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Agosto 18, 2026

El renacimiento de Oreste Plath

La historia es antigua y conocida en Chile: luego de morir – y a veces-, viene el reconocimiento. Por ello no queda más que aplaudir las reediciones de los libros del fecundo escritor y estudioso que fue Oreste Plath, y esta tardía,  aunque bien merecida, difusión  sobre la colección de  su obra, que lo convierten en uno de los esenciales y acaso el principal creador del folclor criollo.

Nada de esto hubiera sido posible sin el persistente esfuerzo realizado por su hija y albacea Karen Müller Turina, que se ha ocupado desde la muerte de su progenitor, ocurrida en 1996, en preservar el vasto legado de su padre.


César Octavio Müller Leiva, nacido el 13 de agosto de 1907,  solía contar que adoptó el nombre de Oreste de sus profundas lecturas de legendarios héroes griegos, y que el apellido Plath lo tomó prestado de una cuchillería de origen alemán, que casualmente cayó en sus manos en casa de sus padres…


Plath, se preocupó de recorrer cada rincón del país. En cada lugar, tomaba contacto con la gente, estudiaba su modo de hablar, indagaba  detalles de sus creencias, hábitos, alimentación, costumbres populares, los mitos y las leyendas.


Lo mismo hacía con las aves y los animales, al extremo de descubrir el significado de los cantos y chillidos, que imitaba entretenidamente en las tertulias de media tarde. En palabras de él, aseguraba que “Lo que soy yo me lo ha dado el paisaje, el aire y el paisano. He sido investigador viajero. He aprendido más por lo que he visto en la vida, que por lo que he leído en los libros”.


Con esta inquietud artística, creó El folclor religioso chileno;  Geografía del mito y la leyenda chilensis; L¨Animita;  Folclor lingüístico chileno; y el Lenguaje de los pájaros chilenos, entre muchos otros textos.


Con una pluma llana, que evocaba al habla  que utiliza el pueblo,  y un  estilo depurado, sencillo, basado en una sabiduría  desarrollada íntimamente, amalgamó lo mejor del folclor y las tradiciones, que le han otorgado numerosas distinciones y reconocimientos  póstumos.


Sus peculiares métodos de investigaciones los realizaba en los lugares más impensados: baños públicos, pueblos provincianos, bares, cementerios, minas,  mercados y ferias populares,  tomaba apuntes en murallas rayadas y podía pasar todo el día conversando con un obrero para “conocer algo más de la vida”.  “Siempre lo he dicho: por sobre todo, soy un investigador y tengo que ceñirme a lo que veo, a lo que dicen. Yo soy una máquina fotográfica… Yo trabajo con lo procaz, con el disparate, cosas que pueden ser groseras pero no lo son…, pues no existe una cultura inmóvil”, señalaba.


Famosas fueron sus  charlas y tertulias que, de forma informal, compartía en la Sección de Referencias Críticas Literarias, de la Biblioteca Nacional. Lo que empezó como naturales encuentros, Justo Alarcón y Juan Camilo Lorca lo convirtieron en un lugar permanente, donde llegaban estudiantes, escritores y amigos. El escritorio que ocupaba, se transformó en  el  espacio predilecto de Oreste Plath, y lo sigue siendo. Desde ahí daba entrevistas, estudiaba y, no podía faltar en él, miraba de reojo a las muchachas que le sonreían, “estoy soltero, libre y en licitación…”, le aclaraba a las sorprendidas jovencitas, con voz pícara y resuelta.


Tuve la fortuna de mantener una estrecha amistad con él.  En mi estadía en Uruguay, propuse su nombre a la cancillería para que  visitara  aquel país. Oreste tenía ochenta años. Recibí la confirmación, pero me recomendaron “que viajara con un seguro de vida…”. Cuando le comuniqué la exigencia naturalmente se enfureció, “¡estoy más sano, vivo y vigente que todos esos pinganillas burócratas!”, afirmó. Terminó embarcándose sin ningún “seguro de vida”.


Durante un mes concedió diversas charlas y coloquios en las principales salas culturales de Montevideo, Piriapolis y Punta del Este. Las exposiciones resultaban de gran emoción, por  su privilegiada memoria y hondo conocimiento acerca del acervo  cultural  y humano de Chile: Oreste Plath partía resaltando las tradiciones y costumbres más revelantes desde Arica hasta llegar a Punta Arenas, de recorrido. Podía realizar ese ejercicio varias veces, incursionando en  villorrios, poblados remotos y ciudades geográficas ubicadas en  distintos puntos.


En su inolvidable estadía uruguaya, no podía faltar la llama del amor…


Una reputada  dama de alta sociedad,  quedó embelesada con el intelectual chileno. Por la tarde,  detenía su Mercedes Benz  frente a nuestro departamento y pasaba por Oreste Plath. La mujer, que frisaba sólo unos cuantos años menos que él,  estaba fascinaba con su fortuita pareja foránea, quien, en vez de invitarla a los lujosos cafés y boliches de Montevideo, le pedía que lo llevara a conocer las parrillas del  mercado,   La Ciudad Vieja donde residen los negros,  las zonas carenciadas y sitios típicos donde “morfaban” los desplazados…


Oreste Plath siempre definió esta relación como “su último amorío internacional”. Y yo siento una especie de consagración espiritual de haberlo acompañado en  silencio y discreción, hasta ahora, por supuesto.