En virtud de lo señalado, el binominal, más que un sistema electoral, constituye un fraude electoral y, como tal, no admite reformas ni perfeccionamientos, sino sólo su eliminación y reemplazo.
Por otra parte, discrepo en cuanto a la necesidad de limitar la reelección de los parlamentarios, ya que ello sólo ocultaría la causa de que se produzcan eternizaciones en el Congreso, la que reside en la falta de competencia que provoca nuestro fraudulento sistema binominal. Éste hace que las elecciones no sean tales, sino sólo la “ratificación” de designaciones partidarias previas, las que se concretizan en la obtención de un cupo para la Alianza y otro para la Concertación, i.e., el cuoteo más escandaloso de que se tenga antecedente en nuestra historia y que se expresa en este aliancertacionismo del que vivimos prisioneros desde 1990 y que tanto agrada a nuestros apernados representantes.
Finalmente, creo que el candidato que plantee derechamente y sin ambages el cambio de la actual institucionalidad, espuria e ilegitima, con la aprobación de una nueva Constitución, que consagre finalmente la democracia plena que aún no alcanzamos, obtendrá un plus de apoyo irremontable en la próxima elección presidencial, en la que no rige el binominal.
