Jordi Pujol, médico, el viejo patriarca de la derecha catalanista, luchador infatigable contra la dictadura de Franco y que gobernó Cataluña largamente, acaba de hacer entrega de su segundo volumen de memorias. Un hecho notable y poco acostumbrado en nuestra cultura hispanoamericana, como ya lo hemos comentado alguna vez.
Y esta entrega justo coincide con una de las más duras etapas por las que atraviesa la democracia española contemporánea (y su sistema político) desde su recuperación en 1976, con un clase política (figuras y gestión pública) con altos índices de desaprobación ciudadana (basta ver los últimos informes del Barómetro del CIS), con un preocupante/galopante aumento del abstencionismo (menos del 50% de participación en los eventos electorales) y con los más bullados, espectaculares y dramáticos casos de corrupción, entre los que se cuentan, precisamente, a dos importantes personajes de su era, hombres de la más entera confianza del Dr. Pujol, Maciá Alavedra y Lluís Prenafeta ambos imputados en el noticioso “caso Pretoria” que trajo al mismísimo juez Garzón balanza en ristre hasta el corazón de la Cataluña profunda. Como muestra un botón, medio centenar de municipios y más de 800 imputados, incluidos alcaldes y regidores en ejercicio en todo el territorio español. ¡Ah!, y por si fuera poco, de todos los colores del arcoíris político. ¡No queda títere con cabeza!
Pujol, luego de protagonizar una de las trayectorias más prolongadas de la política española, fue el primer president electo de la autonomía recuperada en 1980, dejaría definitivamente el Palau de la Generalitat el año 2003, luego de más de dos décadas en el poder y de cinco reelecciones consecutivas, para dedicarse a sus entrecomilladas “funciones privadas”, pues su vigencia a nivel de reflexión política al menos resulta innegable hasta el punto en que algunos han dicho, no sin entera razón, que resulta prácticamente una figura imprescindible para entender a Cataluña y España.
Memorias de Jordi Pujol se trata de un voluminoso texto de 445 páginas que lleva como subtítulo Temps de construir (la anterior entrega, Memóries data del 2007 y se hacía cargo de los hechos transcurridos entre 1930 y 1980) un segundo volumen, con que Pujol aborda el periodo más intenso de toda su carrera política, del 80’ al 93, momento en que su coalición apostólico-catalanista-derechista, Convergència i Unió (CIU), se transformó en el soporte vital de la era de Felipe González al otorgarle la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar hasta el 96. Fecha en que este otro potente líder político español dejó definitivamente la política activa con apenas 54 años de edad.
Esta segunda entrega de Pujol, al margen de abordarse al consabido intríngulis de gobierno, se dispone a abordar temas no estrictamente actuales, sino también cuestiones históricas y sobre todo respecto del oficio de la política en sí. Aborda, además, acontecimientos clave de la historia política de España, aportando, por ejemplo nuevos datos sobre el Tejerazo (el golpe del 23 de febrero de 81’, sobre el cual ya se ha escrito el interesante libro Javier Cercas que hemos comentado anteriormente), señala el tenor de la conversación con el Rey en esos dramáticos momentos, las manifestaciones organizadas en Cataluña para calmar a la ciudadanía, etcétera.
Pero sin lugar a dudas lo más interesante para él de este ejercicio escritural, un ejercicio enteramente recomendable, por cierto, es “que estando al margen de la política más me he dedicado a escribir y hablar sobre lo que he decidió llama el IVA, ideas, valores y actitudes”. Obviamente es allí donde radica lo relevante del tema, en que este veterano político catalanista (79 años) en una tierra en donde los políticos más temprano que tarde si se jubilan o, a lo menos, cambian de actividad -cuestión francamente impensable en otras latitudes- se ha mantenido vigente a través de una fundación que lleva su nombre, pero aportando ideas y reflexión al panorama político español.
Transformándose o reconvirtiéndose, más bien, en una especie de reserva moral y ética de la política española. Sus ideas, consejos y planteamientos, siempre llevan el sello de la sabiduría, la ponderación y, por sobre todo, la honestidad, al margen de cuestiones más puramente ideológicas. No lo hemos visto caer nunca en los estertores ni devaneos excéntricos e insensatos propios de la senilidad de otros políticos de ayer, envueltos por la decadencia de los años en una inaceptable megalomanía. Por el contrario, él, cual gurú, de la política española se encarga de difundir su IVA, de fustigar la pérdida de imagen y autoestima de su amada Cataluña, de cuestionar con fuerza y serenidad, la grave falta de valores, el deterioro de la política y las instituciones, de lamentar, en definitiva, el serio deterioro de todo el sistema institucional.
Será por todo lo dicho, por el valor agregado que involucra el personaje en cuestión, que el presidente de Ecuador Rafael Correa -entonces un joven y desconocido candidato presidencial ecuatoriano- insistió un día en conocer al Dr. Pujol. Me permito un pequeño excurso. Era el mes de marzo de 2006 cuando Correa iniciaba una gira promocional por diferentes comunidades autonómicas españolas, en busca del ansiado voto de la numerosa comunidad ecuatoriana residente en España. Correa, necesitaba una agenda urgente, en vistas del carácter improvisado de su visita a Barcelona de dos días. Dieron conmigo, cuestión de azar, mi ayuda –huelga decirlo ad honorem- consistió, precisamente, en articular la mejor agenda posible. En realidad en relación a este tema, soy de los que como decía Osvaldo Puccio padre opino que “para ser puta mal pagada, prefiero ser mujer honesta”.
De tal modo que se reunió con los medios (Cadena SER y TV3) con el alcalde de Barcelona, Joan Clos por esos días (luego iría de Ministro de Industrias al gobierno central); con autoridades de la Generalitat (el gobierno autonómico catalán) Margarida Obiols, entonces jefa de protocolo ante la ausencia del presidet Maragall en gira al exterior; con autoridades (decano y académicos) y estudiantes de la Facultad de Económicas de la UAB y, finalmente, un gran encuentro con la comunidad ecuatoriana residente en la ciudad condal. Que no fue tan grande en realidad.
Pero fue entonces, que tras un fallido encuentro con los socialistas catalanes (José Montilla, primer secretario del PSC, entonces, hoy continúa en el cargo y además es president de la Generalitat, le derivó a un funcionario menor del partido) Correa, obviamente, ante tamaña falta de amistad y generosidad, inmediata y sorpresivamente manifestó, en cambio, sus ganas de conocer a Jordi Pujol, el viejo político derechista y catalanista.
La reunión con Jordi Pujol (CIU) se concretó rápidamente, en cuestión de minutos -también por azar- estuvo dispuesto a recibirnos, sin más preámbulos y se desarrolló en un ambiente de grata cordialidad y un amable protocolo en las oficinas de su fundación en Passeig de Gracia (el sector más exclusivo y oneroso del centro de la Barcelona capital de clase de mundial).
También muy amablemente, nos presentamos. Pujol hizo gala campechanamente de su en extremo conocimiento de América Latina, de asuntos de política interior tanto de Ecuador y como de Chile. Me habló de la DC, de los hermanos Zaldívar y de Anselmo Sule, del precio del cobre y otras hierbas. A Correa, le comentó de lo suyo, pero por sobre todo, le pronosticó una derrota segura, no obstante le dijo que confiaba en su empuje y en su juventud, que algún día sería el presidente de Ecuador, pero no sin partido ni contra ellos. “(…) y te lo dice un político que nunca ha perdido una elección y a las elecciones hay que presentarse para ganarlas.”
Correa, en cambio, creía más bien en lo que decía Allende que “las batallas no siempre se dan para ganarlas, pero hay que darlas”. Defendió su independencia de los partidos y su aversión a la clase política tradicional y la partidocracia; venía de vuelta de ello, les conocía y ahora quería derrotarles en su propio pantano. Le señaló que estaba convencido de poder ganar a su pueblo para su proyecto. ¿Cuál proyecto? le preguntó el pope catalanista. “Un proyecto, nacionalista, antiimperialista, anticapitalista y antioligárquico (…) ¡El petróleo para los ecuatorianos!”, fue su consigna. “¡Ah! ahora entiendo por qué un chileno va llevando la agenda de un candidato a la presidente de Ecuador. No es necesario que me respondan yo ya sé la respuesta”, concluyó antes que dijéramos ni media palabra en medio de una sonrisa socarrón, que dicho sea de paso, se le da bastante fácil.
Correa siguió así su sacrificada “gira” por España, recorriendo miles de kilómetros en un automóvil, ni siquiera último modelo, ni mucho menos. Con la firme reafirmación en su misión, pero con la difícil tarea de darse a conocer, las encuestas que no le favorecían para nada. Pero por sobre todo su discurso a veces abigarrado y ecléctico, a ratos en demasía, era profundamente honesto y revolucionario, prefiguraba nítidamente un proyecto y un relato que otorgaba el sentido necesario a su accionar y la idea de que vale pena seguirlo aunque se pierda. El sentido social, el sentido político, que habla Marc Augè, cuando se nos dice que se acabaron los relatos de futuro y el fin de la historia… La gente necesita la existencia de un porvenir para desarrollarse, la existencia de una finalidad (llámese relato, cuento, sueño o proyecto), el problema, como dice Auge, es que hoy la política ya no habla de finalidades, solo gestiona y administra presente. De allí devienen palabras como eficiencia y astucia envés de otras de mayor de quilate como es valor, dignidad, honestidad.
Correa, venía de vuelta de la “traición de la socialdemocracia” y de la clase política, de la partidocracia, del contubernio incestuoso entre el poder político y el poder económico. Había en él, una honestidad y autenticidad, casi ingenua para los tiempos que se viven, que otorga la real existencia de una comunidad de intereses Latinoamericano-ecuatoriana-revolucionaria a la cual convocaba y había que estar allí, si o si. “Por ello es necesario cambiar la constitución, la ley electoral y promover un proyecto alternativo aglutinador de la izquierda socialista, anticapitalista y antiimperialista, allendista, por cierto. ¡Que duda cabe!”. Repetía incansablemente y con todo el entusiasmo del mundo.
Tenía tan sólo que hacerse oír. Y lo tenía claro, tenía que recorrer su país, hasta los más recónditos rincones y hablar con la gente, explicarles sus ideas y su programa de gobierno. Había una tarea de alfabetización también política que desarrollar con el concurso de las ideas, los principios y los valores, y por sobre todo, dotada de honestidad y coraje. Como lo está haciendo ahora Jordi Pujol, y en enhorabuena, en otras circunstancias y que hidalgamente reconoce cuando señala “mientras más me alejo de la política más me voy acercando a las ideas”. Esperamos que no sea ésta una condición sine qua non relativa a la práctica política, sino que puramente un dato de la causa o un mero diagnóstico de un sistema que agoniza, con mal pronóstico, en la unidad de cuidados intensivos de un mal servicio de salud pública.
Memòries de Jordi Pujol. Temps de construir, editorial Destino (cas) y Proa (cat), 445 págs. 23, 95 euros.
Fco-Javier Alvear, investigador y especialista/analista en comunicación política y electoral, doctorando en Antropología en la URV de Tarragona. Catador de saberes, con formación en humanidades, estética y ciencias sociales. Es miembro del “Club Internacional de la Prensa” y de “Reporteros sin fronteras”, colaborador de “Clarín”, de la “Revista Mà” de Amic-UGT y ONGs. Además de cantor de tango y bolero, y chef aficionado.
