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Agosto 18, 2026

Abajo la estatua de Lagos

El ex Presidente debía una explicación por el Transantiago, y si ella quedó en déficit se debe no sólo a su personalidad, también a los intentos de la derecha por destruirlo. En estos escarceos, se la ha faltado el respeto a los millones de usuarios: en vez de concentrarse en ponerle el colofón -el próximo 31 de diciembre- a una historia amarga e incomprensible, la clase política privilegia los posicionamientos electorales a dos años plazo.


El breve regreso de Ricardo Lagos a la arena política debe verse desde dos ópticas diferentes: la obligación del ex Mandatario de explayarse sobre sus responsabilidades en el plan Transantiago, y la voluntad de la derecha de ponerlo a merced de los leones en el ruedo ciudadano y parlamentario.

Podría decirse que ninguno de los dos objetivos se cumplió conforme a lo que esperaban sus destinatarios y promotores, porque la respuesta del padre del Transantiago no fue todo lo comprometida que una criatura nacida con problemas se merecía, y porque el ex Presidente supo calibrar las insuficiencias de su carta a los diputados y acudió, sobre la marcha, a una extensa entrevista radial con preguntas de los auditores para tratar de llenar el déficit “afectivo”.

El resultado fue la proyección ante los ciudadanos de una figura impertérrita, algo fría y distante, que no está dispuesta a ceder un ápice en lo que estima los límites del deber, pero tampoco en su sentido de la autoridad. Por eso no fue al festín al que  lo convidaron los opositores en la Comisión investigadora del Transantiago. Sabía que el plato era él. La implacable racionalidad de su carta cedió algo ante los micrófonos, pero no más de la cuenta. Por eso eligió la radio y  no la televisión, que es menos contemporizadora con los políticos en general. La adustez de su figura, combinada con un suave dejo de informalidad, sólo se coló ante las cámaras para que produjesen “cuñas”, pero no se expuso todo el rato ante aquellas, para no darles la oportunidad de instalarse ante cada pequeño detalle: por algo Nixon perdió su debate presidencial con Kennedy a través de la televisión, mas no en la transmisión radial simultánea del mismo, tal como registra el balance histórico de ese capítulo. Aquellos estudiantes de periodismo que contemplen escribir su tesis sobre el manejo de los medios por el ex Presidente chileno tienen ahora material nuevo.

Se dijo que en la entrevista finalmente Lagos pidió disculpas y expresó su dolor por lo sucedido, pero la verdad es que el tenor de sus dichos fue algo más matizado: “Pidamos disculpas, entonces…”; “claro que me causa desazón y, por qué no decirlo … dolor también”. Es un padre que no cede en su autoridad. Que esto guste más a los ciudadanos en su búsqueda de liderazgos efectivos quedará siempre en el terreno de lo incierto, tal como lo demuestran los números desde el plebiscito presidencial en adelante: entre un 44 y un 49 por ciento de los electores ha preferido lo contrario de la opción ganadora.

Conscientes de que el Transantiago proporciona la gran posibilidad de destruir la estatua que se le erigíó a Lagos el mismo día que dejó La Moneda (ni Efe ni el Biotrén perjudican diariamente a tantos usuarios), la derecha trató de abrir una cuña entre el equipo presidencial y el laguismo. Pero como la Concertación tiene mucha escuela para administrar sus conflictos, la Alianza prefirió bajar los naipes restantes de la videoconferencia y el cuestionario al ex Mandatario y asir otra baraja: la interpelación a la propia Presidenta, algo que el sistema político no franquea, porque quien ejerce la jefatura del Estado se relaciona con el Parlamento a través de sus ministros, salvo en su Cuenta Anual a la Nación.

Sumidos en discusiones al respecto, los miembros de la Comisión investigadora faltaron a sus deberes y no recibieron a los alcaldes convocados para el lunes último. Esta preeminencia de la lucha política por sobre lo técnico es lo que debe terminar de decepcionar a la ciudadanía, y no sólo el intento del responsable del diseño del nuevo transporte capitalino de sacarse los balazos, para endilgarle toda la responsabilidad a  quienes lo implementaron, en circunstancias que ya en el gobierno anterior se trabajó en una implementación deficiente y equivocada en varios aspectos.

Estos escarceos electorales también le faltan el respeto a los millones de usuarios de la movilización colectiva de la capital, en la medida que la clase política privilegia los posicionamientos para los próximos comicios generales y presidenciales. La del Transantiago es una historia suficientemente amarga y difícil de entender para que no se concentren todas las energías en ponerle un colofón. La tregua política no debiera costar tanto si explícita o implícitamente el ministro de Transportes y la Presidenta fijaron una fecha de término: el 31 de diciembre. A partir de entonces será el momento de pasar todas las facturas: las del gobierno anterior y actual y las de los privados que no supieron responder a la confianza pública que torpemente se depositó en ellos.

Para destruir opciones y figuras presidenciales queda tiempo todavía. Las situaciones, por lo demás, pueden revertirse. Mejore o no, el Transantiago es un factor decisivo, pero puede no ser el único. Por lo que falta que pase, todos los bocetos que se borronean hoy  se vuelven inútiles, porque el diseño preelectoral empezará a dibujarse sólo un año antes de 2010.