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Agosto 18, 2026

Pablo de Rokha o el fecundo desborde que anticipa la mañana

No todas las ausencias poseen el mismo peso específico. Están aquellas cuya levedad sólo las convierte en anécdota, con el paso del tiempo. Pero, existen otras que en lo específico de sus matices y percepciones adquieren un grado de referencialidad que los años no hacen más que confirmar y ubicar en el espacio real que les corresponde dentro de la memoria colectiva, tan proclive a la amnesia y al deslumbramiento pasajero.

Pablo de Rokha, continúa remeciendo las paredes de los claustros literarios con su épica e insustituible voz y propuesta. Nadie, talvez, como él puede despertarnos de manera tan telúrica del sopor atávico al que hoy parecemos tan asiduos, y no sólo en materia literaria, sino más bien en la integralidad de una existencia cuyas coordenadas parecen no ser otras que la apatía y el consumismo elevados a la categoría de “estilo de vida”.

Precisamente, aquí y ahora, es cuando se hace urgente reubicar al ser humano en el centro mismo de cuanto acontece y se proyecta al interior del entramado social. No cabe otra posibilidad si realmente queremos también reencantarnos y protagonizar el desarrollo de una esperanza intra histórica capaz, entre otros aspectos, de instalar el insustituible hedonismo rokhiano  como clave hermenéutica de una realidad copada y avasallada por la percepción rígida y frugal de la vida, cuyo principal aporte ha sido la generación de un perfil de ciudadano gris, prescindible y manipulable.

Creemos, como de Rokha, en otro tipo de transeúnte para estas calles. Creemos en aquel que no rehuye el conflicto sino que lo asume como parte de la dinámica característica de una historia en permanente movimiento y recreación. Este flujo incesante de vitalidad, contraste y desafío forma el núcleo de la propuesta poética y social rokhiana. En él está también la clave de su permanente vigencia.

No es difícil descubrir y sorprenderse al recorrer la obra de nuestro poeta, certeras pinceladas cuya propiedad anticipatorio nos habla de una resonancia política y social, buscada y lograda con magistralidad desde la intemperie de la cultura academicista, que hoy sigue gozando de muy buena salud.

De Rokha anticipa poéticamente la emergencia de un movimiento social de profunda raigambre popular, orientado a la superación de seculares bolsones de marginación cultural y económica. Leer su obra supone también un ejercicio de honestidad y empatía para con aquellos que hoy siguen esperando con mirada cancina la realización de sus sueños.

Qué falta nos hace hoy la honestidad desenfadada y creativa de un Pablo de Rokha, que supo hacer de ella su seña clara de identidad en medio del mundo de la impostura o del profetismo social de cafetín de tan triste vigencia.

El principio de esta honestidad no es otro que el reencuentro del sujeto consigo mismo a partir de la realidad, y no de imaginarios colectivos de corte religioso o político, que lo anulan la mayoría de las veces en su capacidad de protagonizar un proyecto global de transformación integral para la sociedad. Reivindicamos al ser humano como artífice y protagonista de su propio destino individual y social.

Anhelamos para todos la fresca y juvenil arrogancia de un ser humano capaz de asumir su rol en plenitud en cada espacio de la existencia y en cada desafío que deba enfrentar.

Sólo desde el compromiso con un proyecto de vida que desborde la mediocridad imperante, tal y como De Rokha lo entendió y vivió, es posible devolverle a la ciudad y al ciudadano lo épico y lo epopéyico de una vida destinada al heroísmo como norte verdadero y no la tibia comodidad de las horas, los días y los meses vividos como espectador de un circo que ya no divierte a nadie, cuyas caras y rutinas conocemos demasiado bien.

Tan bien las conocemos, que muchas veces sin darnos cuenta en plenitud, hemos sido nosotros los protagonistas de esta suerte de teatro del absurdo, en el cual cada cual no se reconoce más que en la puntualidad de lo común y lo corriente.

Nada más imperfecto, muchas veces, que el ímpetu, la iracunda porfía o el desatado temblor de la belleza golpeando la mesa. Pero, nada más humanamente imprescindible para seguir apostando por mesas generosas para todos, por abrazos sinceros, por madrugadas sin reloj ni agendas…por un brindis largo como nuestros sueños, por un lugar donde el heroísmo de ser uno mismo no extrañe a nadie y sea, al fin de cuentas, la mejor sonrisa que podamos regalar a nuestros hijos.