| Las encuestas han tenido casi siempre fama de falsas: Citemos algunas sentencias sobre ellas: “hay tres clases de mentiras: mentiras, mentiras malditas y mentiras estadísticas”, (Benjamín Disraeli). “La estadística es la primera de las ciencias inexactas” (Goncourt). |
“La estadística es una ciencia según la cual todas las mentiras se tornan cuadros” (Piligrilli). “Las estadísticas me producen la misma impresión que las minifaldas: muestran lo atractivo y ocultan lo vital” (Boris Brand). En este caso, las encuestas son también tributarias de las famosas idola, de Francis Bacon: idola de la tribu, de la caverna, del mercado y del teatro.
Joel Best, en su obra Uso y abuso de las estadísticas, la distorsión en la percepción pública de los problemas sociales y políticos, trata seis tipos de categorías de cifras que distorsionan las estadísticas: 1) “números que faltan: relevantes, pero que no se toman en cuenta; 2) números engañosos, que confunden en lugar de informar; 3) números que asustan, que exageran nuestros propios temores del presente y futuro; números acreditados que exigen una credibilidad que no se merecen; 5) números mágicos, que prometen soluciones simplistas a problemas complejos; 6) números conflictivos, que se tornan en el foco de batallas de datos y cifras”.
En todas las encuestas usted encontrará números engañosos, acreditados, mágicos y conflictivos. La labor de los Comandos – en el caso de la elección presidencial- es saber jugar, lo más hábilmente posible, con los números. Veamos candidato por candidato: Frei perdió puntos en todas las categorías, incluidas la primera y segunda vuelta, sin embargo, sus publicistas junto al diario La Nación, sostendrían que ganó, pues con siete puntos de distancia de Marco E-O asegura el paso a segunda vuelta – argumento falaz, pero atractivo-; el Comando de Piñera, aunque pierde un punto en la primera vuelta y varios en otros ítems, sostendría que encabeza las preferencias en ambas vueltas, así esté distante del 50 más uno; el Comando de Marco resaltará el resultado de la segunda vuelta, con apenas tres puntos de diferencia con Piñera y se convierte en el mejor rival para vencer al candidato de la derecha; Jorge Arrate sube de uno, a cinco por ciento y una enormidad de puntos en cada uno de los atributos, con respecto a los demás candidatos. Arrate y Marco suben, Piñera y Frei bajan.
Este panorama parece ser muy entretenido y permite hasta llenar páginas de Diarios, sin embargo, es preciso considerar varios elementos que hacen de las encuestas sólo un juego estadístico de manipulación de cifras. El margen de error de una encuesta política no es únicamente el tres por ciento sino que, en rigor, debiera agregarse el 15 por ciento en la primera vuelta, lo que sumaría el 17 por ciento en total, es decir, nada menos que un millón y tantos de electores. En el caso de la segunda vuelta, el error es más visible: entre un veinte y un veintitrés por ciento; si usted le suma el tres normal – de margen de error – estaríamos entre el veintitrés y el veintiséis por ciento, lo que equivale a un millón cuatrocientos a un millón seiscientos mil ciudadanos. Con esos márgenes de error, la fotografía es bastante borrosa.
La realidad es bastante más cambiante que la fotografía estática de las encuestas. En un solo mes la performance de los candidatos, en la primera vuelta, puede cambiar radicalmente. Veamos un solo caso: El CERC divulgó los resultados de una encuesta a tres días de la elección presidencial de diciembre de 2004; en ese momento daba el siguiente resultado: 19 por ciento para Lavín, 25 por ciento para Piñera; el resultado fue 23 por ciento para Lavín, 25 por ciento para Piñera, es decir, en pocos días Lavín ganó cuatro puntos – trescientos mil votos – a lo mejor, con unos pocos días más el orden de los factores hubiera cambiado totalmente: Seis meses antes, el CEP daba 20 por ciento para Lavín y 17 por ciento para Piñera; esto del empate técnico es una soberana estupidez que sólo pueden sostener los estadísticos, unos alquimistas para la matemática, no muy distintos a los medievales, que fabricaban oro con procedimientos químicos.
La “caja negra” de toda elección está en los indecisos, que se ignora quiénes son, cómo actúan en las elecciones, qué elementos de convicción puede atraerlos. Los teóricos los definen como apolíticos, pertenecientes a la clase media y baja, de escasa escolaridad y cultura cívica – la verdad es que es más honesto decir que no sabemos nada de ellos- también puede ser el típico personaje que le gusta llegar tarde y decidir en el último momento, o una especie de furibundo votante nulo que, al final, se da cuenta que su protesta es inútil y su garabato puesto en el voto será objeto de la sociología y aún de la psicología, de la protesta impotente.
Sostengo que Marco Enríquez-Ominami puede pasar a la segunda vuelta, no sólo en base a mi análisis subjetivo, sino al estudio del comportamiento electoral en comicios reñidos.
Todas las encuestas tienen su propia temática a aplicar, por ejemplo, siempre califican a los personajes políticos –Michelle Bachelet obtiene un 83 por ciento de aprobación, sólo comparable, tal vez, con la que obtendría la Virgen María; mucho más que Santa Teresa de Los Andes o el Padre Hurtado, más que el Vaticano-; en apoyo popular, Marco E-O es el mejor evaluado de los candidatos presidenciales y, como siempre, el “premio limón” lo ganan los presidentes de los partidos políticos Juan Carlos Latorre y Camilo Escalona; por lo demás, estos personajes son completamente desconocidos por los chilenos, una especie de “mafiosos”, que se reparten las pegas a escondidas, tal cual lo hacía la “camorra” siciliana.
Las encuestas CEP incluyen una categoría que llaman “los atributos de los candidatos” y su orden de importancia está determinado por los encuestados. A mí me parece discutible esta clasificación, pues no siempre “la voz del pueblo es la voz de Dios”, si siguiéramos este precepto deberíamos ser partidarios de la pena de muerte que, en Chile, tiene más de un setenta por ciento de partidario y, como estas cualidades son muy subjetivas, me parece más importante la de la confianza, la sinceridad y la cercanía, que la destreza y la habilidad; en la sinceridad gana, lejos, Marco -42 por ciento, y gana dos puntos con respecto a la anterior encuesta-; en la cercanía, Marco tiene 38 por ciento, y gana cuatro y, en la confianza, tiene 40 por ciento, y gana cuatro por ciento; en todos los atributos Marco gana puntos que fluctúan entre dos y cuatro por ciento, respecto a la encuesta de agosto. Por cierto que Arrate supera todos los márgenes, ganando entre diez y dieciséis puntos en todas los atributos; el candidato que más pierde es Eduardo Frei, que anda entre cinco y ocho puntos menos, con respecto a la encuesta pasada. Piñera también fluctúa entre cinco y seis, con un descenso menor.
Conclusión:
Esto de la “madre de todas las encuestas” no es más que una de las tantas típicas tonterías nacionales; pude ser que haya encuestas mejores o peores, pero todas pertenecen al universo de la manipulación, “son mentiras estadísticas”, como diría el gran ministro victoriano (Disraeli(; incluso, las estadísticas estatales y los censos están hechos para ser manipulados; por ejemplo, la encuesta CASEN; es evidente que le aplica un ingreso básico de 48 mil pesos por persona, los pobres serán muy pocos y los indigentes aún menos. Sería tonto un gobierno que reconociera que un tercio o más de los chilenos están en la línea de la pobreza; aun cuando sea un tanto reaccionario, tenía razón Jorge Luís Borges, en el sentido de que la democracia es el abuso de las estadísticas. Por cierto, las encuestas sirven para orientarnos y jugar, como los cabalistas, con los números, pero no hay que tomarlas muy en serio; si usted juega al cálculo de probabilidades, con el seis, el número más imperfecto, o con el siete, el número perfecto, le aseguro que no va a ganar el suculento premio de la Lotería.
Equivocadamente, pienso, Eduardo Frei y Sebastián Piñera, basados en las encuestas, están convencidos que continuarán como dueños del botín del Estado. No vaya a ser que el joven Marco Enríquez-Ominami los deje, sorpresivamente, en el camino al purgatorio de la derrota.
Rafael Luís Gumucio Rivas
Joel Best, en su obra Uso y abuso de las estadísticas, la distorsión en la percepción pública de los problemas sociales y políticos, trata seis tipos de categorías de cifras que distorsionan las estadísticas: 1) “números que faltan: relevantes, pero que no se toman en cuenta; 2) números engañosos, que confunden en lugar de informar; 3) números que asustan, que exageran nuestros propios temores del presente y futuro; números acreditados que exigen una credibilidad que no se merecen; 5) números mágicos, que prometen soluciones simplistas a problemas complejos; 6) números conflictivos, que se tornan en el foco de batallas de datos y cifras”.
En todas las encuestas usted encontrará números engañosos, acreditados, mágicos y conflictivos. La labor de los Comandos – en el caso de la elección presidencial- es saber jugar, lo más hábilmente posible, con los números. Veamos candidato por candidato: Frei perdió puntos en todas las categorías, incluidas la primera y segunda vuelta, sin embargo, sus publicistas junto al diario La Nación, sostendrían que ganó, pues con siete puntos de distancia de Marco E-O asegura el paso a segunda vuelta – argumento falaz, pero atractivo-; el Comando de Piñera, aunque pierde un punto en la primera vuelta y varios en otros ítems, sostendría que encabeza las preferencias en ambas vueltas, así esté distante del 50 más uno; el Comando de Marco resaltará el resultado de la segunda vuelta, con apenas tres puntos de diferencia con Piñera y se convierte en el mejor rival para vencer al candidato de la derecha; Jorge Arrate sube de uno, a cinco por ciento y una enormidad de puntos en cada uno de los atributos, con respecto a los demás candidatos. Arrate y Marco suben, Piñera y Frei bajan.
Este panorama parece ser muy entretenido y permite hasta llenar páginas de Diarios, sin embargo, es preciso considerar varios elementos que hacen de las encuestas sólo un juego estadístico de manipulación de cifras. El margen de error de una encuesta política no es únicamente el tres por ciento sino que, en rigor, debiera agregarse el 15 por ciento en la primera vuelta, lo que sumaría el 17 por ciento en total, es decir, nada menos que un millón y tantos de electores. En el caso de la segunda vuelta, el error es más visible: entre un veinte y un veintitrés por ciento; si usted le suma el tres normal – de margen de error – estaríamos entre el veintitrés y el veintiséis por ciento, lo que equivale a un millón cuatrocientos a un millón seiscientos mil ciudadanos. Con esos márgenes de error, la fotografía es bastante borrosa.
La realidad es bastante más cambiante que la fotografía estática de las encuestas. En un solo mes la performance de los candidatos, en la primera vuelta, puede cambiar radicalmente. Veamos un solo caso: El CERC divulgó los resultados de una encuesta a tres días de la elección presidencial de diciembre de 2004; en ese momento daba el siguiente resultado: 19 por ciento para Lavín, 25 por ciento para Piñera; el resultado fue 23 por ciento para Lavín, 25 por ciento para Piñera, es decir, en pocos días Lavín ganó cuatro puntos – trescientos mil votos – a lo mejor, con unos pocos días más el orden de los factores hubiera cambiado totalmente: Seis meses antes, el CEP daba 20 por ciento para Lavín y 17 por ciento para Piñera; esto del empate técnico es una soberana estupidez que sólo pueden sostener los estadísticos, unos alquimistas para la matemática, no muy distintos a los medievales, que fabricaban oro con procedimientos químicos.
La “caja negra” de toda elección está en los indecisos, que se ignora quiénes son, cómo actúan en las elecciones, qué elementos de convicción puede atraerlos. Los teóricos los definen como apolíticos, pertenecientes a la clase media y baja, de escasa escolaridad y cultura cívica – la verdad es que es más honesto decir que no sabemos nada de ellos- también puede ser el típico personaje que le gusta llegar tarde y decidir en el último momento, o una especie de furibundo votante nulo que, al final, se da cuenta que su protesta es inútil y su garabato puesto en el voto será objeto de la sociología y aún de la psicología, de la protesta impotente.
Sostengo que Marco Enríquez-Ominami puede pasar a la segunda vuelta, no sólo en base a mi análisis subjetivo, sino al estudio del comportamiento electoral en comicios reñidos.
Todas las encuestas tienen su propia temática a aplicar, por ejemplo, siempre califican a los personajes políticos –Michelle Bachelet obtiene un 83 por ciento de aprobación, sólo comparable, tal vez, con la que obtendría la Virgen María; mucho más que Santa Teresa de Los Andes o el Padre Hurtado, más que el Vaticano-; en apoyo popular, Marco E-O es el mejor evaluado de los candidatos presidenciales y, como siempre, el “premio limón” lo ganan los presidentes de los partidos políticos Juan Carlos Latorre y Camilo Escalona; por lo demás, estos personajes son completamente desconocidos por los chilenos, una especie de “mafiosos”, que se reparten las pegas a escondidas, tal cual lo hacía la “camorra” siciliana.
Las encuestas CEP incluyen una categoría que llaman “los atributos de los candidatos” y su orden de importancia está determinado por los encuestados. A mí me parece discutible esta clasificación, pues no siempre “la voz del pueblo es la voz de Dios”, si siguiéramos este precepto deberíamos ser partidarios de la pena de muerte que, en Chile, tiene más de un setenta por ciento de partidario y, como estas cualidades son muy subjetivas, me parece más importante la de la confianza, la sinceridad y la cercanía, que la destreza y la habilidad; en la sinceridad gana, lejos, Marco -42 por ciento, y gana dos puntos con respecto a la anterior encuesta-; en la cercanía, Marco tiene 38 por ciento, y gana cuatro y, en la confianza, tiene 40 por ciento, y gana cuatro por ciento; en todos los atributos Marco gana puntos que fluctúan entre dos y cuatro por ciento, respecto a la encuesta de agosto. Por cierto que Arrate supera todos los márgenes, ganando entre diez y dieciséis puntos en todas los atributos; el candidato que más pierde es Eduardo Frei, que anda entre cinco y ocho puntos menos, con respecto a la encuesta pasada. Piñera también fluctúa entre cinco y seis, con un descenso menor.
Conclusión:
Esto de la “madre de todas las encuestas” no es más que una de las tantas típicas tonterías nacionales; pude ser que haya encuestas mejores o peores, pero todas pertenecen al universo de la manipulación, “son mentiras estadísticas”, como diría el gran ministro victoriano (Disraeli(; incluso, las estadísticas estatales y los censos están hechos para ser manipulados; por ejemplo, la encuesta CASEN; es evidente que le aplica un ingreso básico de 48 mil pesos por persona, los pobres serán muy pocos y los indigentes aún menos. Sería tonto un gobierno que reconociera que un tercio o más de los chilenos están en la línea de la pobreza; aun cuando sea un tanto reaccionario, tenía razón Jorge Luís Borges, en el sentido de que la democracia es el abuso de las estadísticas. Por cierto, las encuestas sirven para orientarnos y jugar, como los cabalistas, con los números, pero no hay que tomarlas muy en serio; si usted juega al cálculo de probabilidades, con el seis, el número más imperfecto, o con el siete, el número perfecto, le aseguro que no va a ganar el suculento premio de la Lotería.
Equivocadamente, pienso, Eduardo Frei y Sebastián Piñera, basados en las encuestas, están convencidos que continuarán como dueños del botín del Estado. No vaya a ser que el joven Marco Enríquez-Ominami los deje, sorpresivamente, en el camino al purgatorio de la derrota.
Rafael Luís Gumucio Rivas
13/11/09
