Las millonarias utilidades reveladas por nuestra cuprífera estatal son menoscabadas por algunos análisis económicos por el alto costo de su proceso extractivo comparado con el rendimiento de otras mineras privadas que, por supuesto, ofrecen menos mano de obra y otorgan menos regalías a sus empleados y obreros. En el balance, pocos han celebrado que esta empresa entregue sus utilidades al fisco, mientras que las de la Escondida y otras empresas emigren hacia el extranjero y vayan agotando, sin beneficio social, nuestras estratégicas reservas. Si hay algo que criticarle al último balance de Codelco es que el buen desempeño contable no implique una mayor participación de los trabajadores en sus utilidades y deje al desnudo su gran cantidad de subcontratados e indignamente remunerados. Asimismo, en las enormes ganancias de la banca, lo que se celebra es que estas entidades transnacionales porcentualmente obtengan en Chile las mejores dividendos del mundo; sin importar sus tasas de interés son usureras, propaganda engañosa y los abusos que cometen con los que se ven forzados a renegociar sus créditos o desistir, incluso, de la compra de su soñada vivienda. En un país, como ya sabemos, en que los índices de endeudamiento de su población alcanzan cifras pavorosas y peligrosas.
El éxito empresarial depende de que alcancemos satisfacción en el consumismo desenfrenado. A ello sirven los grandes medios de comunicación, cuya programación se orienta básicamente a propiciar la cultura del consumo y el incentivo social perverso de que “soy más mientras más tengo y me distingo del resto”. “Los ricos existen porque existen los pobres” nos han advertido los obispos latinoamericanos, en un diagnóstico certero de las agudas diferencias sociales que exige la economía neoliberal que nos rige. La felicidad se compra con dinero se nos advierte desde la infancia cuando derechos tan esenciales como la educación dependen del bolsillo de los padres, más que del imperativo moral del Estado. En la sociedad del hedonismo, de la farándula política y mediática, del debilitamiento extremo de los valores humanistas y solidarios, sólo una hecatombe social o un milagro nos hará asumir lo que esos científicos y otros visionarios advierten con vehemencia: la imperiosa necesidad de frenar el consumo, cuidar la naturaleza y descubrir la felicidad en la vida sencilla, la satisfacción universal de las necesidades básicas y el logro de objetivos espirituales e intelectuales. Imposible no ser catastrofista si hasta los partidos políticos y otros referentes que fueron importantes han renunciado a sus identidades doctrinales, derivando en asociaciones dominadas por el dinero de sus caudillos, el afán de poder de sus cúpulas y la candidez de sus militantes.
Perversidad de un modelo que ya sabe que, aunque pueda y quieran los gobernantes, es necesario que los ricos ganen más y los pobres se conformen con su suerte o la ilusión irrealizable de su redención. Otra vez es la propia ciencia la que nos advierte que si, de pronto, todos los habitantes del planeta consumieran como los estadounidenses, el Planeta colapsaría en cuestión de meses. De allí, entonces, que a las naciones del Primer Mundo le aterre la posibilidad que China crezca a índices mayores que las potencias y reparta con equidad los bienes y servicios en su gigantesca población.
