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Agosto 18, 2026

Primavera Stereo

Leo críticas sobre el primer show de Soda Stereo tras 10 años… Me entero del socialité city tour de los músicos de la banda por los diarios y siento algo de rabia. De pena, de vergüenza ajena incluso. ¿Dónde está el problema? ¿En el gusto, en la especialización, en la búsqueda de objetivismos volátiles y hasta insanos? Mi conclusión es demasiado simple. Nadie supo contarles que color tiñó la noche del 24 en el Nacional. Nadie supo transmitir la emocionalidad de tan memorable cita. Nadie entendió los contextos… 

Cuando tienes muchos conciertos en el cuerpo son los detalles quienes marcan diferencias entre uno y otro. Como la vida misma y sus días de constante tornasol. “Soda” en el escenario es sinónimo innegable de un paseo inmoral por los más escondidos recovecos de tu memoria estereo.

Hubo vacíos y es innegable. Incluso, discutible si de echar de menos se trata. Sin teloneros que subrayaran el preámbulo de una noche mágica, el trío hizo gala de virtuosismo tanto mejor que en décadas pasadas. Jugó, revolvió su repertorio hasta obtener el delirio de sus más apreciados fans y llamó a la sorpresa devota de quienes sólo conocieron su lado más comercial, de los que en silencio siguieron la majestuosidad de letras desconocidas en su disco duro. ¿Y eso es criticable? ¿Que el público se rindiera a la voluntad de Cerati protagonizando las historias de “Fue”, “Zona de Promesas” o “Sueles Dejarme Sólo” es acaso señal de un espectáculo “a ratos plano” como lo calificaron? Absurdo.

Los últimos puntos comparables pertenecen a giras del “Sueño Stereo” o “El Último Concierto”, en el ’96 y ’97, ambas experiencias imposibles de comparar con la solidez de esta reunión que, en más de dos horas y media entrega un show digno del mejor nivel reconocible en sonido e imagen, actitud y ceremonia o en vértigo y voluntad. La tranversalidad de públicos es más potente que con otras estrellas de firmamento mundial presentes en nuestro suelo pues acá no sólo hay sonidos comunes. También hay letras entendibles, idioma común en forma y fondo.

El trío siente el paso de los años como aquellas señeras bandas rockanroleras. O sea, totalmente para bien. Complementación sónica perfecta sumada al aporte fino de Leo García, Tweety González y Leandro Fresco. Todo bajo una estela detallista que sólo un genio como Martin Phillips pudo crear para darle valor agregado a una magna fiesta en vivo.

Entonces, desde el punto de vista del melómano que no es fans (de esta marca musical para el caso) sorprende la liviandad chilensis para catalogar de manera tan light un concierto que a todas luces tiene ribetes de histórico.  Busco en las mismas letras de la banda y no encuentro explicación. ¿Pudo ser sugestión?  No, pues mayoritariamente, los “especialistas” de este país en el área carecen de ella, así como les escasea el alineamiento con el transfondo de los instantes, de los significados, de los mensajes que se viven en un mega evento sin caer en el folclorismo. Nunca los veremos desafiando al rito porque su razón de vida los impulsa a intentar destruir los mitos. Cosa que nunca logran.

Siguiendo la línea, tendré que decir que lo de Soda en su retorno a Santiago fue la restitución de nuestra fe. Que este juego de seducción resulto perfecto en feed back apenas cayó el sol. Que valió la pena la espera. Porque cada vez que vuelven, sus ecos sonoros están. Porque al final, siempre hay recompensa… Y esa noche la hubo. Tuvimos por un rato, la devolución de nuestra añorada Primavera Stereo.