El año 2008 ha sido una cosificación del tiempo en el espacio demasiado irregular, donde nos ha tocado navegar por aguas turbulentas, por mares de incertidumbre y renunciamiento. Mientras el Gobierno se empecina en ocultar bajo la alfombra las problemáticas sociales, salpicando con alegres colores el mapa de una realidad pestilente y miserable, la larga y macilenta tierra nuestra comienza a exteriorizar su rechazo hacia los hombres y mujeres, vomitando con moderado entusiasmo –que alguna vez llegará hasta el paroxismo- todo el desprecio guardado durante centurias y provocado por la encomiable voluntad humana ¡Qué maravillosos volcanes!
“No se puede tapar el sol con un dedo” decían los griegos, y aún nosotros confiamos demasiado en los sentidos. Desafortunadamente no podemos fiarnos de otra cosa más allá de nuestro alcance humano, que alimentado a base de una pobre visión y mega controlada concupiscencia, ha provocado un devenir histórico cargado a la idiotez y a una ilimitada agonía de la inteligencia. Todo lo que lamentablemente huele a chilenismo, o lo que es igual, a “intelecto aborto”, lo colocamos de inmediato en tela de juicio: arte que aún-no-es-arte, filosofía de las bacinicas o ciencia de la mojiganga ¡Durante 365 días desde hace casi 200 años bailamos el vals de la sandez! Cada vez que se termina un ciclo de 12 meses y comienza otro, nosotros tenemos el corazón henchido de esperanza y jamás nos planteamos la idea de que tal vez el nuevo año será la repetición absoluta de las voluntades poderosas del anterior, con las mismas calamidades tratando de encontrar equivalente bálsamo, con la misma agrupación de senadores y diputados proliferando mala conciencia everywhere, con idénticas demandas ciudadanas exigiendo justicia y reparación. Ecce Hommo Chilensis.
Uno a veces no sabe que esperar de un nuevo año. Yo como observador, enfrento cada ciclo amparado en las predecibles ilusiones burguesas de un sujeto que ha tenido la fortuna de concretar algún grado de formación intelectual, siempre enajenado por las palabras: alambicadas, jocosas, disidentes, escandalosas, vomitivas, escatológicas. Todo fluye y se transforma a través de las palabras y finalmente queda sólo en eso: “Este año espero ser mejor, ojalá que las conciencias despierten de su letargo, que el espíritu objetor se fugue a través del alma y se materialice en la acción conjunta”. “En el principio fue el verbo” y lamentablemente el mundo se estructura sólo en torno a él, atiborrando estanterías de insondables librerías y bibliotecas, rellenando hojas fabricadas a partir de la tala de miles de hectáreas de bosque nativo para finalmente alimentar la voluntad egoísta de saber y saber más ¿Saber de qué? ¿Del hombre o de lo que un grupo de ellos ha dispuesto como conocimiento? La realidad del erudito se viste de gasa y bisutería, como un mundo perfecto donde cada letra calza y es parte de un todo, y por lo tanto el Ser se transforma en una bestia simplificada, capaz de ser analizada desde lo alto de las montañas, presionando las teclas de un costoso computador o rodeado de inconmensurables volúmenes de filosofía, ciencia y estética ¿Cómo ver el nuevo año desde tal mortecino prisma?
Yo tenía enormes esperanzas en 2008 antes de abrirme paso a él. A pesar de haberme llenado la cabeza de confusiones Bergsonianas, Nietzscheanas y Sartrerianas, y haber llegado a la conclusión de que la vida “fue y será una porquería”, cambié de parecer –como siempre- cuando de pronto aparecieron pululando su natural y exótica belleza las primeras golondrinas de fines de 2007, y las flores de la primavera comenzaban a aromatizar las pestilentes urbes, y la hiedra lucía aún más verde cobijando a las impredecibles lagartijas y cuando de pronto aparecieron todos los seres nocturnos que dormían bajo las hojas de nenúfar y las espigadas varas de los juncos, como gnomos, druidas e incluso algunas diminutas sirenas. Pensaba “este año próximo será mejor”, basado en una ingenua y muy burguesa guedeja de pensamientos optimistas que yo mismo había tejido, a base de descubrimientos literarios, sesiones de camaradería compartiendo vino tinto y cigarrillos durante noches sin fin, bufonescas ilusiones concebidas por los hombres y mujeres que lo único que poseemos para enfrentar este mundo nuestro tan hostil, es la esperanza y la confianza en un mañana hipotético donde todo será mejor.
¿Qué ocurrió durante 2008? Las ilusiones se rompieron enfrentadas como siempre al desolador espectáculo de la realidad. De pronto nuestros sueños que esperaban despertar al mundo se volvieron demasiado feos, mustios, caricaturescos, enmohecidos y aniquilados por el acaso y el insoportable devenir: Un joven estudiante mapuche asesinado por la espalda, una documentalista en prisión por el contenido de su arte, objetores de conciencia detenidos durante manifestaciones pacíficas, Carabineros disparando balas al azar durante reyertas estudiantiles, femicidios en ascenso, los Derechos Humanos relegados al último sitial en la Agenda, retrocesos a una iglesia cristiana primitiva con la prohibición de la píldora, el mantenimiento de una constitución política establecida bajo el régimen de un tirano. Con tal panorama, las ilusiones se transforman en azarosos comentarios de pasillo, en rococó del alma (Nietzsche), en sutil y alambicados versos, pero palabrería al fin y al cabo.
“La esperanza es la último que se pierde” dijo alguien por allí. Tal vez tiene razón y a lo mejor no. Lo cierto es que no podemos cegar en la lucha por la reparación del daño ocasionado en el corazón de cientos de inocentes que deben suspender la vida en una existencia idiota, completamente carente de sentido. Precisamos continuar pensando, aguardando, generando estrategias que orienten a los que aún se mantienen silenciados y poder explicarles de una vez por todas cuál es el sentido de ese sufrimiento inconmensurable que deben padecer y que de a poco va ennegreciendo el alma, hasta bloquear el cerebro y los sentidos, pasando de ser sujetos históricos a mera muchedumbre cuya vida cobra lógica sólo a través del mercado y otras instancias que tienen por objetivo final, cosificar el alma y el intelecto.
