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Agosto 18, 2026

La muerte de la neolengua económica

El económico, en toda su especialización, ha devenido en un lenguaje que se elevaba por sobre todos los otros y se confería a sí mismo un aura de objetividad. La ciencia económica, que transmitía a través de su lengua elaborados diagnósticos, preceptos levantados cual verdad, no sólo económica, sino política, social y cultural, ha sido, durante los últimos treinta años, la medida, el estándar humano.

Ha sido un paradigma, financiado por las grandes corporaciones, por economistas intolerantes, gobiernos corruptos y medios oportunistas, que intentó durante todas aquellas décadas fusionar la ciencia económica con el neoliberalismo, algo como la fusión de la condición humana con la condición de explotación. Como si fuera lo natural, el estado de las cosas, la impronta de la civilización.

Hoy, con la realidad económica arruinada, con las políticas económicas deformadas, con el neoliberalismo que se cae a pedazos, aún persiste aquel lenguaje. Pero lo hace como galimatías, acaso como lengua muerta, que intenta mantener vivo, como un zombie, un esquema desfondado. Si atendemos un poco a las palabras de Hacienda, si leemos los titulares de las crónicas económicas, veremos un ejercicio eufemístico, como de aquellos médicos que intentan encubrir, con rodeos y expresiones crípticas, lo evidente. Cuando la colusión, la distorsión de los mercados transparentan evidentes estafas, delitos contra la salud económica y social de los ciudadanos, Hacienda persiste en su defensa histórica del libre mercado. Cuando la recesión hunde en la desesperación y la pobreza a decenas de miles de desempleados y pequeños empresarios quebrados, se repite desde aquellos salones que la crisis es temporal, que “hay luz después del túnel” numeral, que los mercados y el capitalismo triunfarán.

El lenguaje económico ha sido también el único lenguaje legitimado por el poder, que se ha apropiado de aquel lenguaje. Ha abusado de él. Para el gobierno y sus cajas de resonancia, como El Mercurio y otros medios empresariales, el lenguaje económico es una lengua certificada, que excluye en estas esferas el habla cotidiana: porque la economía, dicen, es materia y campo de expertos.

La lengua económica, aquel vehículo del pensamiento único, de la intolerancia intelectual y de la opresión política, sufre sin duda su desgaste. Aparece desvaída, contradictoria, ambigua. Ha perdido su condición de única y totalitaria.  Resulta descompuesta, corrompida, con tantas contradicciones. Y ya no logra ocultar toda su falsedad. Cuando el  cuerpo de Economía y Negocios de El Mercurio, escribe sobre la crisis, exhibe el deterioro lingüístico, esa neolengua adulterada. El discurso neoliberal levantado con la ayuda del andamiaje de la lengua económica, está fragmentado, quebrado. El léxico absolutista con su nomenclatura numeral ya no puede exhibir la fatuidad empresarial. No lo puede hacer pese al uso de la soberbia lingüística o al adorno cifrado en millones, sean pesos, dólares o euros.

El uso lingüístico es hoy su abuso. Y la contradicción deviene en absurdo, en lo ridículo.  Incluso en lo grotesco. Los titulares económicos de El Mercurio oscilan desde el evidente desastre, como lo son informaciones de despidos masivos, quiebras, caídas en la producción y las ventas, a evidentes opiniones, como declaraciones o interpretaciones insólitas. Como si ésta fuera una crisis más. Como si de este trance se sale indemne en unos meses más, como si fuera posible hacer buenos negocios en la hecatombe. Confunde efectos con orígenes, síntomas con causas,  mezcla informaciones y opiniones, coloca la crisis global al interior del lenguaje económico, la aísla de variables sociales y políticas. Pero sin duda la mayor falla es el uso del lenguaje desteñido y corrompido, acaso muerto. El lenguaje colonizador, el lenguaje de la precisión, de la perfección, no puede nombrar el error. Ante la grieta falla.

El léxico ritual, el instrumento de glorificación del mercado, es usado para designar el descuartizamiento económico, que es también su propia amputación. De allí el absurdo, el ridículo:

Durante abril, cuando arreciaba la furia ciudadana por la colusión de las farmacias y en medio de otras informaciones calamitosas, que el mismo diario informaba cada día, otros titulares eran aún más abultados y amplificados. Como que “La mitad de los altos ejecutivos chilenos cree que la crisis se revertirá en sus empresas en los próximos doce meses “, o que “Obama destaca progresos en economía de EE.UU. y ve un “rayo de esperanza”.  Pero nada como el siguiente: “Ventas de chocolaterías premium suben cerca de 30% gracias a los huevitos de Pascua”.

Y había también otros para estimular el ánimo: “Bolsa cierra en baja, pero mantiene un saldo positivo en el año” y los “Expertos ven buen momento para tomar un hipotecario y advierten alzas de tasas”. Y, cómo no, los oportunistas: “Empresarios piden al Gobierno que estudie “congelar” el sueldo mínimo durante 2009 por la crisis”.

La verdad revelada del neoliberalismo, su mágica elocuencia y sus efectos macroeconómicos sucumbe bajo el peso de su propia historia. Se cae por fatiga del material.

 

PAUL WALDER

Publicado en revista Punto Final