sindicatos, ONG y universidades a través de una propuesta ética contra la dictadura y que durante dos décadas han apoyado a través del voto a cuatro presidentes concertacionistas; no obstante aquello, algunos de esos concertacionistas se sienten cansados y han expresado progresivamente su desafección con la concertación política-electoral, la cual ha ido dejando en el camino aquella idea de una concertación social, que “…tendrá como una de sus tareas centrales el fomentar la organización de la ciudadanía en múltiples instancias de tipo sindical, profesional, productivo, deportivo, cultural, educacional y fortalecer las instancia de poder local y regional, delegando en ellas una cantidad creciente de deberes y derechos que les permitan participar en forma activa y efectiva en la gestión de las actividades económicas, sociales y políticas”.

El pueblo concertacionista está algo fastidiado que les hablen de la política de los consensos (intra-elite), de la estabilidad y gobernabilidad, del discurso mediático del éxito y ejemplaridad del modelo chileno, tanto en lo económico como en la denominada transición a la democracia. Ya lo señala críticamente desde otras perspectiva el sociólogo Tomás Moulian en su excelente libro “Chile Actual Anatomía de un Mito”, al referirse al gatoparsismo y transformismo de la clase política chilena. El primero es el “…largo proceso de preparación, durante la dictadura, de una salida de la dictadura, destinada a permitir la continuidad de sus estructuras básicas bajo otros ropajes políticos, las vestimentas democráticas. El objetivo es el “gatopardismo”, cambiar para permanecer”; mientras que el segundo “…consiste en una alucinante operación de perpetuación que se realizó a través del cambio del Estado. Este se modificó en varios sentidos muy importantes, pero manteniendo inalterable un aspecto sustancial. Cambia el régimen de poder, se pasa de una dictadura a una cierta forma de democracia y cambia el personal político en los puestos de comando del Estado”[15]. Entonces, por qué no retomar aquella idea plasmada en el programa original de la Concertación de una concertación social, que, entre otras cosas “…tendrá como una de sus tareas centrales el fomentar la organización de la ciudadanía en múltiples instancias de tipo sindical, profesional, productivo, deportivo, cultural, educacional y fortalecer las instancia de poder local y regional, delegando en ellas una cantidad creciente de deberes y derechos que les permitan participar en forma activa y efectiva en la gestión de las actividades económicas, sociales y políticas”[16]. Asimismo impulsar fuertemente todas aquellas iniciativas, ideas y propuestas tendientes a promover una sociedad más igualitaria, tolerante y progresista. Por ejemplo el derecho a una muerte digna, métodos anticonceptivos, despenalización del aborto, matrimonio entre parejas del mismo sexo, abrir espacios ciudadanos para una discusión sobre el régimen político y la forma de gobierno, establecer la posibilidad de iniciativa popular o plebiscitos para someter a referéndum determinadas materias, etc..

Lamentablemente en estas dos décadas, éstas y otras iniciativas han estado condicionadas por grupos y sectores (intra y extra Concertación) que en nombre de sus dogmas (políticos y religiosos) anhelan un mundo hecho a su imagen y semejanza, donde la vida pública y privada se rija bajos sus parámetros. Estos grupos amparados en sus credos, cargos de responsabilidad y medios de difusión ponderan que es lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto para la convivencia social y espiritual. Tienen como objetivo fundamenta (lista) que sus principios éticos y morales sean obligatoriamente compartidos por todos quienes escuchan sus mensajes o leen sus columnas de opinión. Miran con distancia y hasta con preocupación (para sus intereses) una mayor profundización de la democracia, organización, participación y derechos ciudadanos.

Por lo tanto, para contrarrestar aquello, se requiere impulsar una ética liberadora y comprometida en fortalecer por ejemplo el valor de una democracia inclusiva, consultiva y participativa, valoración de los derechos humanos y ciudadanos; en otras palabras una ética civil que profundice una sociedad tolerante y pluralista, donde todos nos sintamos parte integrante. Una ética liberadora implica abrir espacios para un verdadero pluralismo moral, donde lo primordial sea un diálogo consultivo, inclusivo y no formal sobre aquellos valores fundamentales que garanticen el derecho a la vida, la convivencia pacífica y la autonomía de la razón. Lo anterior permitirá enarbolar las banderas de una auténtica ética civil y universal, libre de todos aquellos dogmatismos y fundamentalismo que aun persisten enquistados en nuestra sociedad.

Si se pretenden alcanzar verdaderos índices de democracia, participación y organización de la sociedad civil, debemos fortalecer el rol del Estado y sus instituciones, en la cual se promuevan políticas públicas que tengan como objetivo construir un auténtico Estado laico, el cual permita que todos y todas legitimante tengamos las mismas oportunidades de desarrollo, decisión, expresión y especialmente que el derecho de conciencia se respete y transforme en un valor inalienable.

Asimismo, en materia política institucional se requiere una nueva Constitución y el debate sobre la importancia de una Asamblea Constituyente como instancia de participación, representación, identidad y sociabilidad de la ciudadanía, cuya principal y lamentable característica ha sido estar históricamente al margen de los grandes debates nacionales[17]. La idea de una Asamblea Constituyente conlleva debatir, redactar y aprobar una nueva Constitución política que deje atrás la anacrónica y extemporánea Constitución de 1980, impuesta por la dictadura militar. Al mismo tiempo debe garantizar derechos y deberes tales como, los derechos humanos; promover el bienestar general y la dignidad del trabajo; fomentar el desarrollo de la economía al servicio del hombre; asegurar la libertad y estabilidad de las instituciones; igualdad social y jurídica de todas las personas, sin discriminación de raza, sexo, credo y condición social; mantener y respaldar el orden democrático, etc.

A la luz de lo planteado, ¿es concebible mantener una actitud indolente ante las diversas problemáticas que nos aquejan como país y sociedad?. Al respecto Grez Toso señala: “El historiador debe tener opinión respecto de los problemas políticos de nuestro tiempo presente. El historiador no puede vivir encasillado en un pasado lejano sin comprometerse con los problemas del presente. Creo que parte de la responsabilidad social del historiador consiste en tener un compromiso con el presente. Pero no se puede identificar compromiso con ser portavoz de la palabra de un partido, o con una causa partidaria determinada. Me refiero a un compromiso amplio con principios a los que uno adhiere. No existe el historiador neutro, no comprometido en lo absoluto, trabajando aislado en un laboratorio”[18].

En ese sentido, no se trata de caer en la obsecuencia y encandilarse unidireccionalmente en el compromiso político social, tampoco convertirse en una especie de vocero del partido o colectividad política hasta el punto de segarse en el análisis histórico, o intentar forzar la realidad, los hechos y procesos a la ideología, como una especie de camisa de fuerza. Por lo tanto, creemos que se puede tener una postura ideológica, manifestar adhesión a un proyecto de trasformación social (coherente y realizable), un compromiso histórico y al mismo tiempo desarrollar un trabajo en la Academia serio, científico y responsable.

La responsabilidad de perfeccionar y profundizar nuestra democracia no es tarea de una persona, partido, grupos o corporaciones, es un compromiso imperecedero de todas las personas; por lo tanto, el llamado y desafío es asumir una actitud de reflexión y construcción crítica desde nuestras particulares realidades; pero por sobre todas las cosas, sentirse parte activa de un proyecto histórico político de sociedad, enmarcado en los principios de la tolerancia, pluralismo, libertad, igualdad y del progresismo. De esa forma estaremos haciendo frente y denunciando aquel discurso populista que pretende hacernos creer que ha surgido una nueva forma de hacer política, teniendo como gran objetivo el cambio, pero que en el fondo no es otra cosa como señala el ya citado Moulian que la pseudopolítica; es decir, la simulación de conflictos que muchas veces parecen ser violentos y acalorados, especialmente en la televisión, pero que en el fondo corresponde a un nuevo espectáculo, la entretención o parafernalia política; es decir, lo que importa es quién puede resolver (administrar) mejor los problemas, la negación de las ideologías, el apoliticismo, el carisma y no los argumentos o ideas, en el fondo es el asesinato de imagen de la política, para convertirla en impotente[19].

La invitación y desafío es recuperar y reflexionar “LA POLÍTICA” (con mayúscula) como facultad de pensar y hacer colectivo hacia el futuro. Como proceso de organización de las fuerzas sociales en una determinada dirección y como proyecto de sociedad perfectible con mayores grados de libertad e igualdad.
 
La política, la izquierda y el progresismo

Desde fines de la década de los 90 se instaló con fuerza un discurso deslegitimador de la Política, así con mayúscula. Era cada vez “políticamente incorrecto” decir que se era un político, era mejor pasar por técnico. Eficiencia y política se volvieron casi antónimos y fue quedando en el olvido la política como la actividad social en la que debatimos para construir órdenes deseados[20].

La eficiencia entendida como medida entre cantidad de bienes producidos y tiempo destinado a su producción, objetivizó las obras emergidas de la política, la transformó en indicadores y cosificó el actuar y también el debate. Tal como lo plantea Cornelius Castoriadis, la principal característica de la política en la actualidad es su insignificancia. “Los políticos son impotentes, ya no tienen un programa. Su único objetivo es seguir en el poder. Los cambios de gobierno -o incluso de sector político- no implican una divisoria de aguas, sino en el mejor de los casos, apenas una burbuja en la superficie de una corriente que fluye sin detenimiento, monótonamente, con oscura determinación, en su propia dirección, arrastrada por su propio impulso”[21]. Pareciera que la política ya no tiene sentido y se ha convertido simplemente en una actividad que cosifica las acciones colectivas y las transforma en requerimientos materiales que una vez cumplidos no son capaces de configurar los “ordenes sociales anhelados”. Y es que como afirma Norbert Lechner[22] la política ha perdido su capacidad de ayudar a construir los mapas mentales, aquellas coordenadas que ayudaban a dar sentido a la vida propia, pero por sobre todo a la vida en comunidad.

En esa crisis de la política que vivimos como sociedad occidental, es difícil repensar el actual escenario electoral. Para muchas personas, el sentido común les dice que da lo mismo quien gobierne, que da lo mismo quien ejerza el poder político, ocupe el sillón presidencial u ocupe un escaño parlamentario. La fuerza de la idea de que la producción de la vida social (entendida como trabajo para satisfacer el consumo inmediato) continúa sin detención y es el curso natural de la vida humana, en las mismas condiciones esencializadas del capitalismo globalizado y neoliberal, abunda como gatillador de una especie de conformismo inmovilizador. Por eso, convencer hoy a alguien y decirle que no es lo mismo que gobierne la derecha o una centro izquierda, es casi un imposible.

De esta forma, si entendemos por mapa mental la forma que tienen los sujetos para representar una determinada realidad social, para hacer inteligible la misma en la relación de los tres tiempos históricos, la política y sus distinciones como izquierda, centro y derecha, sigue teniendo sentido como clave para entender la política en la cotidianeidad. Según Lechner “hay distintas maneras de mirar y sentir cada uno de los tres tiempos y, en particular, de anudar los hilos, tenues o gruesos, entre ellos. Y de esa delicada trama depende finalmente la construcción del orden social y su sentido. Nuestro modo de vivir el orden social tiene que ver con la forma en que situamos al presente en la tensión entre pasado y futuro”[23].

Por ello, tal como expresa el citado Moulian, “la práctica política es como un juego de espejos donde una sociedad busca mirarse a sí misma y se duda, se sospecha, se hace preguntas, pero no sobre lo por-venir, si más bien sobre lo por-construir. La auténtica práctica política apunta siempre hacia el futuro. En ese sentido es un espacio donde los actores operan y se constituyen, donde van produciendo su subjetividad en el hacer colectivo. Cuando se produce ese volcamiento de la política hacia el futuro considerado, no como lo por-venir, sino lo por-construir, significa que la política es una potencia activa”[24]. Eso es lo que hoy debemos recuperar, para volver a sentirnos sujetos activos de nuestro tiempo, para abandonar una política entendida con minúscula, como simple práctica de administración y volver a pensar, que en la política se juega nuestro por-construir.
Por ello, la izquierda y las fuerzas progresistas deben levantarse y desnudar

una derecha que ha crecido al alero de la crisis de la política con mayúscula, que manejando los medios de comunicación ha  naturalizado el mundo social y ha reducido a los sujetos a trabajadores alienados y consumidores activos. En eso la Concertación ha colaborado profundamente, porque no logró darle a la política de superación de la pobreza y la integración social, un nuevo sentido de empoderamiento y reconstitución del tejido social, destruido por las políticas neoliberales de la dictadura y seguidas por su administración. Y ese ha sido uno de los grandes problemas. El progresismo y la izquierda no tuvieron fuerza para discutir el modelo de producción de riqueza, ni siquiera tuvo la fuerza para resemantizarlo. Hoy agoniza producto de su propio fracaso, no administrativo o en la eficiencia, sino en la construcción del orden deseado.
 
Desde una identidad política
Ser de izquierda no es una esencia, ni una entelequia definida o fijada de una vez y para siempre, sino que una posición, una identidad política definida históricamente, por lo tanto, cuyos atributos se han ido modificando en torno a distintas experiencias históricas, conservando ciertos valores que guían la acción de muchos quienes han sentido pertenecer a dicha tienda política. Dichos valores han cambiado su intensidad y su jerarquización, pero se han mantenido relativamente constantes en quienes dicen adscribir a dicha posición.

Como identidad política, ser de izquierda implica también una vinculación relacional, una combinación entre una automirada y una heteromirada, que se expresa históricamente en posturas particulares frente a temas coyunturales y en función de futuros posibles.

Como etiqueta política ser de izquierda estuvo vinculado al proceso de Revolución Francesa y desde ahí a múltiples experiencias revolucionarias de transformación social, así como a procesos progresistas de avance y transformación que tuvieron como principal eje articulador la lucha por la igualdad. Por ello tal como lo expresa Norberto Bobbio[25], el significado de izquierda debe ser por sobre todo descriptivo y no valorativo, en particular, descriptivo respecto de las posiciones frente al ideal de la igualdad.

Bajo esa premisa, la izquierda ha tenido a lo largo de su desarrollo histórico el ideal de la igualdad como estrella polar, enfatizando la igualdad material en su lucha como contracultura del capitalismo[26], para después enarbolar la bandera del ejercicio y vivencia de la libertad. En ese sentido, el mismo autor afirma que “Una política igualitaria se caracteriza por la tendencia a remover los obstáculos que convierten a los hombres y a las mujeres en menos iguales”[27] y ese sería, el principal motor de la izquierda.

Estos obstáculos para alcanzar la igualdad se definen históricamente y aunque en el capitalismo el principal obstáculo está asociado a la desigualdad resultante de la propiedad privada, los sujetos también han ido enunciando otro tipo de desigualdades y obstáculos a lo largo de la construcción de esta sociedad en la que vivimos. Las desigualdades entre hombres y mujeres, entre ciudadanos de distintas etnias, entre naciones, etc., son y han sido temas recurrentes en el discurso político de quienes se identifican con esta etiqueta política de izquierda.

En Chile ser de izquierda está tan vinculado a una tradición sociocultural, a la adscripción a ciertos imaginarios sociales, así como a la lucha por ciertos valores políticos, donde a la igualdad se le sumó, a partir de 1973 con mucha fuerza el valor de la libertad y la fraternidad. Como experiencia histórica, el golpe de Estado y la dictadura  militar permitieron la convergencia ideológica de tres conceptos claves en la tradición moderna. Se le sumó además la adscripción a la democracia, pero a una democracia fluyente, radical. Según Moulian, ser de izquierda implica asumir como principal “la defensa de los que no tienen capacidad de disposición sobre cosas o personas, de los que no tienen poderes, de los indefensos y desposeídos”[28]. Por ello indica que las “luchas que deben propiciarse se orientan contra la globalización capitalista y contra nuestra inserción subordinada. Esto significa combatir contra el sistema desde dentro, y sin pretender nunca totalizar una alternativa…(porque) Más importante que el crecimiento económico y su chorreo, es que la sociedad pueda deliberar sobre si misma, que pueda participar en forma real. Cuando esto ocurra, existirán sujetos y la existencia de sujetos garantiza que el poder estatal tenga un contrapeso en los movimientos sociales”[29].
Estas ideas estaban contenidas en el manifiesto fundacional de la Concertación de Partidos por la Democracia. Esas son las ideas que debemos recuperar en esta elección. Ese es el espíritu que debe guiar nuestro accionar político.

Por ello, no da lo mismo quien gobierne. El lenguaje político no es neutro ni puede dotarse simplemente de significantes vacíos. La política no es simple administración de una técnica, es la que nos ayuda a pensar un futuro por construir, la que nos hace sujetos.

Quienes somos “Hijos de la Dictadura”, hemos vivenciado la crisis de la política y hemos presenciado como se vacían ante nuestros ojos y ante nuestros oídos las prácticas de quienes han conducido los destinos de nuestro país. No estamos dispuestos a dejar que la política siga siendo esto. Como generación política debemos ser capaces de pensar una nueva democracia desde la democracia. Dar la batalla por la ideas, abandonar el temor de experiencias pasadas que no hemos vivido, pero que conocemos por la fuerza de la historia. Por ello, este 17 de enero, no da lo mismo quien gane la elección.

Porque anhelamos una democracia más fluyente, más radical. Porque queremos una sociedad donde la igualdad se pueda alcanzar. Porque no nos gustan las exclusiones. Porque no queremos una administración simplemente eficiente. Porque es necesario desnaturalizar el mundo social. Porque sin sujetos activos estamos condenados a ser productores alienados y consumidores pasivos, imbuidos de un individualismo social que hace crecer a quienes más se han beneficiado de este modelo: una derecha política conservadora, autoritaria y cuya historia reciente le pesa con la sangre de muchos hombres y mujeres que lucharon por un Chile distinto. Porque el pasado, entendido como historia, no es para enterrarlo, sino que para mirarlo, comprenderlo y usarlo como herramienta de análisis de un presente, nuestro presente, para construir un futuro mejor.

Esa es la lucha del mundo progresista y de la izquierda chilena. Por ello, no da lo mismo quien gane la elección en enero. Por historia, por ideas y por un futuro, diremos que No a la derecha en las próximas elecciones.
 
Cristina Moyano Barahona·
Danny Monsálvez Araneda··
 
 

Adherentes


Francisco Córdova Echeverría            Odontólogo
Francisco Del Campo Licenciado en Historia, Universidad Diego Portales
André Ensignia                          Sicólogo Social
Claudio Galaz Toledo                          Profesor de Historia y Geografía
Mauricio Kantar                         Profesor de Estado
Gloria Insunza                           Geógrafa
Reinaldo Freddy Mix Gutiérrez            Profesor de Estado
Ximena Navarro Duque                          Diseñadora
Carolina Ortiz Jerez Doctora © en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile
Susana Quezada                                    Obstetra
Hernán Saavedra Aguillón             Ingeniero Civil Químico
Juan Saavedra González                       Magíster en Historia y Ciencias Sociales
José Saffie Vega Periodista
Fernando Soto Castillo Ingeniero. Ex presidente PS La Florida, Ex dirigente de la Concertación, Presidente de la Concertación en La Florida.

Si adhieres a este Manifiesto, por favor indicarlo a los siguientes e-mails:
c76moyano@gmail.com o bien monsalvez@gmail.com
Debes indicar tu nombre y actividad
 
 
Profesora de Historia y Geografía por la Universidad de Santiago, Magister en Historia de Chile por la misma universidad y Doctora en Historia por la Universidad de Chile. Académica del Departamento de Historia de la Universidad de Santiago. E-mail: c76moyano@gmail.com.
 
Profesor de Historia y Geografía y Magíster en Historia por la Universidad de Concepción. Doctorando en Historia, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Académico en el Departamento de Ciencias Históricas y Sociales, Universidad de Concepción. E-mail: monsalvez@gmail.com.
 


[1]       Grez, Sergio. “Historiografía, memoria y política. Observaciones para un debate”, En: Cuadernos de Historia, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile, Nº 24, marzo de 2005, p. 1.

[2]       Aguirre Rojas, Carlos Antonio. Antimanual del mal historiador. España, Montesinos, 2007 y “La Historiografía en el siglo XX. Historia e Historiadores entre 1848 y ¿2025?”. España, Montesinos, 2004.

[3]       Al respecto véase: Cavallo, Ascanio. La historia oculta de la transición. Memoria de una época 1990-1998. Santiago, Editorial Grijalbo, 1998.

[4]       Al respecto véase: Lagos, Ricardo. El futuro comienza hoy. Santiago, Editorial La Copa Rota, 2008, pp. 12 a 24.

[5]       Entre otros véase: Mönckeberg, María Olivia. El saqueo de los grupos económicos al Estado Chileno. Santiago, Ediciones B, 2001; Ffrench-David, Ricardo. Entre el neoliberalismo y el crecimiento con equidad. Tres décadas de política económica en Chile. Santiago, J.C. Sáez editor, 2003; del mismo autor: Chile entre el neoliberalismo y el crecimiento con equidad. Reformas y políticas económicas desde 1973. Santiago. J.C. Sáez Editor, 2008; Fazio, Hugo. Mapa de la extrema riqueza al año 2005. Santiago, Lom Ediciones, 2005; 

[6]       Mönckeberg, María Olivia. Los magnates de la prensa. Concentración de los medios de comunicación en Chile. Santiago, Debate, 2009.

[7]       “El baile de los que mandan. Pedro Güell, sociólogo del PNUD, analiza las elites”. La Nación Domingo, semana del 16 al 22 de enero de 2005, pp. 16 a 18. y

[8]       “Expertos analizan responsabilidad social de diarios, radio y TV. Medios de comunicación en la mira”. Aprender. El portal de la reforma educacional, 25 de noviembre de 2005, Nº 25, pp. 4-5. Suplemento que viene con el diario La Nación Domingo, 25 de noviembre de 2005.

[9]       La Nación Domingo, semana del 16 al 22 de enero de 2005, p. 18. Véase: “Desarrollo Humano en Chile 2004. El poder ¿para qué y para quién?: http://www.desarrollohumano.cl/pdf/2004/IDH-2004.pdf.

[10]     Al respecto véase: Cárdenas, Juan Pablo. Un peligro para la sociedad. Testimonio de un periodista que incomoda al poder. Santiago, Random House Mondadori, 2009.

[11]     Claudia Lagos L. y Cristian Cabalín Q: “Los medios a medias”, Le Monde Diplomatique, año X, número 101, octubre de 2009, p. 9.

[12]     Lagos, Ricardo. El futuro comienza hoy. Santiago, Editorial La Copa Rota, 2008, p. 19.

[13]     Al respecto véase: “El gobierno de la transición: un balance”, en: Revista Proposiciones, Santiago, Sur Ediciones, Nº 25, 1994 y Manuel Antonio Garretón. Del Postpinochetismo a la sociedad democrática. Globalización y política en el Bicentenario. Santiago, Debate, 2007.

[14]     Programa de Gobierno Concertación de Partidos por la Democracia, pp. 1, 11 y 25

[15]     Moulian, Tomás. Chile actual. Anatomía de un mito. Santiago, Lom Ediciones, tercera edición, 2002, p. 141.

[16]     Programa de Gobierno Concertación de Partidos por la Democracia, p. 25.

[17]     Grez Toso, Sergio. “La ausencia de un Poder Constituyente Democrático en la Historia de Chile”, En. Revista Tiempo Histórico, Nº 1, Santiago, Academia de Humanismo Cristiano, junio de 2009, y Le Monde Diplomatique: “Asamblea Constituyente. Nueva Constitución”. Santiago, Editorial Aún Creemos en los Sueños, 2009, 59 páginas.

[18]         “Historiografía, ciudadanía y política”. Conversación con Sergio Grez Toso. Analecta, Revista de Humanidades, Universidad de Viña del Mar, año 2, Nº 1, 2007, p. 154.
[19]     Moulian, Tomas. De la política letrada a la política analfabeta. La crisis de la política en el Chile  actual y el  “lavinismo”. Santiago, Lom ediciones, 2004.

[20]     Concepto trabajado por el Cientista Político Norbert. Lechner

[21]     Bauman, Zygmunt. En busca de la política. F.C.E, 2001,  pp. 11-12.
[22]     Lechner, Norbert. Sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política. Santiago, Lom Ediciones, 2002.

[23]     Lechner, Norbert. Sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política. Santiago, Lom Ediciones, 2002, p. 63.

[24]     Moulian, Tomas. De la política letrada a la política analfabeta. La crisis de la política en el Chile  actual y el  “lavinismo”. Santiago, Lom ediciones, 2004, p. 13.

[25]     Bobbio, Noberto. Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política. Ed. Taurus, 1996.

[26]     Bauman, Zygmunt. “La izquierda como contracultura de la modernidad”, en: La izquierda ante el fin del milenio. Santiago, Lom ediciones, 1996.

[27]     Bobbio, Norberto. Op. cit., p. 13.
[28]     Brunner, José Joaquín y Moulian, Tomás. Izquierda y capitalism en 14 rounds. Ed. El mostrador. 2004, Cit. P. 14.

[29]     Ibíd. p. 21.

·       Profesora de Historia y Geografía por la Universidad de Santiago, Magister en Historia de Chile por la misma universidad y Doctora en Historia por la Universidad de Chile. Académica del Departamento de Historia de la Universidad de Santiago. E-mail: c76moyano@gmail.com.

··     Profesor de Historia y Geografía y Magíster en Historia por la Universidad de Concepción. Doctorando en Historia, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Académico en el Departamento de Ciencias Históricas y Sociales, Universidad de Concepción. E-mail: monsalvez@gmail.com.