El negocio se democratizó y la moda de lo ultraexclusivo en masa pasó a marcar apenas tres o cuatro días en rojo en el calendario global siendo reemplazados por los espectáculos a menor escala, en salas de capacidad moderada y con inversiones menores para quienes incurren en el negocio de traer cultura desde el primer mundo.
Desde un punto de vista meramente comercial, acá se produce un fenómeno bastante llamativo. Las pequeñas productoras, esas que no manejan ni el potencial, ni el currículo ni mucho menos los fondos para tentar a ciertos nombres con darse una vuelta por Chile, apuestan a fichar estrellas de menos brillo macizo.
¿Cómo? Inteligentemente se alinean –o a veces se cuelgan- a sus pares argentinas y brasileñas aprovechando así conseguir números extras a los ya confirmados en aquellas plazas y los traen a muchísimo menor costo que lo que potencialmente costaría traerlos por sí mismo. La ganancia está en beneficiarse del tour –con el avance de internet, los artistas y la industria en general recauda más por la gala en vivo que por discos vendidos- y matricularse con cifras menores en una aventura que de seguro traerá buenos recaudos.
Primero, porque el público nacional se muestra ávido de consumir recitales. Segundo, porque hay un importante incremento de inversión de la empresa privada en auspiciar dichas iniciativas, lo que abarata el importe y asegura las arcas a la hora de la suma final.
Es así como entre marzo y abril se ha podido y se podrá ver en acción números tan variados como los de Journey, Earth, Wind and Fire, Peter Frampton, Interpol, Jarvis Cocker, Iron Maiden, Bob Dylan, Underworld, Seal, White Lion, Rod Stewart, Bryan Adams, Ozzy Osborne, Korn y Lenny Kravitz, sólo por mencionar a los más resonados en las diferentes emisoras satelitales de corte anglo, factor adicional que por lo demás asegura el éxito de cada presentación.
Si hay un hecho que contrasta, al menos desde el punto de vista del fan común –que incuso reabrió la discusión sobre el precio de los tickets en Chile versus la realidad de otros países vecinos- es la aglomeración de estos números en un lapso corto de tiempo. Casi como para versionar a Mafalda en su clásica frase “Paren el mundo que me quiero bajar”. Sí, yo al menos, me quiero bajar a pedir un crédito. Porque en Chile, este tipo de luminarias –más o menos vigentes, eso da lo mismo a la hora de la discusión aunque algunos intenten centralizarla allí- no se ven a menudo.
Hay hambre de espectáculos y eso no se puede siquiera poner en duda. La pésima demostración del caótico desorden en la traída al país del maestro Ennio Morricone es un llamado de atención. Estamos “en pañales”, aprendiendo.
Lo nefasto es que esos errores se pagan caro. Sino pregúntenle a los fanáticos de Rush o a The Cure, bandas señeras cuya ínfima motivación de pasar por nuestro país se esfuma cuando se encuentran con la imposibilidad de ocupar el único recinto apto para grandes convocatorias: El Estadio Nacional.
Sé que por mi parte es una cruzada inútil. Pero llevar recitales a los faldeos cordilleranos de San Carlos de Apoquindo, justo ahora que el acceso es malo por el Transantiago y ya se nos escapó el verano es una mala practica, aunque sea la única a mano.
Un par de anécdotas al respecto. Phil Collins no pudo cantar en su tercer concierto -abril 1995- en dicho punto, el resfrío le mató la voz en tres días. Los hermanos Gallagher dijeron que su primera visita a Santiago, en ese mismo estadio, fue una de sus presentaciones más incómodas y olvidables.

