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Agosto 18, 2026

Trabajo y enajenación

En mi artículo anterior, al hacer un somero repaso a la introducción de los Grundrisse, terminaba con la frase: “la fuerza de producción es la fuerza de explotación”. Partiendo de esta conclusión, llegamos, irremediablemente, al concepto de enajenación: ser o sentirse extraño, o sea, “ajeno”, y por esto mismo, impotente ante objetos culturales o relaciones sociales que son, en realidad, producto de la propia actividad intelectual o práctica.

Respecto de su antiguo significado económico de venta o cesión de una mercancía, el término adquiere relevancia sociológica en la filosofía política del siglo XVIII. Ya Rousseau en El contrato social (1761), incluye en la aliénation totale de cada uno, entendida como la cesión de sí con todos los derechos propios de toda la comunidad, la cláusula a la que pueden reducirse todas las otras cláusulas del contrato social. En Hegel, por su parte, surge el significado de enajenación con la acepción que ha prevalecido más tiempo en la época moderna, la de la relación deformada o invertida entre la praxis social del hombre y las instituciones creadas por él, que vienen a contraponerse al sujeto, haciéndolo, en cuanto parte o expresión de ellas, extraño a sí mismo.

Sin embargo, es Marx, que retomando el significado hegeliano, le pone un marco histórico, determinándolo y modificándolo en varias direcciones: identifica en el trabajo material el elemento que, en cuanto produce un mundo objetivo, es susceptible de ser objetivamente enajenado; imputa a la propiedad privada, y por lo tanto a la formación económico-social capitalista en la que ésta predomina, la causa dominante de la enajenación, ya que permite apropiarse del trabajo de muchos y presentárselo como un ser extraño a ellos; acentúa el aspecto de la total subordinación del trabajador a las fuerzas del capital.

Erich Fromm  plantea que “el concepto del hombre activo productivo, que capta y abarca al mundo objetivo con sus propias facultades no puede ser plenamente comprendido  sin el concepto de la negación de la productividad: la enajenación. Para Marx, la historia de la humanidad es una historia del desarrollo creciente del hombre y, al mismo tiempo, de su creciente enajenación. Su concepto del socialismo es la emancipación de la enajenación, la vuelta del hombre a sí mismo, su autorrealización”.(1)

Marx plantea que el proceso de la enajenación se expresa en el trabajo y en la división del trabajo. El trabajo es para él, la relación activa del hombre con la naturaleza, la creación de un mundo nuevo, incluyendo la creación del hombre mismo. Pero a medida que la propiedad privada y la división del trabajo se desarrollan, el trabajo pierde su carácter de expresión de las facultades del hombre; el trabajo y sus productos asumen una existencia separada del hombre, su voluntad y su planeación. “El objeto producido por el trabajo, su producto, se opone ahora a él como un ser ajeno, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es trabajo encarnado en un objeto y convertido en cosa física; este producto es una objetivación, del trabajo”. (2)

Si bien  Marx  reconoce que la enajenación del trabajo ha existido a lo largo de toda la historia, plantea que alcanza su cima en la sociedad capitalista y que la clase trabajadora es la más enajenada. Este supuesto se basa en la idea de que el trabajador, al no participar en la dirección del trabajo,  al ser “empleado” como parte de las máquinas a las que sirve, se transforma en una cosa por su dependencia del capital.

El investigador de El Colegio de México, Julio Botvinik en su ensayo Futuro posneoliberal de la política pública: el ingreso ciudadano universal, publicado en marzo de 2008 en la revista Nueva Crónica (Ediciones Prisma-Plural, La Paz, Bolivia) plantea que “en el capitalismo el desempleo se generaliza y, como consecuencia, no hay suficientes compradores a quien vender los bienes producidos que pueden crecer exponencialmente”. Y en otro de sus pasajes: “a pesar del carácter monótono del trabajo y de las humillaciones que le imponen, el proletario no puede renunciar a su trabajo porque está dominado por el látigo del hambre”.

Con todo, es necesario dejar en claro que, como lo expone Fromm, “el fin de Marx no se limita a la emancipación de la clase trabajadora, sino que tiende a la emancipación del ser humano a través de la restitución de la actividad enajenada, es decir, de la actividad libre de todos los hombres y a una sociedad en la que el hombre, y no la producción de cosas, sea el fin, en la que el hombre deje de ser ‘un monstruo paralítico para convertirse en un ser humano plenamente desarrollado’. (3)

(1)    Erich Fromm,  Marx y su concepto del hombre, FCE, México, 1971.
(2)    Kart Marx, Manuscritos económico-filosóficos 1844.
(3)    Erich Fromm, Op. Cit.