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Agosto 18, 2026

La explicación ahonda la falta

Resulta paradójico que sea la misma Presidenta de la República quien en el marco de la inauguración de la presente Feria Internacional del Libro la que vuelva a recordarnos que el mentado maletín, al que ella ahora denomina como “biblioteca móvil”, es una propuesta que necesita una permanente justificación.

La presidenta Bachelet  esgrimió como gran argumento los más de nueve millones de préstamos en las bibliotecas públicas durante el año pasado. Pero no sólo eso. El estudio realizado por la Dibam tiene además, plenamente identificados a los principales usuarios y se trataría de personas que pertenecen a familias cuyos ingresos no superan los 350 mil pesos mensuales, es decir, el mismo perfil económico a quienes está dirigido el maletín literario. En la Dibam insisten que el “maletín” está dentro de un  “programa mayor cuyo objetivo es el fomento de prácticas lectoras, el acceso equitativo y plural de nuestra  sociedad a los libros y el instalar al libro como instrumento privilegiado de transmisión de conocimiento y cultura”, pero lo cierto es que con la contundencia de estas cifras lleva a pensar porqué no se invirtieron de una vez esos 11 millones de dólares en la construcción de más y mejores bibliotecas, no sólo las que ya tienen proyectadas, sino que enormes centros culturales insertos en las cientos de poblaciones chilenas donde la cultura no llega.

La declaración expresa de la Presidenta Bachelet sobre la lectura como una necesidad vital es muy relevante y no debiera pasar inadvertida, sobre todo, para quienes son parte de la industria del libro criolla, como los Editores de Chile, quienes esta semana recibieron en nuestro país al que bien podría llamarse “el padre de la edición independiente”, el franco-norteamericano André Schiffrin en el marco de un seminario sobre la industria del libro en Latinoamérica. El legendario experto que fue testigo cómo su casa editora fue fagocitada por una megaeditorial de la que luego debió huir, cuando la decisión de los títulos comenzó a ponderarse por las ventas, es un gran defensor del precio fijo de los libros y de muchas de las iniciativas que propugnan los editores locales. Schiffrin pertenece a la vieja escuela editora y como lo señala en su libro “La edición sin editores”: “Lo que buscaba era esencialmente textos nuevos capaces de aportar a la vida estadounidense ese dinamismo intelectual que le faltaba, pero también quería encontrar portavoces que expresaran las opiniones políticas reprimidas durante los años del macartismo y de las que me sentía personalmente muy próximo”. ¿Quiénes en Chile sino las editoriales independientes o universitarias están en este mismo predicamento? Una empresa demasiado peligrosa para el estilo político que se impone hoy de los consensos y del “borrón y cuenta nueva”, porque de otra manera, claro está, la Política de Libro  promulgada hace un año ya estaría funcionando plenamente.

El maletín literario es el decálogo que el gobierno ha decidido entregar a quienes están privados culturalmente. Esperamos que la misma voluntad política que lo inspiró se traduzca en la toma de decisiones tendientes a la publicación de otros libros  para otro tipo de lectores que ven con preocupación la actual falta de diversidad.