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Agosto 18, 2026

El espíritu de la insurrección chilena

Trato de observar a los hombres y comprender las “dinámicas sociales” en las que se envuelven, y me enfrento siempre al mismo panorama: la bajeza del alma y del pensamiento. Nada más de moda que la querella poblacional, ese alegato nihilista cuya síntesis es mera rudeza, ilusión revolucionaria, amalgama de lugares comunes cuyo origen emana desde la televisión, prensa de izquierdas oligárquicas y emperifolladas, o incluso, iracundos barbudos cuya mediocridad al interior del universo de los superiores –comarca a la que siempre aspiraron pertenecer- es maravilla discursiva para el pueblo: y los ciegos elevan a categoría de rey al tuerto.

La semana pasada –podría decir “hará mucho” pero la certeza moderna me obliga a cosificar el tiempo- la CUT (Central Unitaria de Trabajadores) llamó a un “paro nacional”. El núcleo central de dicha protesta era el rechazo absoluto contra el Neoliberalismo, esa matriz de sentido posmoderna cuya creación corresponde a EE.UU y otras naciones, y que designa el valor espiritual, moral e intelectual de los hombres en torno al dinero (dólar, euro y libra son la triada antifilosofal por excelencia).

Dicho “paro” fue el estímulo necesario para que cientos de personas de diversos puntos del país, salieran a las calles a vociferar cual evangélicos pronosticando el fin del mundo, todo un discurso “antisistema” y “antiglobalización”. Claro, estimulada esta manada de individuos, ora a través de la televisión, ora a través del discurso del curita que ya todos conocemos, se atrevieron a gritar eso que ni dementes espetarían en los empolvados y rubicundos rostros de los amos; se aprovecharon de la calle, ese bien común tan mal utilizado por prostitutas, ladrones y juglares, y reclamaron por sus “derechos”, tan mancillados y pasados a llevar en esta democracia del humor.  

Por supuesto que esta movilización no tendrá ningún fruto: ya no los tuvo. Ante todo sus organizadores –si es que los hubo, ya que ese día todo olía a “azar”, a “acaso”, a mera “espontaneidad”- fueron la misma tropa de palurdos de siempre, esos paladines de la moral populachera, esos humoristas que luchan por una mejor condición laboral para los esclavos. Y claro, aquella población obediente y espiritualmente aniquilada, de pronto razona que su lamentable posición de burro de carga se les hace demasiado pesada y la limosna arrojada por los terratenientes ya no les alcanza para cubrir las facturas de las tarjetas de crédito y la cuenta de la botillería.

Los mal llamados sueldos -100 mil pesos ni siquiera aspiran a beneficencia – son el fardo más pesado que debe cargar el pueblo chileno. Ante todo, con la exigua cantidad de recursos obtenidos, deben vivir una vida repleta de privaciones y en cambio, precisan distribuir esa porquería de plata en 30 días y que alcance para comer, beber, tener visión nocturna y alimentos frescos, y por sobre todo mantener a la abultada prole que nunca anhelaron traer al mundo, pero que este seudo estado socialista obliga a soportar hasta los 18 años, ya que el aborto es “cosa del demonio”, “hechicería diabólica” (esa insistencia gubernamental de propagandear los métodos anticonceptivos en una población que apenas sabe tirar la cadena de la taza del baño produce nauseas)

Pero los infelices se rinden a la suerte. Un paro “nacional” no les solucionará la vida, y quizá hasta les haga aún más infelices por crearles la ideología de la duda. Yo todavía no entiendo el por qué de esa movilización: se me comunica que era un acto de “repudio contra el neoliberalismo”, argumentando que si aquella masa toma conciencia de su miserable y paupérrima condición, es más que seguro que en Chile por fin “habrá cambios”. ¿Cómo se puede tomar conciencia de la noche a la mañana respecto a la degradante realidad que genera el neoliberalismo, si esa misma orla de individuos que protestó durante toda una mañana hasta la hora del almuerzo, una vez en casa comenzarán una rutina que parte en “pasiones” y termina en “Morandé con Compañía”?

Se me explica también que “no debo subestimar a las masas”. Claro, olvidaba que nuestra nación es un compuesto equilibrado de artistas, científicos y filósofos, que prefiere a Mozart y Beethoven antes que a “Rojo estupidez V/S imbecilidad” y a Fichte y Hegel antes que a “S.Q.P” y “Primer Plano”. ¡Soy un pateta!

Yo no creo en los evangelios de la salvación ni en la “bondad” de los mecenas. Pienso que la humanidad –especialmente en Latinoamérica- ya tuvo suficiente de ese coktail escatológico que preparó y homogeneizó las ansias y expectativas. La protesta, el gritar a viva voz por las calles, a través del libro, el lienzo o la filosofía, son las únicas fórmulas para cambiar los escenarios y transmutar los valores. Y un papel central allí lo juega también el instinto, la violencia, el enterrar la daga sobre el que ya no es poderoso sino apenas un pelele en las manos de una masa que ya no es masa, sino un ejército de hombres nobles que recorren las insondables callejuelas de la vida galopando sobre corceles negros.

Pero la violencia –al igual que la sexualidad- se relega al idealismo, y como Chile es un país sin pasión, sus habitantes ni siquiera odian: algunos hasta “quieren” desinteresadamente a sus patrones (para que decir esos cretinos que sienten “cariño” por las figuras televisivas ¡Por Dios!). Sin odio no hay cambios y desde que nos abrimos camino por el mundo de la conciencia se nos indica que aborrecer no es de humanos, sino más bien un “mal estado” del alma que se corresponde con las bestias. Y se prefiere que existamos suspendidos en esta ópera bufa que es la vida, representando de la mejor forma nuestro papel de idiotas y sometidos, meros juglares del maravilloso –dicen- vergel urbano que paulatinamente se va transformando en ciénaga, en la porqueriza inmunda y caricaturesca de los hombres sin delirio ni grandeza.

Nuestro país no está preparado para grandes “revoluciones sociales”. Y es que todo mundo está conforme con el modelo, felices comprando en las grandes ofertas, risueños con la maravillosa educación impartida por la nación, con los ojos dados vuelta por el éxtasis que produce ver un programa de TV ¿Para qué protestar entonces? ¿Con qué fin racional? ¿Qué se quiere lograr?

Sólo las grandes convulsiones del espíritu cambian los escenarios. Sin embargo Chile carece de alma y entonces no tiene nada por lo cual luchar. Vamos a ver que sucederá al final de este camino y esperar hasta que el túnel de la incertidumbre se desmorone: a ver si una vez rotas nuestras cadenas podemos darnos cuenta de la llama que junto a nosotros ilumina y consume todo, y ver más allá de nuestra nariz, con una visión que llega hasta el infinito, donde hay un lugar reservado para nosotros los que anhelamos luchar con la espada de la razón y el escudo del pensamiento.    

anibal.venegas@gmail.com