Sin embargo, nunca fue una tarea fácil para las clases dominantes poner en práctica estas decisiones. Son ya quinientos años de resistencia. Pero la contrapartida ha sido utilizar los ejércitos como arma disuasoria. Las primeras campañas de las fuerzas armadas profesionales en Argentina, Chile, México, Perú, Colombia, Paraguay, entre otros países, tuvieron en frente a los Araucanos, Pehuenches, Quechuas, Aymará, Patagones, Chichimecas o Pampeños. Fueron los primeros enemigos internos. Las matanzas han pasado a la historia. Las oligarquías se ufanaron de tales estrategias para esquilmar las riquezas de sus pueblos originarios. Asimismo, la escases de mano de obra, llevó a los pueblos indígenas a una explotación en condiciones de cuasi-esclavitud, causa coadyuvante de un exterminio lento pero continuo. El cuadro se generalizo en toda América latina. Brasil, México, Guatemala, vieron disminuir sus poblaciones aborígenes con la misma celeridad que lo habían hecho durante la conquista. A sus ideólogos y promotores no se les arrugó su conciencia al adjetivar dichas prácticas como una diatriba entre Acivilización o barbarie@. Hoy Alan García habla de la batalla por el progreso.
En la actualidad, las oligarquías criollas, en connivencia con las transnacionales proyectan una segunda gran revolución. Consolidado el orden excluyente y la reforma del Estado en sus aspectos básicos: privatización, descentralización, desregulación, flexibilidad del mercado laboral, ahora se dan a la tarea de apoderarse de las selvas semi-tropicales, las aguas, el subsuelo, etc. Son los nuevos megaproyectos donde participan empresas de energía, farmacológicas, automotrices, de alimentación, constructoras. Es la unión del capitalismo transnacional y los cipayos para adueñarse de los últimos reductos del planeta sin explotar. Todo esta diseñado, desde las formas de gobierno, al gobernanza, hasta las redes para capitalizar la inversión. Un nuevo imperialismo se dibuja en las entrañas de América latina. La democracia representativa se reduce a un cascarón vacío. El control sobre la población obliga a constreñir los derechos políticos a su mínima expresión: el voto. No cabe la diferencia, la dignidad, la justicia social, menos aún los pueblos indígenas, acusados de ser los responsables del subdesarrollo.
Lo sucedido en Perú no es una excepción, se repite con intensidad variable en otros países. En México, por ejemplo, no podemos soslayar la resistencia del EZLN por salvaguardar la selva lacandona y las formas de autonomía en las Juntas de Buen Gobierno y los caracoles. En Chile la represión sobre la población Mapuche, aplicando las leyes antiterroristas de la dictadura, tiene como objetivo desplazar la población mas al sur y construir represas. Los gobiernos socialdemócratas de la concertación no dudan en mantener encarcelados a más de quinientos mapuches y asesinar a dirigentes en Asupuestos2 enfrentamientos con las fuerzas de orden. En Colombia se les dispara bajo el pretexto de la doctrina de la seguridad democrática. De esta manera se restablece el orden. Acusados de terroristas y antipatriotas, se les aplican leyes ad-hoc para exonerar a quienes disparan y asesinan practicando el etnocidio. En estos caso, como suele ocurrir, el sentimiento de impunidad cubre los hechos al interpretarse las acciones de las fuerzas armadas como actos perpetrados en legítima defensa.
Alan García y su gobierno están convencidos de no haber cometido crímenes de lesa humanidad, ni etnocidio. Por el contrario, están seguro que actúan dentro de la legalidad vigente al hacer cumplir la ley, evitando un atentado contra la propiedad privada y los derechos de las transnacionales. Su nombre no debemos olvidarlo, entra de lleno en la historia de la ignominia y la traición contra los pueblos indígenas cometida por los socialdemócratas en nombre del progreso.
