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Agosto 18, 2026

Reina material

No es bueno ser autorreferente.
Pero hace mucho rato que en esta misma columna se lo dijimos. El recital de Madonna en Chile sería un momento inolvidable para sus fans. Y los “medio fans” se iban a quedar con las ganas…

Saltémonos el fenómeno sociológico que provocó su visita esta vez. Ese tan pintoresco como esperable. Hay que centrarse en lo artístico, bucear en lo meramente sonoro. Aunque desde sus inicios, el fuerte de la diva nunca fue precisamente “lo musical”.

Su aporte durable está en lo visual, en la impronta de imágenes conceptuales que se cuelan en el mercado como si tuviesen la receta perfecta para encantar. Quien dude del carácter oftálmico del “Sticky & Sweet Tour” padecería del mínimo juicio lógico de apreciación.

Es sin duda uno de los más espectaculares y generosos conciertos que nos haya tocado ver en este país. Comparable sólo con el abracadabrante paso de Michael Jackson en 1993 o los anclajes portentosos de U2 por el Nacional. Nada más puede acceder al peldaño superior. Y remarco lo de “ver”.

Porque lo más seguro es que los pensantes creativos de este multi-sensorial desfile de fantasía no se hayan preocupado de recomendar que el set list de 20 canciones -en cuatro tiempos perfectamente ejecutoriados- apelara al recuerdo.

Sonaba irónico pensarlo siquiera, más cuando la mujer símbolo de la reinvención está girando con un disco hip-hopero bajo el brazo, ese que firman cerebros del mainstream actual como Timbaland, Pharrell Williams, Timberlake o Kanye West. Algunos de ellos salían en las imágenes proyectadas a pantalla gigante durante el show. El 70% del público no tenía idea de cuál era quién pues, desprovistos de esa cultura necesaria para entender la evolución de “su chica fetiche” fueron a ver más bien al mito y no a la máscara coetánea de la reina indiscutida del pop. Era lógico que saborearan gustos disímiles.

Daba lo mismo. Era el evento premiun para cerrar un fin de año cargado de grandes nombres. Noche de borrón y cuenta nueva… Madonna sale a escena en un trono provocativo, con su estampa lasciva y las otras sesiones prodigiosas que escuchaste hace semanas pasan al baúl en apenas un segundo. Ella lo sabe y no se esfuerza. Toca guitarra, baila, juega y se apoya en un barroquismo tecnológico y teatral que la potencia. Nada sobra, la secuencia no admite frugalidad.

Los que piden piezas del cancionero personal tendrán que asumir el paso del tiempo. A ella poco le importa el clamor de sus fans más señeros aunque juegue con el memorial constante incluso a punta de maniquíes. Regala dos horas de pomposidad obstinada y hasta el más purista se cura de espanto…

Tan despampanantemente remozada es la sensación que te embarga que, lejos de lo esperable, momentos como el de “Vougue”, “Bordeline”, “Like a Prayer” o “La Isla Bonita” –en formato gitano y forzando a la moda casi irritantemente- no alcanzan la cima. Los que te quedan en la retina son los beats de  “Human Nature”, la cadencia de “Miles Away” o el remate explosivo con “4 Minutes”, “Hung Up” o “Give In 2 Me”. O sea, las más nuevas. Para apelar al recurrente “no diga que no se lo advertimos”… 

Poco importa. Madonna vino, cantó poco, se desgastó menos, recaudó y se fue dejando huella y ruido por mucho rato. Atrás queda la polémica absurda de si hace o no play-back –no es lo mismo que respaldarse en coros, cosa que siempre hizo desde sus giras ochenteras- o si lo que presenta es un frío y calculado mega video clip con manufactura en vivo.

En dos años más, de seguro esta marca registrada de enormes tentáculos que encarnan y rodea a la “Chica Material” tendrá otro material brilloso y lozano encabezando listas y enfrentando a los críticos. Al que no le guste, que se consiga remesas del pasado en alguna disquería de mall.

Madonna definitivamente no es apta para románticos atrapados en el túnel del tiempo…