Las últimas noticias de los hechos acontecidos en Colombia, y la entrega de rehenes por parte de las FARC, me llevaron a escribir y analizar él por qué de toda la crueldad que sufre una nación victima del terrorismo. Mi introducción es sólo una breve reseña de las dolorosas décadas que ha vivido la hermana nación colombiana.
El estado colombiano, por décadas, ha mantenido un velo de impunidad ante los actos de los militares y paramilitares. Los miles de sindicalistas muertos en Colombia, los desaparecidos y detenidos ilegalmente, fueron victimas del más cruel de los terrorismos. El terrorismo de Estado ha cobrado miles de vidas de profesores, trabajadores de la salud, empleados públicos y dirigentes sindicales. Individuos inocentes, que sólo luchaban por dignificar sus profesiones y oficios. Estos individuos libres fueron patentados de cómplices del terrorismo, por el sólo hecho de exigir justicia; y, con esa marca, el Estado colombiano se adjudicó el derecho de erradicarlos, como una enfermedad.
Los asesinatos, secuestros y desaparición de miles de sindicalistas, a manos del Estado colombiano, han sido silenciados por la prensa gracias a la colaboración del Imperio del Norte. Por el sólo hecho de defender y luchar por los derechos de los trabajadores colombianos, derechos que cada día que pasa son mínimos, los sindicalistas han sido merecedores del desprecio y abuso del Estado colombiano y de sus señores del Imperio yanqui. Según la Confederación de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), y sus informes anuales, Colombia sigue siendo uno de los países más hostiles en lo que se refiere a derechos sindicales. La ONG colombiana Escuela Nacional Sindical ha señalado, en varios de sus informes, que la mayoría de las violaciones a los derechos humanos de los sindicalistas en Colombia se encuentran ligadas a conflictos laborales, aunque ocurran en el contexto de la guerra y sean cometidas, en la mayoría de los casos, por alguno de los actores de la guerra. También señala que la mayoría de asesinatos, amenazas, secuestros y desplazamientos forzados de trabajadores colombianos se han realizado en momentos y contextos marcados por el aumento de sus reivindicaciones laborales y que por ello los sindicalistas colombianos no son víctimas casuales o colaterales del conflicto armado que desde hace décadas vive ese país.
El origen de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Ejército del Pueblo (FARC-EP), se remonta a 1964, cuando el 27 de mayo el ejército colombiano, con la orientación y asesoría directa del Imperio, inició una operación militar de cerco y exterminio. El objetivo era erradicar un foco subversivo que ponía en peligro su seguridad nacional y la democracia occidental. Este foco subversivo estaba compuesto por campesinos de la región de Marquetalia, departamento del Tolima, dedicados al trabajo agrícola en aras de su propio bienestar y el de la comunidad que conformaban. Al Estado sólo le demandaban vías para sacar sus productos, escuelas para educación de los hijos y garantías contra la acción de los paramilitares de entonces, Los Pájaros.
Como respuesta a esta operación militar del ejército colombiano, unos cincuenta hombres se convierten en un núcleo revolucionario armado. En el transcurrir de la confrontación surgen las FARC-EP, con un programa revolucionario. En dicho programa planteaban la lucha por una reforma agraria revolucionaria que liquidara las bases de la propiedad latifundista y entregara la tierra al campesino, garantizando las condiciones para su explotación económica. Señalaban, además, la necesidad de forjar un frente único de todas las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias del país para la realización de cambios democráticos.
No soy apologista de la violencia, pero sé que en momentos trascendentales el hombre se ve enfrentado a la disyuntiva de tomar las armas en contra del supuesto agresor. Es una constante que el poderoso querrá mantener sus privilegios, y los defenderá a toda costa. También es invariable el hecho que el humilde, el pobre, el débil, se verá superado por las circunstancias y será llevado hacia la violencia, como respuesta a la agresión.
En países europeos el problema del latifundio fue efectivamente solucionado mediante el término de los feudos y unas “verdaderas reformas agrarias”; dando, a los nobles, latifundistas y poderosos, limites a sus posesiones, limites a sus derechos, limites a su autoridad y a su depravación. Lamentablemente este proceso, simple y efectivo, causó un caos de proporciones en nuestros países latinoamericanos.
Chile, Provincia Imperial, no fue la excepción. Ya durante décadas los alzamientos de los campesinos mineros y trabajadores fueron acallados por los militares, títeres de los poderosos.
En Chile, el 21 de diciembre de 1907 a las 15:45 horas, el General de Ejército Roberto Silva Renard ordenó ametrallar a miles de indefensos obreros, a sus mujeres e hijos, en la Escuela Santa María de Iquique. El 19 de junio de 1945, mueren trescientos sesenta y cinco trabajadores de la mina El Teniente. En ese tiempo la mina era propiedad de la Braden Company. Los poderosos en Chile encontraron prudente la acción tomada por la trasnacional yanqui. En 1969, 8 y 9 de marzo, doscientos cincuenta Carabineros de Chile desalojan de unos terrenos, pertenecientes a la acaudalada familia Irigoin, a noventa familias sin hogar. Esta masacre, que cobró la vida de diez chilenos y un bebé de nueve meses, ocurrió en Puerto Montt a las orillas del golfo de Reloncaví. La responsabilidad de esta matanza fue atribuida a Edmundo Pérez Zujovic, Ministro del Interior del gobierno de Frei.
Para que entendamos la mente de un poderoso, transcribiré una frase manifestada por un connotado banquero chileno, Eduardo Matte, en 1892: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es masa influenciable y vendible. Ella no pesa ni como opinión, ni como prestigio”.
En el gobierno del Presidente Frei Montalva, entre 1964 y el 70, la situación cambia radicalmente. El pueblo ve con esperanza la llamada “revolución en libertad”, que dio inicio a una profunda “reforma agraria”. Esto dio como resultado el que muchos campesinos dejasen de ser simples peones y se transformasen en dueños de sus tierras; también, este hecho alertó a los latifundistas, ya que podrían perder sus mercedes a futuro. El posterior gobierno, del recordado Compañero Presidente mártir doctor Salvador Allende, entre 1970 y el 73, profundizó dicha reforma. La nacionalización del cobre; las estatizaciones de empresas estratégicas; las expropiaciones de empresas y tierras no trabajadas ni explotadas; dignificación del trabajo obrero y campesino; y la Escuela Nacional Unificada, llevó, junto con la reforma agraria, al levantamiento del ejército chileno en contra del gobierno democrático del Compañero Presidente Allende. Según el Imperio, su Doctrina de Seguridad Nacional estaba en directo conflicto con el gobierno de la Unidad Popular (UP) en Chile, encabezado por Allende. Eso nos llevó a vivir por diecisiete años una de las más crueles, corruptas y pervertidas dictaduras latinoamericanas. Dictadura que fue encabezada por el sátrapa más lame trasero de yanqui que la historia de Chile haya conocido, me refiero al Capitán General, Comandante en Jefe del Ejército de Chile y autoproclamado Presidente de Chile, Augusto José Ramón Pinocho Ugarte, Dictador Extraordinario y Plenipotenciario, impuesto por el emperador yanqui de turno.
No somos tan diferentes los chilenos de los colombianos. Lo que nos sucedió a los chilenos es que la reacción del poderoso fue tan rápida y apocalíptica que nos dejó sin ganas de intentar, nuevamente, levantar el puño en protesta por el abuso del “señor patrón”.
Hoy en día nos escandalizamos al ver cómo un grupo de guerrilleros utilizan el secuestro como un arma de lucha en contra del gobierno de Colombia. Lo que sucede es que no nos dicen que los secuestros, asesinatos y violaciones a los derechos humanos son cometidos por ambos lados. Tanto el Estado colombiano como guerrilleros y paramilitares utilizan las mismas armas para tratar de mantener su mezquina cuota de poder. La gran diferencia entre uno y otro se ve en la historia de los pueblos. Las FARC nacieron como una respuesta hacia la indiferencia, corrupción y el terrorismo de los sucesivos gobiernos represores colombianos. Las FARC nacieron como respuesta a los paramilitares. Las FARC nacieron como contestación al latifundio cruel, a la nula educación de los hijos de campesinos y a la no existencia de salud pública digna. La falta de oportunidades y la ceguera de los poderosos gobiernos colombianos, llevaron al nacimiento de la rebelión, derecho consagrado por la Iglesia Cristiana Católica. No somos testigos de un grupúsculo criminal frente a un estado democrático, independiente y justo. Somos espectadores de un estado corrupto, criminal, vasallo del latifundio, pervertido y súbdito del Imperio; en contra de, un ejército “insurgente” del pueblo.
Hoy, Clara Rojas y Consuelo Gonzáles de Perdomo son libres gracias a la gestión del histriónico presidente venezolano. Chávez fue piedra angular para las conversaciones que llevaron a la liberación de Clara y Consuelo. Curiosamente casi fracasan dichas negociaciones, ya que no serian dos los liberados, sino tres. Un pequeño de nombre Emmanuel, hijo de Clara y un guerrillero, seria liberado junto a su madre y a Consuelo. Lo interesante de todo esto es que las FARC no tenían al pequeño. Quienes poseían conocimiento de donde se encontraba Emmanuel era el gobierno de Uribe, presidente colombiano. Si ellos tenían el conocimiento de donde se encontraba Emmanuel, ¿con qué fin fue mantenido prisionero en un orfanato?, ¿por qué no le fue entregado a su familia directa, a su abuela u otro pariente?, ¿cuándo pensaban entregarlo?, ¿qué sentido tenía secuestrarlo si no sería devuelto a su familia?, ¿deseaban hacer fracasar las negociaciones?, ¿el gobierno de Uribe secuestró y utilizó a un niño?
El 21 de febrero de 2005, miembros de la Brigada XI del Ejército Nacional masacraron a siete campesinos; entre ellos niños de dos, seis y 11 años; de la Comunidad de Paz San José de Apartado. Las víctimas fueron amenazadas de muerte, detenidas arbitrariamente, torturadas y asesinadas, y luego enterradas en dos fosas.
Si yo viera a mi familia detenida, torturada y asesinada despóticamente, por agentes de un Estado opresor, desearía tener un arma para empuñar y responder ante tal lúgubre vista. Reitero que, como humanista y agnóstico, no soy partícipe de la violencia explícita e implícita. Jamás sujetaría un arma en contra de otro ser humano. Pero, eso no implica que dejaría masacrar a mi familia por algún agente del Estado, y menos aun que corrompieran mi cuerpo, con tortura y depravaciones, sin que yo respondiese bestialmente en contra del agresor.
El Islam hace reseña de la rebelión en contra de cualquier tiranía, y a la utilización de toda arma, sea ésta intelectual o de destrucción, en defensa de su identidad y cultura. Los hebreos también hacen su propia referencia sobre la defensa de la dignidad del hombre, de su ser y su identidad. Desde un punto de vista humanista, el hombre se ve formado a salvaguardar su familia, su hogar, su fe, su ideología, y su libertad. El individuo humano sobrepondrá la razón ante cualquier agresión, pero llegará el punto en que su reacción será visceral e instintiva. Se tratará de la conservación, la supervivencia, de él mismo y la de sus pares, en contra del tirano y opresor poderoso. La historia es cíclica, y el abuso siempre tendrá su castigo. Siempre habrá una guillotina, afilada, para decapitar a un patrón corrupto y abusivo.
“El Derecho Internacional establece que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles; que no son indultables ni amnistiables”.
Los colombianos están en guerra. La guerra nos lleva a cometer atroces crímenes. Pero, no ha sido la guerrilla colombiana la iniciadora de la violencia. No fue un grupo de criminales que decidió responder a la agresión. Fueron hombres libres y dignos que decidieron terminar con la opresión de un Estado corrupto. Un grupo de hombres que gritó a los cuatro vientos uno de los cantos más hermosos que el ser humano pueda interpretar: ¡basta… basta de injusticias, basta de opresiones, basta de esclavitud, basta de miseria, basta de inanición, basta de inmundicia….. Es hora de la verdad, la justicia, la libertad, la fortuna, la saciedad y la belleza…. belleza de ver la mirada de un pequeño, sin miedo, sin hambre, sin temor de perder a sus paredes o seres queridos… sin recelo del mañana, del futuro, del nuevo amanecer… un rojo amanecer…!.
