Eduardo Frei Montalva ganó las elecciones presidenciales de 1964 advirtiendo en su campaña que ni por un millón de votos cambiaría una coma de su programa. La derecha esa vez apoyó el mal menor y tuvo que soportar después la implementación de reformas que la irritaron al extremo y , para colmo, abrieron al país al triunfo de Salvador Allende en 1970 y a un programa todavía más radical que el del primer gobierno demócrata cristiano.
En esto de votar por el candidato menos malo, la izquierda suma todavía más decepciones al legitimar con su apoyo, por ejemplo, a dos de los gobiernos post pinochetistas. De allí que en el ejercicio del voto, los ciudadanos tengan la posibilidad de sufragar nulo o en blanco, aunque la actual ley electoral, entre sus despropósitos, considere sólo los votos válidamente emitidos al momento del recuento. Esto es, los que marcaron opción por algún candidato.
La famosa advertencia de Frei Montalva se hacía en momentos que la política marcaba opciones reales y los candidatos resultaban de las deliberaciones de partidos poderosos, de sólida raigambre electoral pero, sobre todo, de contenido ideológico. Cuando eran efectivas las diferencias entre quienes se consideraban de izquierda o derecha e incluso entre quienes eran de centro reinaba la molestia de ser motejados como tal, es decir ni de aquí o de allá. Hoy, por el contrario cuesta distinguir qué ideario llevan en su mochila los distintos candidatos, más aún cuando tres de ellos son y han sido demócrata cristianos. En las próxima elecciones, no hay duda que los referentes más ideológicos no llevarán abanderados y ya se han plegado o deberán hacerlo en primera o segunda vuelta a las opciones más competitivas. En esto de capturar votos o subirse al carro de la victoria del candidato que puede resultar triunfante se han brindado y cancelado apoyos en un abrir y cerrar de ojos. En este febril oportunismo hasta en los temas valóricos (que ya son dos o tres a lo máximo) hay quienes proponen posponer las definiciones, de manera de no complicarle la vida a los postulantes.
La marea electoral envuelve a la política y hasta las decisiones más importantes del Parlamento se toman apelando a la calculadora electoral. Vergonzoso resulta que la posibilidad de sumar a casi tres millones de chilenos al padrón electoral esté mediatizada por las sumas y restas que se hacen para determinar la conducta de los que nunca se han pronunciado. Matemáticas que también se practican al especular a quien afectaría más dejar voluntaria la concurrencia a las urnas. Es decir, suprimirle la penalización que hoy afecta a los que se abstienen. De esta manera, es el marketing electoral el que definirá eslóganes de campañas y diferencias donde, en realidad, no hay disparidades cuando llevamos efectivamente 20 años de co gobierno entre los dos grandes referentes representados en el Congreso. Conglomerados que al unísono se cuadran con la Constitución heredada de la Dictadura y el modelo neoliberal tan cuestionado en todo el mundo, pero tan sacralizado en nuestro país. Disciplinados, además, con las directrices emanadas de El Mercurio y los requerimientos de la inversión extranjera que día a día se enseñorea sobre toda nuestra frágil geografía y ecosistemas. Querámoslo o no, más de lo mismo es lo que vamos a votar en los próximos comicios presidenciales. Así como los mismos, con una que otra sorpresa, los que vamos a elegir para el Parlamento. Si creyéramos en el cuento del lobo, sería saludable para el término de nuestra inercia política que éste, por fin, apareciera y engullera a todas las caperucitas que se manifiestan como candidatos y prometen un cambio que saben imposible dentro de la camisa de fuerza institucional que nos rige y nos seguirá rigiendo mientras el pueblo comulgue con ruedas de carreta y no se rebele en la exigencia de un orden genuinamente democrático. Continúe votando por el mal menor y en cada nuevo evento electoral confíe en que, ahora sí, los que se han favorecido la política excluyente van a abrir las alamedas para que se exprese y se acate la voluntad popular.
La marea electoral envuelve a la política y hasta las decisiones más importantes del Parlamento se toman apelando a la calculadora electoral. Vergonzoso resulta que la posibilidad de sumar a casi tres millones de chilenos al padrón electoral esté mediatizada por las sumas y restas que se hacen para determinar la conducta de los que nunca se han pronunciado. Matemáticas que también se practican al especular a quien afectaría más dejar voluntaria la concurrencia a las urnas. Es decir, suprimirle la penalización que hoy afecta a los que se abstienen. De esta manera, es el marketing electoral el que definirá eslóganes de campañas y diferencias donde, en realidad, no hay disparidades cuando llevamos efectivamente 20 años de co gobierno entre los dos grandes referentes representados en el Congreso. Conglomerados que al unísono se cuadran con la Constitución heredada de la Dictadura y el modelo neoliberal tan cuestionado en todo el mundo, pero tan sacralizado en nuestro país. Disciplinados, además, con las directrices emanadas de El Mercurio y los requerimientos de la inversión extranjera que día a día se enseñorea sobre toda nuestra frágil geografía y ecosistemas. Querámoslo o no, más de lo mismo es lo que vamos a votar en los próximos comicios presidenciales. Así como los mismos, con una que otra sorpresa, los que vamos a elegir para el Parlamento. Si creyéramos en el cuento del lobo, sería saludable para el término de nuestra inercia política que éste, por fin, apareciera y engullera a todas las caperucitas que se manifiestan como candidatos y prometen un cambio que saben imposible dentro de la camisa de fuerza institucional que nos rige y nos seguirá rigiendo mientras el pueblo comulgue con ruedas de carreta y no se rebele en la exigencia de un orden genuinamente democrático. Continúe votando por el mal menor y en cada nuevo evento electoral confíe en que, ahora sí, los que se han favorecido la política excluyente van a abrir las alamedas para que se exprese y se acate la voluntad popular.
