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Agosto 18, 2026

La digna rabia y la otra política (I de II)

Para algunos,  el levantamiento  del EZLN en 1994  se inscribe dentro de los proyectos fracasados.  El adormecimiento de las conciencias y creer vivir en el mejor de los mundos posibles arranca este  perfil de crítica fácil,  llena de resentimiento. No había motivo  para la insurrección y si los hubo se perdieron en el camino. En quince años han cometido muchos errores, han perdido apoyo y mueren de éxito.

El mayor  el enfrentamiento entre su dirigencia y el candidato López Obrador en las últimas elecciones presidenciales.

No prestaron su colaboración,  su militancia no  hizo campaña y además utilizó un lenguaje soez. Por ello, son responsables de su derrota.  ¿Pero había que apoyarlo? El PRD, junto al PAN y el PRI,  traicionó los acuerdos de San Andrés, pero tal acontecimiento pasa desapercibido. 

Sin embargo, al EZLN se le acusa de todo los males existentes en México. Desde el narcotráfico hasta la violencia terrorista.   Para sus detractores, el EZLN  ya gozó de sus quince minutos de gloria. Hoy se han convertido en  un  tour  político para ONGs  europeas. En esta dirección la ristra de exabruptos es variada   y  confluyen  en un   tópico: la obligada disolución. Solo intelectuales desfasados  creen   en el colonialismo interno. La lucha de clases está en la mente calenturienta de subversivos, nostálgicos del comunismo o terroristas. Las esperanzas de un mundo sin explotación no forma parte del horizonte histórico de los mensajeros de la derrota.

Entre quienes defienden esta postura se afianza la idea  mayoritaria  de vivir en un mundo tolerante. Nada impide dialogar. Hoy, todo es negociable. Póngale precio a la dignidad, se dice. Los sicarios y las meretrices de la política se especializan en buscar acuerdos. En caso de no hacerlo se bombardea y se aniquila el problema. Gaza sin ir más lejos. La tolerancia es cero con el diferente.  

Mientras tanto,  la vía para encauzar la paz, son los partidos políticos atrápalo todo, y el espacio reconocido, las instituciones dependientes de la división de poderes.  Así, los regímenes liberal-representativos se enorgullecen de poseer un legislativo que legisla, un judicial que administra la ley y un ejecutivo con poder de mando. Por ello, cuando hay conflictos se articulan consensos. Para eso están los entresijos del sistema. No hace falta recurrir a la fuerza bruta, está reservado para los insumisos, los inconformistas. Es de mal gusto, de  indios incivilizados no aceptar acuerdos, aunque después no se cumplan. Por ese motivo se les puede ningunear  sus derechos durante más de quinientos años. Son ariscos, broncos, no atienden a razones, en definitiva,  necesitan látigo.  Así se justifican  matanzas como Acteal, el acoso militar, pudiendo imputarles  ser indignos de considerarse  mexicanos. Es más, son autonomistas, y por ello pueden ser objeto de legítima persecución. Es cuestión de miras. Estos argumentos se utilizan en muchos países. En Chile,  se aplica la ley antiterrorista impuesta por la  dictadura de Pinochet en 1984. Hay  doscientos cincuenta  mapuches presos en  2008 víctimas de esta ignominia por defender su territorio de la esquilma de las papeleras y las empresas hidroeléctricas. En Colombia, bajo el concepto de la democracia preventiva el presidente Álvaro Uribe utiliza a las fuerzas armadas para disolver una gran marcha de protesta en diciembre de 2008, la muerte de una decena  de dirigentes indígenas del Valle del Cauca es su resultado. En Perú desde el gobierno de Fujimori, pasando por Toledo y ahora con Alan García,  un tercio del territorio amazónico,  25.456.843 millones de hectáreas son  cedidas a  Shell, Repsol, Elf, Mobil, para la prospección de hidrocarburos, afectando a los pueblos indios hasta condiciones de hambruna e migración. En Guatemala, los pueblos mayas siguen  víctimas de la represión militar y de los ganaderos oligarcas coadyuvados por los partidos, y los sindicatos blanco-mestizos. En Honduras se les  desconocen  derechos y en Panamá se les considera un reducto  para el turismo, no menos que en Costa Rica. En Brasil, la colonización  los expulsa y los arrincona. La exportación de los agrocombustibles es la moneda de cambio. En Argentina los mapuches son perseguidos como en la guerra de la pampa a mediados del siglo XIX.  Todo en nombre del progreso técnico. Se reproduce el  lema: civilizar es poblar y no hay mejor poblador que el hombre blanco y su tecnología. La soja, el gas, el petróleo, el agua.  El etnocidio no escandaliza  si hay una razón de peso.  Y la acumulación de capital es  suficiente. Lo fue la explotación de plata en Potosí y Zacatecas introduciendo la mita y la encomienda y lo es hoy el saqueo y la expoliación de sus riquezas, sus reservas   y la destrucción de su hábitat. Ello forma parte del control  ejercido por las transnacionales de la agroalimentación, los fertilizantes, los bancos que monopolizan los créditos y las grandes empresas distribuidoras de supermercados en las ciudades. Un circuito donde se observa con claridad  la consolidación  de la flexibilidad laboral, el despido libre y la semi-esclavitud  inherente a  la economía de mercado.

La lucha es desigual. Las promesas realizadas desde el poder central, o regional, caciquil o terrateniente han terminado siempre en traición. Nunca se han respetado los acuerdos. Siempre han existido  inconvenientes para ponerlos en práctica. Demasiado pronto o demasiado tarde.  Es la ley de los conquistadores. Pero  hay que seguir  peleando, de ahí nace la digna rabia. No es un berrinche, un enfado, no es envidia. Es coraje, es pundonor. No se confundan. La rabia emerge como una opción, una oportunidad, en una acción que reivindica el fin del colonialismo. Primero se manifestó contra los españoles y hoy se enfrenta a los  criollos  oligarcas y terratenientes apoyados en sus aliados las empresas transnacionales farmacológicas, de comestibles, de agroquímica, de biotecnología. Hoy 10 de las cien primeras  controlan entre el 35 % y el 40 % de las ventas de alimentos.

Al EZLN