En « Testigo de cargo” (“Witness for the prosecution”), magnífica película del realizador austríaco Billy Wilder inspirada en una novela de Agatha Christie, Charles Laughton -en su papel del abogado de la defensa-, le lanza una famosa réplica al fiscal que interroga a un testigo de la acusación: “Objeción su Señoría, si el Sr. Fiscal hace las preguntas y entrega las respuestas, no hace falta el testigo”.
Desde luego el tema no va de romper pelotas con una tardía crítica de la peli que data de 1957, ni de hablar de la bella y siempre fascinante Marlène Dietrich que se juega el pellejo por el acusado, ni del omnipresente humor inglés sin el cual la dupla Charles Laughton – Elsa Lanchester (su enfermera en el film, su mujer en la vida real) no nos hubiese dispensado tan sabrosos diálogos, ni aun menos del pintoso Tyrone Power que siempre le gustó a mi madre. No.
Pasa que la citada réplica de Laughton nos viene a demostrar, una vez más, que en el campo de flores bordado no hemos inventado nada. Si haces trabajar las pocas neuronas activas que te van quedando constatas que nos pasa más o menos lo mismo con la prensa de derecha, si me excusas el pleonasmo visto que no hay otra.
Me refiero a los sondeos de opinión que los diarios en cuestión preparan imponiendo los protagonistas de la fama, los encuestados, las preguntas y por supuesto las respuestas.
Si cada día de dios se publican encuestas en las que te informan por quién vas a votar para presidente de lo queda de república escogiendo entre el Tula y el Lalo, se contribuye a acreditar la tésis que sólo esos dos patriotas tienen dedos para el piano.
Si al mismo tiempo te insinuan que otros potenciales candidatos son ilustres desconocidos y no tienen piso, te consolidan la idea que tales pretendientes no son viables independientemente de sus cualidades reales o supuestas.
Y ya comprendes que en este caso no hacen falta los encuestados, y mucho menos los electores: se trata -copiando lo que en economía llaman profecías auto realizadoras-, de reducir las posibilidades a lo que es aceptable para quienes manejan la manija.
Curiosamente los partidos políticos -que de tan poco prestigio gozan en el electorado- actuan igualito que la prensa de derecha ofreciendo generosamente uno o dos nombres que constituyen el reducido universo en el que los militantes están obligados a escoger el adalid del continuismo.
En tal tesitura salen sobrando el ciudadano y las elecciones, o al menos estas últimas se transforman en un simulacro de democracia, una democracia que prescinde del “demos” o sea del actor principal del drama, del pueblo para que me entiendas.
Se vea como se vea eso ya no se llama democracia, o bien en la escuela primaria pública y gratuita en la que tuve el honor, el placer y la ventaja de recibir cursos de educación cívica me contaron cuentos, aunque ya puestos, entre creerle a los profes de mi niñez o a la prensa chilensis y a los líderes de los partidos no tengo donde perderme.
Con el binominalismo nos vacunaron con parlamentarios cuya elección depende mucho menos del electorado que de los partidos, alianzas, concertaciones y contubernios que les designan como candidatos. Se trata de una inconcebible perversión de la democracia que hasta ahora no parece molestarle a nadie si excluimos un PC que hace lamentables esfuerzos por obtener uno o dos escaños a cambio de no cambiar nada.
Con el tema de las elecciones presidenciales el “Establishment” la juega, o la quiere jugar del mismo modo. Dicho en otras palabras quiere actuar como el fiscal de la película (« Establishment” : expresion peyorativa que designa a una minoría social que ejerce un fuerte control sobre el conjunto de la sociedad por medio de poderes fácticos).
Entre otros porque si las diferencias que hay entre los presidenciables de la Alianza y los de la Concertación de cara al mercado, las riquezas básicas, el regimen impositivo, las políticas presupuestarias, la autonomía del banco central, la distribución del ingreso, los servicios públicos, el papel del Estado en la economía, los mercados financieros, la protección del medio ambiente, la salud, la educación, la energía, el agua potable e incluso la Constitución heredada de la dictadura, si esas diferencias hay que buscarlas con lupa, te dan a elegir el bitoque, de acuerdo, pero de la misma jeringa.
De ahí que en vez de proponer un debate de fondo sobre temas pertinentes te la jueguen en plan farandulero, quién es el más popular, quién es el que la tiene más larga, o quién es “El eslabón más débil”, débil el boludo que te inventa el cuento, ¡No te jode!
Si viste “Testigo de cargo” ya conoces el final de la peli: la legendaria Marlène Dietrich es crédula, confía y defiende al Tyrone Power de mis dos con todo. Pero sólo hasta que se da cuenta que este la engaña porque ahí le sale el indio y su venganza es terrible.
En vez de llegar a tales extremos sería deseable confrontar programas alternativos, evaluar proyectos de sociedad que constituyan verdaderas opciones para la ciudadanía, ofrecer caminos en los que el conjunto de la sociedad pueda pronunciarse sobre los temas esenciales que le tocan directamente.
Pasa que la citada réplica de Laughton nos viene a demostrar, una vez más, que en el campo de flores bordado no hemos inventado nada. Si haces trabajar las pocas neuronas activas que te van quedando constatas que nos pasa más o menos lo mismo con la prensa de derecha, si me excusas el pleonasmo visto que no hay otra.
Me refiero a los sondeos de opinión que los diarios en cuestión preparan imponiendo los protagonistas de la fama, los encuestados, las preguntas y por supuesto las respuestas.
Si cada día de dios se publican encuestas en las que te informan por quién vas a votar para presidente de lo queda de república escogiendo entre el Tula y el Lalo, se contribuye a acreditar la tésis que sólo esos dos patriotas tienen dedos para el piano.
Si al mismo tiempo te insinuan que otros potenciales candidatos son ilustres desconocidos y no tienen piso, te consolidan la idea que tales pretendientes no son viables independientemente de sus cualidades reales o supuestas.
Y ya comprendes que en este caso no hacen falta los encuestados, y mucho menos los electores: se trata -copiando lo que en economía llaman profecías auto realizadoras-, de reducir las posibilidades a lo que es aceptable para quienes manejan la manija.
Curiosamente los partidos políticos -que de tan poco prestigio gozan en el electorado- actuan igualito que la prensa de derecha ofreciendo generosamente uno o dos nombres que constituyen el reducido universo en el que los militantes están obligados a escoger el adalid del continuismo.
En tal tesitura salen sobrando el ciudadano y las elecciones, o al menos estas últimas se transforman en un simulacro de democracia, una democracia que prescinde del “demos” o sea del actor principal del drama, del pueblo para que me entiendas.
Se vea como se vea eso ya no se llama democracia, o bien en la escuela primaria pública y gratuita en la que tuve el honor, el placer y la ventaja de recibir cursos de educación cívica me contaron cuentos, aunque ya puestos, entre creerle a los profes de mi niñez o a la prensa chilensis y a los líderes de los partidos no tengo donde perderme.
Con el binominalismo nos vacunaron con parlamentarios cuya elección depende mucho menos del electorado que de los partidos, alianzas, concertaciones y contubernios que les designan como candidatos. Se trata de una inconcebible perversión de la democracia que hasta ahora no parece molestarle a nadie si excluimos un PC que hace lamentables esfuerzos por obtener uno o dos escaños a cambio de no cambiar nada.
Con el tema de las elecciones presidenciales el “Establishment” la juega, o la quiere jugar del mismo modo. Dicho en otras palabras quiere actuar como el fiscal de la película (« Establishment” : expresion peyorativa que designa a una minoría social que ejerce un fuerte control sobre el conjunto de la sociedad por medio de poderes fácticos).
Entre otros porque si las diferencias que hay entre los presidenciables de la Alianza y los de la Concertación de cara al mercado, las riquezas básicas, el regimen impositivo, las políticas presupuestarias, la autonomía del banco central, la distribución del ingreso, los servicios públicos, el papel del Estado en la economía, los mercados financieros, la protección del medio ambiente, la salud, la educación, la energía, el agua potable e incluso la Constitución heredada de la dictadura, si esas diferencias hay que buscarlas con lupa, te dan a elegir el bitoque, de acuerdo, pero de la misma jeringa.
De ahí que en vez de proponer un debate de fondo sobre temas pertinentes te la jueguen en plan farandulero, quién es el más popular, quién es el que la tiene más larga, o quién es “El eslabón más débil”, débil el boludo que te inventa el cuento, ¡No te jode!
Si viste “Testigo de cargo” ya conoces el final de la peli: la legendaria Marlène Dietrich es crédula, confía y defiende al Tyrone Power de mis dos con todo. Pero sólo hasta que se da cuenta que este la engaña porque ahí le sale el indio y su venganza es terrible.
En vez de llegar a tales extremos sería deseable confrontar programas alternativos, evaluar proyectos de sociedad que constituyan verdaderas opciones para la ciudadanía, ofrecer caminos en los que el conjunto de la sociedad pueda pronunciarse sobre los temas esenciales que le tocan directamente.
Y luego identificar al o la prócer que necesitamos para realizar nuestros sueños, digo nuestros, no los sueños suyos, del o de la prócer, lo que ni da igual ni es lo mismo.
