Creo recordar que fue en el verano del año dos mil cuando recibí una llamada de los compañeros que trabajaban en las Cortes, invitándome a una reunión entre representantes de las FARC y diputados españoles del PSOE y de IU, para hablar sobre el Plan Colombia concebido por la administración Pastrana con el apoyo del gobierno de los EEUU. Las negociaciones de paz estaban en un punto muerto y se veía próximo el final del despeje militar del ejército de las zonas controladas por la guerrilla, los cinco municipios, lo que daría finalmente por fracasado el proceso de diálogo.
La delegación de las FARC la conformaban dos personas, Olga Lucía Marín, la hija de Tirofijo, entonces responsable de las FARC en Europa y un hombre llamado Raúl, no sé si en ese entonces ya era miembro del secretariado de la guerrilla. Pero fue Marín quien habló la mayor parte del tiempo, dejando a su compañero en un segundo lugar durante su exposición que duró algo menos de una hora. De aquella reunión se me quedaron grabados los ojos negros e incisivos de Marín, la fuerza de su palabra y sus respuestas mordaces a algunos de los comentarios cándidos de los diputados españoles. Se cuestionaban los vínculos de la guerrilla con el narcotráfico, como si ésta pudiera darse el lujo de vivir a espaldas de la realidad y de la única actividad económica que garantiza la supervivencia de una buena parte de la población campesina colombiana, o como si alguien nacido en Colombia en los últimos treinta años hubiera logrado vivir al margen de ese negocio y de la terrible violencia que genera.
En particular recuerdo el comentario ingenuo de la diputada de IU; “que lástima, un país tan bonito como Colombia… Si hubiera paz seguro que mucha gente lo visitaría”. A lo que Marín contestó: “No hacemos la guerra para que los europeos puedan pasear por Colombia en bicicleta”.
En el turno de palabras yo aproveché para manifestarle cómo, aún comprendiendo los motivos y razones que dieron origen a la lucha armada de las autodefensas campesinas en la década de los sesenta, era imposible justificar y comprender su actual distanciamiento de la población urbana colombiana y las agresiones constantes a las que la sometía, poniendo como ejemplo la toma a sangre y fuego de pequeñas poblaciones a las que luego abandonaban en manos de paramilitares, así como la llamada “pesca milagrosa” (una modalidad de secuestro express realizada por las FARC por medio de puestos móviles armados en puntos negros de las carreteras, despojando a los viajeros de los autobuses de todo cuanto tenían de valor, y reteniendo o secuestrando por tiempo indefinido a aquellos a quienes veían como más posibles). Pues bien, la hija de Tirofijo, me contestó sin acritud “Colombia es un país en guerra y nadie puede mantenerse al margen. El que no está armado debería estarlo” y en cuanto a la pesca milagrosa respondió: “Solo le quitamos dinero a los millonarios”. Entonces le pregunté si consideraba millonario a un campesino con dos millones de pesos en el bolsillo producto de la venta de su cosecha de un año -un millón de pesos colombianos es menos de trescientos euros-. Marín, con cierta displicencia me miró a los ojos y me dijo: “hay muchos ricos que se disfrazan de pobres y muchos delincuentes comunes que se disfrazan de las FARC”.
Al finalizar la charla y sintiéndome sola en la crítica que le había dirigido me despedí instándola a ella y a su grupo a agotar todos los esfuerzos para actuar con inteligencia y evitar la ruptura de las negociaciones de paz. “Si este proceso fracasa -murmuré-, me temo que vendrá un presidente más a la derecha, a la extrema derecha, y con más apoyo de los Yankis la guerra se endurecerá… No creo que la guerrilla pueda ganar en tales circunstancias”. Olga Lucía Marín sonrió y sin decir nada me entregó una tarjeta, en la que se leía: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo.
Han pasado ocho años desde aquel encuentro. Tirofijo, Reyes y Marín están muertos junto con otros muchos de sus compañeros. La guerrilla continúa viendo solo dos caminos: el más temido, la propia disolución a cambio de nada o de la muerte lenta y la marginación de sus miembros; o el camino más probable y desgraciado, morir matando. En todo caso el círculo que la rodea es cada vez más estrecho y los apoyos incondicionales de la vieja izquierda europea, ignorante de lo que sucede en América Latina y empantanada en sus propios fracasos, se disuelven sin haber aportado nada de nada a la racionalidad de aquella lucha de décadas. Lo peor es que, entre tanto, no solo se han profundizado las terribles contradicciones que se encuentran en el origen del conflicto, también las posiciones militaristas y guerreras de la derecha más reaccionaria han ganado presencia y apoyo popular. Uribe, a pesar de sus vínculos incontestados con el paramilitarismo y el narcotráfico ha salido fortalecido en casi todas las batallas, sirviéndose en todo momento de la prensa local y la complicidad de los medios de comunicación europeos instalados en Colombia, como es el caso de PRISA, enemiga declarada de otros gobiernos latinoamericanos que le han impedido hacer de caja de resonancia de las transnacionales españolas, pero dueña de Caracol la principal cadena radial colombiana.
Todo ello ha permitido que Colombia siga siendo un país de sangrantes desigualdades en el que una oligarquía de ancestros terratenientes, que presume de hablar inglés, de industrial y de tecnológica, convive cómodamente y sin escrúpulos con una población miserable de campesinos sin tierra, masacrados y olvidados o masivamente desplazados, amontonados desde hace varias décadas como si fueran basura en los cordones de chabolas que circundan las principales capitales.
En estas circunstancias ¿quién puede asegurar la paz en Colombia? ¿Lo hará un presidente reelegido y aclamado mundialmente por el último triunfo de su “inteligencia” militar sobre la guerrilla y también, de paso, sobre unos pocos jueces que le investigaban a él y a sus amigos, familiares y correligionarios políticos por sus variadas implicaciones en delitos de paramilitarismo, narcotráfico y blanqueo? ¿Está la paz en manos de esos paramilitares indisolubles que alimentan sus huestes y sus finanzas en las contradicciones que genera la desigualdad, la injusticia social y en el crimen, incluido el secuestro? ¿Acaso los narcos abandonarían una guerra ligada a la política mundial de criminalización de la producción y el consumo de estupefacientes, a favor de un nuevo modelo de salud pública para luchar contra las drogas, que les arrebate su jugoso negocio? ¿O es quizás el sistema financiero, que engrasa sus cuentas con dinero de las armas y el narcotráfico, el más interesado en el fin del conflicto? ¿Será EEUU, Israel y España entre otros muchos países fabricantes de armas los que apoyen un plan de paz para Colombia? ¿Qué papel interpretarán las multinacionales que trafican con la llamada “seguridad nacional” en ese proceso pacificador? ¿El grupo PRISA y otros medios de comunicación afines a su filosofía “pacifista y democrática”, apagarán por fin la mecha de la provocación y fomentarán el acuerdo y el entendimiento entre los países latinoamericanos y Colombia, incluyendo a Venezuela, Ecuador y Bolivia? ¿Estará dispuesta la izquierda europea, contando con los comunistas, a decirse las verdades a la cara y, siendo coherentes con lo que predican en sus países, condenar como un crimen aberrante y brutal el secuestro practicado por las FARC?… En fin, ¿podrán alguna vez los cándidos viajar por Colombia en bicicleta?
En particular recuerdo el comentario ingenuo de la diputada de IU; “que lástima, un país tan bonito como Colombia… Si hubiera paz seguro que mucha gente lo visitaría”. A lo que Marín contestó: “No hacemos la guerra para que los europeos puedan pasear por Colombia en bicicleta”.
En el turno de palabras yo aproveché para manifestarle cómo, aún comprendiendo los motivos y razones que dieron origen a la lucha armada de las autodefensas campesinas en la década de los sesenta, era imposible justificar y comprender su actual distanciamiento de la población urbana colombiana y las agresiones constantes a las que la sometía, poniendo como ejemplo la toma a sangre y fuego de pequeñas poblaciones a las que luego abandonaban en manos de paramilitares, así como la llamada “pesca milagrosa” (una modalidad de secuestro express realizada por las FARC por medio de puestos móviles armados en puntos negros de las carreteras, despojando a los viajeros de los autobuses de todo cuanto tenían de valor, y reteniendo o secuestrando por tiempo indefinido a aquellos a quienes veían como más posibles). Pues bien, la hija de Tirofijo, me contestó sin acritud “Colombia es un país en guerra y nadie puede mantenerse al margen. El que no está armado debería estarlo” y en cuanto a la pesca milagrosa respondió: “Solo le quitamos dinero a los millonarios”. Entonces le pregunté si consideraba millonario a un campesino con dos millones de pesos en el bolsillo producto de la venta de su cosecha de un año -un millón de pesos colombianos es menos de trescientos euros-. Marín, con cierta displicencia me miró a los ojos y me dijo: “hay muchos ricos que se disfrazan de pobres y muchos delincuentes comunes que se disfrazan de las FARC”.
Al finalizar la charla y sintiéndome sola en la crítica que le había dirigido me despedí instándola a ella y a su grupo a agotar todos los esfuerzos para actuar con inteligencia y evitar la ruptura de las negociaciones de paz. “Si este proceso fracasa -murmuré-, me temo que vendrá un presidente más a la derecha, a la extrema derecha, y con más apoyo de los Yankis la guerra se endurecerá… No creo que la guerrilla pueda ganar en tales circunstancias”. Olga Lucía Marín sonrió y sin decir nada me entregó una tarjeta, en la que se leía: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo.
Han pasado ocho años desde aquel encuentro. Tirofijo, Reyes y Marín están muertos junto con otros muchos de sus compañeros. La guerrilla continúa viendo solo dos caminos: el más temido, la propia disolución a cambio de nada o de la muerte lenta y la marginación de sus miembros; o el camino más probable y desgraciado, morir matando. En todo caso el círculo que la rodea es cada vez más estrecho y los apoyos incondicionales de la vieja izquierda europea, ignorante de lo que sucede en América Latina y empantanada en sus propios fracasos, se disuelven sin haber aportado nada de nada a la racionalidad de aquella lucha de décadas. Lo peor es que, entre tanto, no solo se han profundizado las terribles contradicciones que se encuentran en el origen del conflicto, también las posiciones militaristas y guerreras de la derecha más reaccionaria han ganado presencia y apoyo popular. Uribe, a pesar de sus vínculos incontestados con el paramilitarismo y el narcotráfico ha salido fortalecido en casi todas las batallas, sirviéndose en todo momento de la prensa local y la complicidad de los medios de comunicación europeos instalados en Colombia, como es el caso de PRISA, enemiga declarada de otros gobiernos latinoamericanos que le han impedido hacer de caja de resonancia de las transnacionales españolas, pero dueña de Caracol la principal cadena radial colombiana.
Todo ello ha permitido que Colombia siga siendo un país de sangrantes desigualdades en el que una oligarquía de ancestros terratenientes, que presume de hablar inglés, de industrial y de tecnológica, convive cómodamente y sin escrúpulos con una población miserable de campesinos sin tierra, masacrados y olvidados o masivamente desplazados, amontonados desde hace varias décadas como si fueran basura en los cordones de chabolas que circundan las principales capitales.
En estas circunstancias ¿quién puede asegurar la paz en Colombia? ¿Lo hará un presidente reelegido y aclamado mundialmente por el último triunfo de su “inteligencia” militar sobre la guerrilla y también, de paso, sobre unos pocos jueces que le investigaban a él y a sus amigos, familiares y correligionarios políticos por sus variadas implicaciones en delitos de paramilitarismo, narcotráfico y blanqueo? ¿Está la paz en manos de esos paramilitares indisolubles que alimentan sus huestes y sus finanzas en las contradicciones que genera la desigualdad, la injusticia social y en el crimen, incluido el secuestro? ¿Acaso los narcos abandonarían una guerra ligada a la política mundial de criminalización de la producción y el consumo de estupefacientes, a favor de un nuevo modelo de salud pública para luchar contra las drogas, que les arrebate su jugoso negocio? ¿O es quizás el sistema financiero, que engrasa sus cuentas con dinero de las armas y el narcotráfico, el más interesado en el fin del conflicto? ¿Será EEUU, Israel y España entre otros muchos países fabricantes de armas los que apoyen un plan de paz para Colombia? ¿Qué papel interpretarán las multinacionales que trafican con la llamada “seguridad nacional” en ese proceso pacificador? ¿El grupo PRISA y otros medios de comunicación afines a su filosofía “pacifista y democrática”, apagarán por fin la mecha de la provocación y fomentarán el acuerdo y el entendimiento entre los países latinoamericanos y Colombia, incluyendo a Venezuela, Ecuador y Bolivia? ¿Estará dispuesta la izquierda europea, contando con los comunistas, a decirse las verdades a la cara y, siendo coherentes con lo que predican en sus países, condenar como un crimen aberrante y brutal el secuestro practicado por las FARC?… En fin, ¿podrán alguna vez los cándidos viajar por Colombia en bicicleta?
