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La tierra de los exiliados no era el Neverland de Peter Pan, de Michel Jackson o de los Beatles en el Submarino Amarillo: nuestro título era el de apátridas, categoría que yo no comprendí muy bien cuando me dieron el Pasaporte “Bluejeans” que, debajo de sus datos personales, decía apátrida.
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Tu podías visitar todos los países del mundo, salvo tu patria, Chile; se te prohibía también domiciliarse en los balnearios de millonarios, llamados los Alpes marítimos, donde se ubica Cannes – como si algún apátrida tuviera tanto dinero para comprarse un castillo, al igual que los grandes potentados mundiales. Posteriormente, me cambiaron el “Bluejeans” por un Pasaporte con la letra “L”, significando con ésta que no podía entrar al Chile.
Pedir a los exiliados que amaran al Chile mancillado por el asesino repugnante de Pinochet, alabado por el coro derechista que hoy aspira a que los carneros le regalen el poder – y esta vez a la buena – que rindieran pleitesía a un país a un monstruoso país, raptado por la casta militar que, muchos de ellos, además de asesinos, se ha descubierto que son ladrones, es demasiado pedir. Olvidan los que hoy denostan Marco Enríquez-Ominami por el sólo hecho de haber declarado, cuando tenía 29 años (el 11 de julio de 2003, en la Revista Cosas), que “Chile es un lumbago, es como un dolor permanente que no se quita. Para mí, ser chileno es una tragedia. Hubiera preferido ser italiano”. A mí, personalmente, no me parece de buen gusto ser italiano y, actualmente, ese país ser dirigido por proxeneta Berlusconi; en todo lo demás estoy de acuerdo con Marco: si uno por decir que le duele Chile tuviera que ser vilipendiado, España debiera renegar de Quevedo, por aquello de “miré los muros de la patria mía”, o a Unamuno cuando en casi todos sus escritos hablaba del dolor de España; no era ni siquiera un lumbago que padecía la Península, sino la lepra misma.
En aquello de “Frei fue como el hermano tonto, Aylwin el gran abuelo y Lagos el hermano mayor, el antipático”. No veo nada de antipatriotismo en estaos simpáticos y brillantes retratos, salvo que algunas personas estén tan idiotizadas que crean que estos tres presidentes constituyan la patria misma, como si Berlusconi fuera Italia o el Alán García fuera el Perú, o Cristina fuera Argentina, o Nixon y Bush fueran Estados Unidos. Se imaginan si algún extranjero quesera que Chile es un sinónimo de Pinochet, es decir, un país de asesinos, ladrones, cobardes y babosos.
Dijo Marco, “amar esa bandera asquerosa y el escudo que es espantoso y los símbolos patrios, bajo la férula de Pinochet y sus secuaces, estos símbolos que enaltecen se habían prostituido. Si aplicáramos el calificativo de antipatriota a Marco, tendríamos que hacerlo extensivo a los valientes jóvenes de la FECH de 1920 que, en la revista Claridad le decían a la bandera nacional, “La Lavandera”. “Los patriotas” eran los “niñitos bien” que quemaron el local de la FECH. Habría que acusar de antipatriota también a la “divina Grabriela” cuando prefiere el huemul sobre la ave carroñera, el cóndor – se alimenta de cadáveres, como los “chilenísimos de la DINA”. A lo mejor, yo también soy antipatriota pues cuando escucho las tonadas de los Huasos “cacheros”, me dan ganas de vomitar.
En nombre de la chilenidad se han cometido las mayores aberraciones intelectuales y humanas. Cien por ciento de acuerdo con Marco: ¿acaso los “valientes soldados chilenos” no perpetraron un genocidio contra los mapuches en la “Pacificación de la Araucanía”? ¿Acaso no violaron a las indefensas peruanas y se robaron el patrimonio histórico del virreinato? ¿Acaso no han asesinado a miles de obreros, desde la huelga de carne, hasta nuestros días? ¿Acaso el tirano Portales no estaba dispuesto a asesinar a su padre si se le oponía y no dejó volver del exilio al Padre de la Patria? Para qué hablar de ostentar el récord de una de las tiranías más criminales de la historia de América Latina. Y así, miles de ejemplos de la tiranía y el hosco odio chileno, que no deja respirar.
“En una fonda sólo veo votos y el resto me parece una pila de curados”. La segunda parte de a frase parece copiada a la letra de Ricos y pobres, de Luis Emilio Recabarren, quien dice exactamente lo mismo respecto al 18 de septiembre de 1810. En el tema ha sido siempre la derecha la que ha practicado el cohecho emborrachando al “roto”.
Por último, es muy típico de los jóvenes aquello de renegar de su etapa etaria y gustarle tener 60 años. A mi hijo Rafael le encantaba imitar a mi padre, Rafael Agustín. Yo, viejo, me muero de envidia, pues me encantaría ser joven.
Al parecer, el odio – aquella hernia mezquina, miserable pululante, muy propia de algunos chilenos mediocres, ladrones y ambiciosos- no puede perdonar el valor de un joven que, contra todo pronóstico ha ido creciendo en el apoyo popular, que pone en cuestión el poder que consideran como “su fundo”; estos viejos gotosos se niegan a marchar a la sepultura, como se lo pidiera en El Balance patriótico, el gran poeta Vicente Huidobro.
La vocera de gobierno, al parecer, olvida que la jauría de los Caínes sempiternos privó de la nacionalidad y asesinó, posteriormente, a Orlando Letelier y a su propio padre, don José Tohá, patriotas verdaderos, por quienes profeso una gran veneración. No creo muy estética su última declaración. De los diputados que quieren pedirle la “nacionalidad italiana” más vale reírse, pues sólo digna de un chiste de circo y no de “honorables”, a quienes se les supone una gran riqueza neuronal. Si Uds. quieren, actuemos como en la Constitución de Colombia: todo chileno debe tener derecho a cualquier nacionalidad sin perder la chilena, inclusa la de Neverman o de Neverland, de los Beatles . El chauvinista Tarud podría ser perfectamente jordano, o si lo prefiere, lo enviamos al Sahara español. José Antonio Viera-Gallo, mi dilecto amigo, siempre me ha parecido un ciudadano florentino o, si se quiere, un gran cardenal del Vaticano. De lejos, tiene mucho más méritos para ser peninsular que Marco, a quien encuentro un poco negrito y con pinta de moro-andaluz.
Rafael Luís Gumucio Rivas
18-09-09
Pedir a los exiliados que amaran al Chile mancillado por el asesino repugnante de Pinochet, alabado por el coro derechista que hoy aspira a que los carneros le regalen el poder – y esta vez a la buena – que rindieran pleitesía a un país a un monstruoso país, raptado por la casta militar que, muchos de ellos, además de asesinos, se ha descubierto que son ladrones, es demasiado pedir. Olvidan los que hoy denostan Marco Enríquez-Ominami por el sólo hecho de haber declarado, cuando tenía 29 años (el 11 de julio de 2003, en la Revista Cosas), que “Chile es un lumbago, es como un dolor permanente que no se quita. Para mí, ser chileno es una tragedia. Hubiera preferido ser italiano”. A mí, personalmente, no me parece de buen gusto ser italiano y, actualmente, ese país ser dirigido por proxeneta Berlusconi; en todo lo demás estoy de acuerdo con Marco: si uno por decir que le duele Chile tuviera que ser vilipendiado, España debiera renegar de Quevedo, por aquello de “miré los muros de la patria mía”, o a Unamuno cuando en casi todos sus escritos hablaba del dolor de España; no era ni siquiera un lumbago que padecía la Península, sino la lepra misma.
En aquello de “Frei fue como el hermano tonto, Aylwin el gran abuelo y Lagos el hermano mayor, el antipático”. No veo nada de antipatriotismo en estaos simpáticos y brillantes retratos, salvo que algunas personas estén tan idiotizadas que crean que estos tres presidentes constituyan la patria misma, como si Berlusconi fuera Italia o el Alán García fuera el Perú, o Cristina fuera Argentina, o Nixon y Bush fueran Estados Unidos. Se imaginan si algún extranjero quesera que Chile es un sinónimo de Pinochet, es decir, un país de asesinos, ladrones, cobardes y babosos.
Dijo Marco, “amar esa bandera asquerosa y el escudo que es espantoso y los símbolos patrios, bajo la férula de Pinochet y sus secuaces, estos símbolos que enaltecen se habían prostituido. Si aplicáramos el calificativo de antipatriota a Marco, tendríamos que hacerlo extensivo a los valientes jóvenes de la FECH de 1920 que, en la revista Claridad le decían a la bandera nacional, “La Lavandera”. “Los patriotas” eran los “niñitos bien” que quemaron el local de la FECH. Habría que acusar de antipatriota también a la “divina Grabriela” cuando prefiere el huemul sobre la ave carroñera, el cóndor – se alimenta de cadáveres, como los “chilenísimos de la DINA”. A lo mejor, yo también soy antipatriota pues cuando escucho las tonadas de los Huasos “cacheros”, me dan ganas de vomitar.
En nombre de la chilenidad se han cometido las mayores aberraciones intelectuales y humanas. Cien por ciento de acuerdo con Marco: ¿acaso los “valientes soldados chilenos” no perpetraron un genocidio contra los mapuches en la “Pacificación de la Araucanía”? ¿Acaso no violaron a las indefensas peruanas y se robaron el patrimonio histórico del virreinato? ¿Acaso no han asesinado a miles de obreros, desde la huelga de carne, hasta nuestros días? ¿Acaso el tirano Portales no estaba dispuesto a asesinar a su padre si se le oponía y no dejó volver del exilio al Padre de la Patria? Para qué hablar de ostentar el récord de una de las tiranías más criminales de la historia de América Latina. Y así, miles de ejemplos de la tiranía y el hosco odio chileno, que no deja respirar.
“En una fonda sólo veo votos y el resto me parece una pila de curados”. La segunda parte de a frase parece copiada a la letra de Ricos y pobres, de Luis Emilio Recabarren, quien dice exactamente lo mismo respecto al 18 de septiembre de 1810. En el tema ha sido siempre la derecha la que ha practicado el cohecho emborrachando al “roto”.
Por último, es muy típico de los jóvenes aquello de renegar de su etapa etaria y gustarle tener 60 años. A mi hijo Rafael le encantaba imitar a mi padre, Rafael Agustín. Yo, viejo, me muero de envidia, pues me encantaría ser joven.
Al parecer, el odio – aquella hernia mezquina, miserable pululante, muy propia de algunos chilenos mediocres, ladrones y ambiciosos- no puede perdonar el valor de un joven que, contra todo pronóstico ha ido creciendo en el apoyo popular, que pone en cuestión el poder que consideran como “su fundo”; estos viejos gotosos se niegan a marchar a la sepultura, como se lo pidiera en El Balance patriótico, el gran poeta Vicente Huidobro.
La vocera de gobierno, al parecer, olvida que la jauría de los Caínes sempiternos privó de la nacionalidad y asesinó, posteriormente, a Orlando Letelier y a su propio padre, don José Tohá, patriotas verdaderos, por quienes profeso una gran veneración. No creo muy estética su última declaración. De los diputados que quieren pedirle la “nacionalidad italiana” más vale reírse, pues sólo digna de un chiste de circo y no de “honorables”, a quienes se les supone una gran riqueza neuronal. Si Uds. quieren, actuemos como en la Constitución de Colombia: todo chileno debe tener derecho a cualquier nacionalidad sin perder la chilena, inclusa la de Neverman o de Neverland, de los Beatles . El chauvinista Tarud podría ser perfectamente jordano, o si lo prefiere, lo enviamos al Sahara español. José Antonio Viera-Gallo, mi dilecto amigo, siempre me ha parecido un ciudadano florentino o, si se quiere, un gran cardenal del Vaticano. De lejos, tiene mucho más méritos para ser peninsular que Marco, a quien encuentro un poco negrito y con pinta de moro-andaluz.
Rafael Luís Gumucio Rivas
18-09-09
