Un personaje histórico no suele emerger desde un hecho social o político puntual, ni menos por alguna situación circunstancial que lo revista de ciertas cualidades o virtudes, reconocibles o no por otros. En el ámbito de la política, el carácter de personaje histórico adviene cuando una persona expresa en sus pensamientos y en sus acciones los rasgos más característicos de su época, cuando logra articular un cuerpo de ideas originales y sintetizar en propuestas amplias y pluralistas las aspiraciones de importantes segmentos sociales, y al mismo tiempo, cuando contribuye a la construcción de herramientas e instrumentos que buscan perfeccionar y/o profundizar las estructuras de poder existentes o avanzar hacia mayores niveles de justicia y de equidad del conjunto de la sociedad.
Los personajes históricos, además, suelen desarrollar y proyectar sus vidas al calor de los acontecimientos sociopolíticos de las sociedades de las que forman parte. Es decir, vibran, captan, analizan e interpretan los rasgos propios de sus sociedades y de sus actores para extraer las claves que las conforman y movilizan para luego construir discursos, propuestas, alianzas y estrategias de cambio y de transformación. Un personaje histórico suele ser a la vez un líder político y también social, con fuerte influencia tanto en sectores de la sociedad altamente marginados, postergados o desencantados del orden social y político existente así como en sectores medios vinculados principalmente mundo de la cultura y de la intelectualidad.
Los espacios y momentos propicios para el surgimiento de liderazgos políticos suelen ser las sociedades en tensión, en conflicto o en crisis de gobernabilidad y de credibilidad respecto de sus dirigencias. También suelen aparecer en sociedades en las que se avizoran cambios estructurales o transformaciones parciales de sus matrices sociopolíticas. Elaborar, fortalecer y construir las estrategias de posesionamiento político, las herramientas de acción partidarias y las políticas de alianzas para alcanzar las mayorías es propio de políticos con una fuerte formación cívica, con una elevada sensibilidad social y con un sentido de la ética pública altamente sólida; es decir, de aquellos que dedican toda su vida a la cosa pública.
Desde esta perspectiva, nadie podría seriamente sostener que Salvador Allende Gossens haya entrado a la historia de Chile y del mundo únicamente por su trágica muerte ocurrida el día martes 11 de septiembre de 1973, a raíz del golpe de estado ejecutado por las fuerzas armadas. Muy por el contrario, la muerte de Allende fue el corolario de una vida pública plena e intensa en la que conjugó en forma permanente coherencia ideológica, consistencia discursiva, construcción de acuerdos políticos amplios, realismo y consecuencia política.
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Hace pocos meses atrás fue recordado el centenario de su nacimiento. Un día 26 de junio de 1908, en la porteña ciudad de Valparaíso, Allende ve por primera vez la luz. Comenzó de muy joven a formarse ideológicamente y a formular los elementos sustanciales de lo que sería a futuro su capital político y su perenne aporte al desarrollo de la conciencia política de los sectores populares. Su pensamiento político contribuyó a la conformación de una izquierda unitaria, con vocación de poder y al surgimiento de ideas innovadoras para el progresismo chileno, latinoamericano y mundial.
En efecto, los conflictos societales de los años 1920 y 1930 en Chile ayudaron a Salvador Allende a forjar su carácter, sus ideas, sus convicciones y su búsqueda permanente de la verdad, la tolerancia, la justicia social, la unidad de las fuerzas de avanzada social y la construcción de un socialismo propio de y para la sociedad chilena.
A cien años de su nacimiento y a 35 de su muerte, bien vale la pena preguntarse por los aportes más significativos que realizó a la política, a la sociedad, a Chile y al mundo en su medio siglo de vida dedicado intensamente a la actividad pública.
El tiempo suele otorgar la perspectiva necesaria como para dimensionar adecuadamente la vida política de una persona y reconocer en ella, en el transcurso de toda su trayectoria, los elementos medulares a partir de los cuales esa persona destaca o sobresale de entre muchos otros, transformándose en un efectivo aporte al desarrollo de la sociedad.
Desde esta perspectiva, diversos son los aportes que distintas instituciones, personalidades, autoridades, familiares y amigos pueden reconocer en la figura y en el liderazgo político de Salvador Allende. Como fuente de reflexión, de análisis y de estudios resulta ser inagotable. En esta oportunidad, y en el contexto de una sociedad chilena que ha experimentado múltiples y profundos cambios políticos, sociales, económicos y culturales en los últimos veinte años, interesa destacar tan sólo dos rasgos de su nutrida vida partidaria, política y pública.
En Salvador Allende el concepto de la unidad social y política de las fuerzas populares y de avanzada social alcanzó el más alto significado para su accionar político. La estrategia de construcción de mayorías que Allende promovió permanentemente en el seno de su partido y entre las otras entidades progresistas tuvo como elemento medular la unidad no sólo en las acciones concretas sino que también en el cuerpo de ideas que las sustentarían.
En forma constante y laboriosa estimuló la reflexión y la discusión políticas acerca de la necesidad de ligar teoría y práctica en el discurso y en la acción política, de tal manera de dimensionar adecuadamente el desafío individual y colectivo que implicaba construir la unidad entre las fuerzas políticas de izquierda y de ahí avanzar hacia el centro progresista.
Por más de 50 años de vida política, Salvador Allende creyó en la necesidad de la unidad política y bregó por su consecución. Importante contribución hizo en la conformación de alianzas políticas y electorales que permitieran ganar para las fuerzas de izquierda escaños en el parlamento y competir seriamente por la primera magistratura del país. El Frente Popular, El Frente del Pueblo, El Frente de Acción Popular y la Unidad Popular fueron referentes políticos a los que se incorporó o ayudó a fundar.
Su lucha incansable por lograr la unidad política de los trabajadores, de los partidos de izquierda y de los sectores progresistas de Chile lo llevó a enfrentarse con fuertes liderazgos al interior de su propio partido como también con los de otras entidades. Su gran capacidad de convencimiento, su aguda lucidez política, su capacidad negociadora y su incuestionable inteligencia para construir acuerdos permitió lograr procesos unitarios cada vez más amplios, estables y duraderos; capaces de sustentar los desafíos electorales propuestos y los objetivos políticos orientados a la implementación de su proyecto conocido como “vía chilena al socialismo”.
Fueron años de arduo y constante trabajo. Salvador Allende siempre entendió que los sectores sociales populares debían desarrollar su conciencia social y política y aglutinarse en instrumentos políticos unitarios que dieran cuenta de la diversidad y pluralidad de la sociedad chilena. Entendía que sólo la unidad política y social de los trabajadores manuales e intelectuales lograría el triunfo de las fuerzas populares y progresistas. Pese a que militó toda su vida en el partido socialista, tempranamente entendió que toda posibilidad de victoria en Chile implicaba superar las rígidas estructuras de los partidos tradicionales de izquierda y convocar a los vastos sectores de las capas medias progresistas del país tras un proyecto propiamente nacional. Su planteamiento reflejaba el profundo conocimiento que Allende tenía de la sociedad chilena y de su clase política.
La coherencia política fue otro de los rasgos de la personalidad de Salvador Allende que lo caracterizaron y que puede ser analizado como un aporte significativo al desarrollo de la vida republicana y de la democracia chilena; rasgo que por lo demás se apreció en toda su magnitud aquel día martes 11 de septiembre. Efectivamente, la vida política de Allende estuvo colmada de hechos, situaciones y circunstancias que ponen en evidencia lo señalado. A lo largo de toda su vida mostró una actitud y un comportamiento cívico que denotó consistencia y coherencia política entre pensamiento y acción.
Con firmeza desafiante mantuvo y defendió sus ideas en el terreno tanto político como social. Sus profundas convicciones humanistas lo convirtieron ante sus amigos y adversarios en un líder de reconocida capacidad de convencimiento, de negociación y de construcción de acuerdos. En el trayecto de su vida, la consistencia y la coherencia de sus ideas y planteamientos contribuyeron a la construcción de confianzas y de compromisos que en política son fundamentales al momento de asegurar estabilidad, gobernabilidad y desarrollo, entre otros tantos aspectos.
Por lo mismo fue implacable cuando tuvo que defender sus ideas y convicciones. Tres hechos concretos así lo ratifican: i) Su postura decidida frente al partido socialista y a la masonería si alguna de estas instituciones llegada a condicionar su adhesión a alguna de ellas; ii) Su decisión de competir por escaños parlamentarios en zonas electorales difíciles para las fuerzas democráticas de izquierda y iii) Su convicción y compromiso de cumplir y de hacer cumplir el programa de gobierno por el cual llegó a La Moneda en 1970.
Del mismo modo, su estrategia de construcción del socialismo en Chile, con “sabor a empanadas y vino tinto”, se estructuró después de años de reflexiones y de conocimientos y análisis profundos de la realidad chilena. Su propuesta de construcción democrática del socialismo resultaba absolutamente coherente con la realidad política y social del país y aparecía totalmente consistente con su estrategia de construcción de mayorías.
La vocación unitaria y la coherencia y consistencia política que Salvador Allende demostró durante todos los años de dedicación a la vida pública de su país emergen hoy como valores y como acciones dignas de imitar por quienes se dedican a la actividad política.
La revaloración de la actividad política en Chile hoy implica, por un lado, resituar el valor de la unidad como elemento de construcción de mayorías estables para los cambios y las transformaciones, y por otro, recuperar la coherencia y la consistencia en el pensar y en el actuar político. Ambos aspectos resultan esenciales para desarrollar la confianza de la ciudadanía en la actividad pública y en quienes la ejercen.
Hoy más que nunca la clase política de Chile y la sociedad en general requieren de tales elementos como para reconstruir un nuevo imaginario común, una nueva estrategia de progreso y desarrollo, un nuevo pacto social, una nueva manera de hacer la política, el surgimiento y desarrollo de nuevos liderazgos y la conformación de un nuevo proyecto democrático para el país; elementos sustanciales para lograr mayor cohesión social, gobernabilidad política y desarrollo económico sin exclusiones y con la más amplia participación de la ciudadanía y de la sociedad organizada.
Liderazgos políticos y sociales como los que desarrolló Allende se requieren hoy casi con urgencia en Chile.
Patricio Bustos Pizarro
Santiago de Chile, septiembre de 2008
