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Agosto 18, 2026

México sin corbata

El distrito federal vive desde el jueves una tregua en su combate total contra la influenza porcina, obligado como está el país a disminuir los daños colaterales de las severas medidas que debieron tomarse. Entre aquellos, están los efectos económicos e internacionales, con la caída de los intercambios y una multiplicada discriminación.   

 

Ciudad de México luchaba el jueves por volver a la normalidad, después de la “cuarentena” de cinco días  impuesta por la aún llamada influenza porcina y facilitada por los feriados. Con mascarillas algunos, otros a boca descubierta, pero todos evitando saludarse de cerca ni menos de beso y desconfiando unos de otros en los ascensores, los residentes de la inmensa urbe debieron, a duras penas, cumplir con las severas medidas sanitarias vigentes.
 
Entre ellas estuvieron la de guardar el mínimo de un metro de distancia entre compañeros de trabajo y ocupar sólo la mitad de las mesas de los 35 mil restaurantes del distrito federal que abrieron sus puertas, y evitar compartir lápices y hojas, menúes y saleros.
 
Lo mejor de todo fue la recomendación de no usar corbata, porque la inservible prenda es portadora de virus y puede ayudar a propagar una epidemia, tal como se vio la otra noche en un capítulo del televisivo Dr. House: la directora del hospital simplemente se la cortó de un tijeretazo a un visitante de una maternidad infectada que insistía en  portarla.
 
En la vida real de México todos son sospechosos de convertirse en víctimas o de contribuir a engrosar la lista de 42 muertos y de poco más de mil contagiados en el país en las últimas semanas. Esto llena de ansiedad a la gente, conformando un clima de paranoia que los medios contribuyen a incrementar, lo mismo que las autoridades, aunque éstas se debaten en  el dilema político de siempre: ni ser demasiado cautas y lentas que se las acuse de ineptitud ni exagerar tanto las medidas que se las responsabilice de provocar inmensos daños colaterales.  
 
Son justamente esos daños lo que más inquieta hoy a los mexicanos, ya puesta la situación sanitaria casi bajo control y proyectado serenamente el número de víctimas para los próximos quince días. Al respecto, no deja de sonar trágico el razonamiento del ministro de Salud: “La tendencia de las defunciones es a la baja, porque la mayoría de las muertes se produjo antes del 29 de abril”, según reportó la BBC de Londres.
 
El control de daños se da en varias dimensiones: el social ya descrito, el político -tanto en el plano de la salud pública como en el coyuntural, con las elecciones legislativas de julio a la vista- y el económico. A los embates en las industrias del  turismo y la entretención -con hoteles, aerolíneas, cines y estadios en ascuas- se suma un factor específico nacional: un tercio de los mexicanos vive de la economía informal, lo que representa un 30% del Producto Interno Bruto del país. El ministerio de Hacienda informó que el conjunto de la paralización de las actividades podría generar un déficit fiscal de hasta el 2 % del PIB.
 
Pero el problema alcanza también ribetes internacionales, en la medida que se globaliza la propagación del A H1 N1, provocando discriminación contra los mexicanos y afectando sus intercambios.
 
Los organismos mundiales y regionales no se han limitado a entregar las cifras del mal: 1893 víctimas en 24 países, el último de los cuales es Brasil. Han también abierto el debate sobre dos temas cruciales. Uno, la prontitud y la eficacia de las medidas adoptadas por cada uno de los países, antes de medir la respuesta del conjunto de ellos. Y dos, el rol jugado por los medios de comunicación.
 
El balance tendrá que hacerse una vez que haya finalizado el ciclo de la epidemia o pandemia anunciada, la que es una más de las pestes que milenariamente azotan a los habitantes del planeta.
 
hugomery@terra.cl