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Agosto 18, 2026

Pequeños grandes pasos

Ciertamente, una de las cualidades que deben cultivar las personas que dedican su vida a la investigación científica es la paciencia. El método científico los lleva por el camino de la disciplina y con ella van templando el espíritu para perseverar en la búsqueda de respuestas. Es una ruta de fracasos y triunfos que dependiendo de la dosis de cada tipo va describiendo una carrera hacia la conquista de las claves que están escritas en la naturaleza.

Muchas de estas claves ya han sido descifradas. Tal es caso de la nanociencia, donde el estudio y exégesis de las tramas atómicas ha permitido a los científicos rediseñar las estructuras de ciertos elementos básicos de la naturaleza, cambiando su comportamiento y la forma en que reaccionan ante ciertos estímulos. Así, por ejemplo, a través de un nuevo modelamiento al interior de un átomo de un metal, sacando y quitando electrones, han conseguido modificarlo de tal forma que puede conservar ciertas características que le son propias pero adquirir también otras impensadas, como fundirse a temperaturas mayores o quebrarse como lo haría un cristal.

Resulta impresionante que en el estudio de lo pequeño se haya podido descubrir lo inmenso. Así, por ejemplo, no está lejos el día en que se cree artificialmente una célula que una vez programada, pueda ingresar al torrente sanguíneo y desde allí viajar a cierto órgano que esté presentando problemas y desde allí, reordenar su funcionamiento. Como tampoco está lejana la posibilidad de que algunos elementos radioactivos sean  introducidos al cuerpo humano en válvulas selladas que sólo liberarán su contenido una vez que enfrenten las células cancerígenas, evitando de esta manera el suplicio que implica irradiar a todo el resto de los órganos.

La nanotecnología es la que ha permitido disminuir el tamaño de los celulares, de los televisores, de los discos duros de los computadores, de los reproductores de música, entre tantas otras aplicaciones. Este es el rostro visible de un afán que tiene revolucionados a los científicos y a la población mundial.

Cuando se habla de ciencia hoy, se está más cerca que nunca de la literatura y del género de ciencia ficción. Cada día son innumerables los nuevos inventos y descubrimientos que hacen realidad objetos y circunstancias que antes sólo se podían encontrar en el delirio creativo, y por esto resulta más importante que nunca que ambas caminen de la mano.

Un Estudio Internacional sobre el “Nivel lector en la era de la Información ” de la OECD demuestra que hay una alta correlación entre los resultados en matemáticas, lectura y ciencias. Es decir, los niños que comprenden mejor lo que leen pueden a su vez, resolver con mayor facilidad un problema matemático y enfrentar luego un experimento en el área de ciencias. Una relación que queda más patente a la hora de conversar con las generaciones más jóvenes de nuestro país que desarrollan la ciencia, donde la gran cantidad de intereses no necesariamente científicos da cuenta de un pensamiento abierto e interdisciplinario.

El desafío por tanto no es nada trivial. Se trata de encantar a los jóvenes en el saber amplio y no encasillarlos sólo en ciertas destrezas que vayan  demostrando. Para ello también se requiere de profesores interesados en el mundo y la cultura, de modo que el intercambio intergeneracional se amplíe desde la resolución de problemas matemáticos pasando por los medioambientales y termine en cuestiones éticas.

Todo ello para pavimentar un camino complicado como es el desarrollo profesional donde el esfuerzo es capaz de entregar importantes recompensas, y quienes sepan desde el comienzo perseverar podrán llegar a la meta.

Porque la ciencia no es sólo una cuestión matemática, es una cuestión de pasión por el orden y desorden que nos impera.