google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 18, 2026

Alcurnia de las letras

Siempre lo he pensado, Luli, que los escritores son bondadosos, desinteresados y virtuosos. A pesar de ello tantas veces he pensado dejar la escritura. Mucha lectura, tanto análisis me deja la mente como una rosca quemada.

Leo tantos columnistas, buenos y mediocres, pero todos ellos tratan de cambiar algo. Cierto, ser mediocre no es complicado; yo soy uno de ellos. Los buenos columnistas son los mejores pagados: los mediocres andamos hasta sin plata para comprar el papel o la tinta de nuestra impresora.
Nadie nos obliga escribir, eso lo dices tú Luli, pero el narcisismo de un cronista, o de un escritor de libros, es superior a la mansedumbre de un diccionarios confeccionado para convento.

Colaboramos en la denuncia, cierto, nos hacemos cómplices de otras emociones y pedimos “justicia”. Se nos acusa de dar amparo a pactos anticapitalistas, se nos condena de resentidos y hasta nos dan el epíteto: de abejorros del pasado.

Los que escribimos no tenemos convenio con el diablo. Somos impetuosos, conmovimos hasta a los compañeros desaparecidos; despojamos nombres de calles para dar otros más de pueblo, en fin, arremetimos contra una constitución creada por un grupo de personas bajo el mando de un dictador fascista y pedimos a gritos una asamblea constituyente.

No somos imparciales, eso lo digo con toda mi honestidad. Recuerdo una tarde que me encontré con Cortazar en París. Estábamos sentados en un café a pocas cuadras de la Torre de Eiffel. No nos conocíamos. Las mesas de los café parisinos son pequeñas y redondas como una moneda de 50 pesos. Me preguntó si era latino. Su mirada era la de un hombre cansado. “Exiliado latino” le respondí. Quedó triste. Le dije que no era el caso porque Europa es un barrio más del planeta y que no hemos muertos. Cortazar, se aislaba de su mente. Impávido seguía el vuelo de un gorrión y concedía tiempo a todo lo que se movía a su alrededor.

“Nuestro imperio, che, es la soberbia”, me dijo.

No hablamos de libros ni de bohemias, sino que de pasos y vuelos de gorriones. Me dijo que su nombre era Julio. Yo sonreí. Cortazar no tomó distancia de mi sonrisa. Se interesó por la fractura que causé a la conversación al sonreír sobre su nombre. “Tengo muchos amigos de nombre Julio”, agregué. “En Buenos Aires, tiempo de la Isabel Perón, pasé medio año en la casa de un pibe, era un camarada. Luego llegó Videla, y tuve que volar a Chile… Deseaba morir en mi tierra”, le respondí antes que me preguntara la razón de mi regreso a la patria.

Sonrió. Eso no me molestó. “Un día volveré a mi barriada, che” me informó. Nos despedimos como dos buenos latinos. Ni una foto, ni un cambio de libro, ni un, “aguanta che”.

Dejar la escritura es como volver a casa, Luli. Andamos con escritura de exiliados. Eso vale mi razón: escribir en mi patria una obra que refleje la sonrisa de un bebé apenas nacido y que en el velador de la maternidad se ponga un florero con sus copihues para que el crío note la geometría de una planta que tiene voces, ritmos e historia. Es, ya me lo dirás, Luli, nuestro iglú de las letras… pero un día, lo prometo, dejaré de escribir.


Ivan Godosky