La voz inteligente de la derecha rápidamente se auto-corrige. La decisión de darle bola al obispo Goic que está hablando de un sueldo ético, no solo debe entenderse como el descarte de una aspirante a candidata de la derecha, sino que implica una razonada opción, que tiene que ver con el electorado católico, un bien muy preciado, que suele estar disponible a la hora de impulsar cambios o de reaccionar frente a ellos.
Que nadie se haga ilusiones con esa repentina humanización de los hijos legítimos del neoliberalismo. Se trata de la expresión, de la forma, del gesto de acoger esos planteamientos bien intencionados de la jerarquía católica; en ningún caso se trata de modificar lo que sabiamente ordena la mano invisible del mercado, es decir la determinación del precio que se paga por cada tipo de trabajo que se ofrece. Cuestión esta, que solo entienden los que saben de economía, puesto que para ellos no es novedad que el trabajo es una mercancía, tal como lo es un ramo de flores o 1 mt cúbico de hormigón y no una cuestión ética como lo puede entender un profesor, una asistente social, una enfermera, un buen padre de familia o un obispo.
Tampoco debemos ilusionarnos con las declaraciones en defensa de la voz de la Iglesia provenientes de la exitosa coalición de gobierno llamada Concertación Democrática. Ellos, la descendencia bastarda del concubinato binominal , la gestora de lo imposible, la que ha impuesto el neoliberalismo a espaldas del pueblo que los eligió, ellos que han hecho mérito suficiente para merecer la predilección de los fácticos poderosos, de los ricos que refocilan en el paraíso que les permite la novísima expresión del capitalismo.
Ellos, lamento decirlo, no moverán un dedo para cambiar el orden de los factores. Con suerte han mantenido el salario mínimo, están encandilados con la flexibilización laboral como la panacea para hacer viable el sistemita que ha hecho de Chile uno de los países del planeta en que existe mayor desigualdad en los ingresos. Ellos tampoco están disponibles para un salario digno.
Si se quiere verdaderamente modificar la situación de los bajos ingresos de la mayoría de los ciudadanos, si se quiere que gocemos de la verdadera libertad, de vivir en un país en que reine la libertad en todos los planos y no solo en el económico, entonces que los trabajadores ejerzan su libertad para negociar por sectores, que se permita a los trabajadores hacer las alianzas que estimen pertinentes para vender su fuerza de trabajo, que no es cualquier mercancía, puesto que es el resultado de una actividad propiamente humana, una actividad física y mental, que tiene ciertos cánones de dignidad que se han respetado desde la Grecia Antigua.
Los republicanos actuales, los honorables senadores y diputados, los partidos considerados democráticos, deberían empezar por restaurar los derechos que le fueron arrebatados a los trabajadores por el dictador que administraba el país, que servía a los mismos señores que siguió sirviendo la administración que se suponía iba a restaurar la democracia.
Devolvámosle los derechos a los trabajadores y el sueldo o salario se ubicará en un nivel éticamente digno, se regulará por el mercado de la sensatez, que considera como premisa, que el país es de todos y que toda actividad que se desarrolla en él, no puede ir en desmedro de los ciudadanos sino que a su favor.
Una sociedad sustentable, es aquella en que se ha hecho un pacto de convivencia y aquí ese pacto no ha existido, puesto que hubo una modificación no autorizada hecha por los militares golpistas y que vergonzosamente se ha mantenido hasta nuestros días. La sociedad chilena debe sacudirse de la Constitución antidemocrática vigente, debe someterse a un referéndum constituyente que nos provea de mecanismos civilizados para zanjar las diferencias que pudieran suscitarse en su seno.
La Iglesia está muy bien, pero preferiría que no fuera necesario que tomaran la vanguardia. Ha llegado la hora de que los propios afectados tomen en sus manos la responsabilidad de cambiar la situación de despojo que son objeto en virtud de las leyes que rigen la actividad laboral.
Tampoco debemos ilusionarnos con las declaraciones en defensa de la voz de la Iglesia provenientes de la exitosa coalición de gobierno llamada Concertación Democrática. Ellos, la descendencia bastarda del concubinato binominal , la gestora de lo imposible, la que ha impuesto el neoliberalismo a espaldas del pueblo que los eligió, ellos que han hecho mérito suficiente para merecer la predilección de los fácticos poderosos, de los ricos que refocilan en el paraíso que les permite la novísima expresión del capitalismo.
Ellos, lamento decirlo, no moverán un dedo para cambiar el orden de los factores. Con suerte han mantenido el salario mínimo, están encandilados con la flexibilización laboral como la panacea para hacer viable el sistemita que ha hecho de Chile uno de los países del planeta en que existe mayor desigualdad en los ingresos. Ellos tampoco están disponibles para un salario digno.
Si se quiere verdaderamente modificar la situación de los bajos ingresos de la mayoría de los ciudadanos, si se quiere que gocemos de la verdadera libertad, de vivir en un país en que reine la libertad en todos los planos y no solo en el económico, entonces que los trabajadores ejerzan su libertad para negociar por sectores, que se permita a los trabajadores hacer las alianzas que estimen pertinentes para vender su fuerza de trabajo, que no es cualquier mercancía, puesto que es el resultado de una actividad propiamente humana, una actividad física y mental, que tiene ciertos cánones de dignidad que se han respetado desde la Grecia Antigua.
Los republicanos actuales, los honorables senadores y diputados, los partidos considerados democráticos, deberían empezar por restaurar los derechos que le fueron arrebatados a los trabajadores por el dictador que administraba el país, que servía a los mismos señores que siguió sirviendo la administración que se suponía iba a restaurar la democracia.
Devolvámosle los derechos a los trabajadores y el sueldo o salario se ubicará en un nivel éticamente digno, se regulará por el mercado de la sensatez, que considera como premisa, que el país es de todos y que toda actividad que se desarrolla en él, no puede ir en desmedro de los ciudadanos sino que a su favor.
Una sociedad sustentable, es aquella en que se ha hecho un pacto de convivencia y aquí ese pacto no ha existido, puesto que hubo una modificación no autorizada hecha por los militares golpistas y que vergonzosamente se ha mantenido hasta nuestros días. La sociedad chilena debe sacudirse de la Constitución antidemocrática vigente, debe someterse a un referéndum constituyente que nos provea de mecanismos civilizados para zanjar las diferencias que pudieran suscitarse en su seno.
La Iglesia está muy bien, pero preferiría que no fuera necesario que tomaran la vanguardia. Ha llegado la hora de que los propios afectados tomen en sus manos la responsabilidad de cambiar la situación de despojo que son objeto en virtud de las leyes que rigen la actividad laboral.
