El dicho del ex alcalde clarifica bastante los motivos que tuvo para disparar contera la corrupción en un municipio controlado por la UDI y opinar en desmedro de la acusación constitucional parlamentaria a la ministra de Educación. Si se ponen de lado las razones de índole familiar para “poner las manos al fuego” por su yerno en el conflicto de éste con la alcaldesa de Huechuraba, puede verse una perseverancia en el líder derechista en su estrategia -largamente ejercida- para llevar a su sector al gobierno. De hecho es quien más votos ha sacado para la derecha en la historia democrática del país y el que más cerca ha estado de La Moneda desde las victorias presidenciales de los Alessandri, padre e hijo.
Lo que mueve a Lavín es una doble constatación, sólo en parte confesada: de imponerse el candidato de la Alianza para 2010, de seguro no contará con mayoría parlamentaria para ejecutar sus proyectos. Descartando implícitamente que los descolgados de la DC y el PPD alcancen representación con sus propios votos -que permita construir una nueva mayoría en el Congreso-, la Alianza necesitará la concurrencia de la Concertación para las iniciativas del eventual Ejecutivo derechista. Y medidas extremas como la destitución de la ministra Provoste pueden instalar un escenario polarizado difícil de recomponer.
Al decir que la corrupción no es patrimonio del oficialismo y que ella también se despliega en municipios del otro signo, el ex candidato está apuntando al corazón mismo del poder, quienquiera que lo ejerza, y en cuya periferia se ubica, con desolación, la ciudadanía en general. Denunciar la batalla en contra de la falta de probidad concita una enorme popularidad, y el rechazo de quienes ejercen responsabilidades políticas y administrativas. No es casual que ahora se escuchen los mismos argumentos en opositores y oficialistas para descartar que la corrupción se haya instalado donde ellos mandan. El vocero del Gobierno, más sagaz, halló propicia la oportunidad, para corregir a Lavín: ni la Concertación ni la Alianza son corruptas, sino que se dan casos puntuales y no sistemáticos de faltas a la probidad. No, le contestaron de la otra vereda, aquí el fenómeno es incipiente, allá está muy desarrollado.
Por ahora, la incomprensión ha sido taladrante, y en la UDI de una intensidad inimaginable. Antes, cuando Lavín dijo que si hubiese conocido las violaciones a los DDHH en el régimen militar habría votado “No” en el plebiscito, pareció darse un encogimiento de hombros. Después, su “aliancismo bacheletista” provocó sorna y hasta la simpatía de algunos dirigentes. Ahora, en cambio, los correligionarios le enrrostraron al ex alcalde hasta su mala gestión en Santiago y que no materializara allí ninguna obra de importancia.
De todas maneras, todos calibran el tremendo alcance de las denuncias de este líder atípico e impulsados por “el efecto Huechuraba” corren al Contralor General de la República a entregarle las llaves de los municipios, arriesgando a que tanta buena disposición no termine con un certificado de buena conducta del super fiscalizador. Junto a la instancia contralora vendrá el resultado de las elecciones municipales, para finalmente llegar al umbral de las presidenciales: ¿Será Lavín el conductor popular al que la UDI vuelva su mirada si la carta de Piñera se desgasta? Por ahora, el partido fundado por Jaime Guzmán no tiene otro rostro y el de su ex abanderado puede resurgir entonces -con todas sus singularidades- como “la otra cara de la derecha”. Todo depende del propio desgaste que Lavín exhiba frente a las otras figuras, que no serán precisamente nuevas tampoco.
