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Pronto a las tradicionales campanadas de fin de año, ajusto mi telescopio para echar una mirada retrospectiva a algunos de los hechos más salientes de 2009.
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Dado el carácter centralista y presidencialista extremo que tiene Chile, cuando me refiero a elecciones me estoy refiriendo básicamente a las presidenciales. En esto el sistema político chileno – aparte de sus tantas otras falencias – adolece de esta otra distorsión en lo que se refiere al reparto del poder político: ser presidente es al final todo lo que cuenta. Es como una lotería en la que el premio mayor fuera un millón de dólares y el segundo premio un par de calcetines: no hay proporción entre el primero y los premios de consuelo. Por estos últimos por cierto me refiero a las diputaciones y senaturías, que en el fondo no son más que pases libres a un selecto y glorificado club de debates, pero con poca consecuencia o relevancia en la vida política del país. En esto recuerdo lo dicho una vez por Joaquín Lavín hace unos años cuando se le preguntó si querría ser parlamentario, a lo que respondió que lo haría pero no con mucho entusiasmo ya que él era más bien un tipo para ejecutar cosas (en ese tiempo venía de ser alcalde). Bueno, don Joaquín recientemente derrotado en su postulación senatorial puede decir que no hay mal que por bien no venga porque si el que lo desbancó de su posición como presidenciable llega a La Moneda, de seguro que lo designará ministro. Lavín es ciertamente número puesto allí, como en su momento lo fue Ricardo Lagos cuando no fue elegido senador. Y por cierto eso hizo muy bien para la carrera política de Lagos después. Lo que sucede es que este club de debates, que es el congreso, da abundante tribuna, pero en términos de la verdadera influencia en los asuntos públicos y eventuales avances en una carrera política, ser ministro es mucho más efectivo en estos tiempos (Lagos y Michele Bachelet nunca fueron parlamentarios, pero ambos fueron ministros).
Como todos sabemos al llegar a fin de año nos encontramos en este suspenso en cuanto a quien será el ganador de este premio mayor. Por de pronto lo único sobre lo que podemos apostar es que será un resultado muy estrecho. En el plano de los deseos por cierto, espero que no gane el candidato de la derecha, pero como decía Lenin, nunca hay que confundir los deseos con la realidad. Las cosas están más difíciles que nunca.
Con el suspenso electoral se ha reavivado la idea de cambiar la fecha de las elecciones pues a pocos días del período de fiestas de fin de año estar haciendo campaña electoral es un poco como fuera de tono y luego una segunda vuelta en época de vacaciones tampoco es muy adecuada. La gente anda en otra. Una buena idea sobre la cual puede haber consenso, sin embargo hay que argumentarla bien: se trata esencialmente de cambiarla por razones prácticas. La referencia a ponerlas en septiembre “porque era la fecha tradicional en democracia” como se ha dicho no tiene nada que ver. Septiembre nunca fue una suerte de “fecha mágica” para tener elecciones presidenciales, simplemente se llegó a esa fecha por casualidad: en 1946 la muerte del presidente Juan Antonio Ríos (ya enfermo e incapacitado meses antes) por disposición de la constitución de entonces forzó una elección a noventa días después de producido su deceso. Ocurrió que ese plazo se cumplía el 4 de septiembre y esa fecha se mantuvo para las sucesivas presidenciales hasta 1970. Como sucede que la mayor parte de la dirigencia política actual creció entre los años 50 y 70, posiblemente hay quienes creen que esa era una fecha “tradicional” con algún significado especial (en los hechos en 1932 y 1938 la elección presidencial había sido en octubre). Por cierto si se quiere establecer fechas fijas, inamovibles, una nueva constitución podría adoptar una norma similar a la de Estados Unidos, pero tendría también que crear el cargo de vicepresidente para el caso que el presidente no pudiera terminar su período. También puede ser una buena idea.
Y ya que mencionaba a Estados Unidos – la única superpotencia en este mundo unipolar (no sé si depresivo o maníaco) – el primer año del primer presidente de raza negra ha sido marcado por una ambivalencia en que la tendencia parece ser hacia una lenta pero inexorable decepción. Barack Obama tuvo su primer encuentro con América Latina y el Caribe en la Cumbre de las Américas efectuada en abril en Trinidad-Tobago. La ocasión tuvo momentos simpáticos y hasta promisorios, pero con el correr del tiempo las esperanzas que un nuevo trato vendría de parte de Washington se han ido diluyendo. La nueva administración estadounidense levantó ciertas restricciones de viaje y remisión de dinero a Cuba, pero ha renovado y apoyado el embargo comercial a la isla.
El golpe de estado en Honduras, por cierto una desgraciada regresión en el proceso democratizador en el continente, proporcionó una nueva oportunidad al nuevo presidente para mostrar un rostro más amable a la región. Por un momento parecía que lo hacía, cuando Washington se sumó a la condena continental al golpe contra el presidente constitucional Manuel Zelaya, pero las ambigüedades aparecieron al poco tiempo, quedando claro que la administración norteamericana no quería a Zelaya de vuelta como presidente de Honduras cuando dio legitimidad a las elecciones tenidas bajo ley marcial en las que triunfó un hombre de reconocidas credenciales derechistas. En los meses que siguieron al golpe también han circulado versiones involucrando a Estados Unidos en el golpe hondureño y más aun, se señala que este no sería un hecho aislado sino una suerte de nueva estrategia en que los golpes de estado si bien aun con soporte militar, serían más bien articulados a partir de diferendos entre poderes del estado, aprovechando el control que los sectores derechistas en algunos países tienen del legislativo o la judicatura, como ocurrió en Honduras. Una suerte de golpe “cívico-militar” sería la nueva táctica a emplear en América Latina bajo la nueva administración en la Casa Blanca. Sobre esto vale tener los ojos muy bien puestos sobre Paraguay donde podría ensayarse una movida muy similar a la hondureña.
Para sellar su mala onda con la región, el enviado especial de Obama para América Latina, Arturo Valenzuela, de origen chileno, se mandó su gran “condoro” en Argentina, al cuestionar la seguridad jurídica de los inversionistas en ese país y peor aun, insinuar que las cosas eran mejores bajo Carlos Menem. Naturalmente el gobierno en Buenos Aires rechazó airado esas expresiones, como haría por lo demás todo gobierno digno cuando algún funcionario extranjero intenta darle lecciones.
Aprovecho de darles a todos Uds. un afectuoso saludo de Año Nuevo.
