En “La vita é bella” Roberto Benigni, el gran realizador italiano, osó contar la tragedia del Holocausto utilizando el humor. Al hacerlo sabía que corría riesgos inconmensurables. ¿Cómo podía un clown atreverse a hacer reír con la barbarie nazi y sus millones de víctimas? No obstante, la genialidad de Benigni estriba precisamente en el humor, recurso que logra aligerar la carga emocional del espectador al tiempo que pone en evidencia la infinita estupidez de los autodesignados “seres superiores”.
Benigni, como Charles Chaplin, nos hace reír y llorar casi al mismo tiempo, lo que es cualidad privativa de los grandes. ¿Puede el caso del auto declarado en “rebeldía” general (r) Raúl Iturriaga Neumann – y el apoyo que ha recibido de un cuarterón de oficiales con la conciencia no muy limpia -, merecer el mismo tratamiento? El humor en este caso no está destinado a aligerar el horror de los crímenes, sino a poner en evidencia la bajeza y la cobardía que sucedieron a la arrogancia de los todopoderosos guerreros que vencieron a un pueblo desarmado. No sé si lo sabías pero “rebelde” viene del latín rebellis y este de bellum (guerra). En estricto rigor etimológico, la palabra rebelde tiene que ver con la renuencia a abandonar la guerra. De tal manera que Raúl Iturriaga Neumann, si además de torturar y asesinar sabe leer, al declararse en “rebeldía” afirma querer continuar los combates. Cuando nos hayamos terminado de cagar de la risa pudiésemos parafrasear a Albert Einstein y decirle que existen sólo dos cosas infinitas: el Universo y la imbecilidad de los generales en retiro, pero que por el Universo no estamos tan seguros. Por si hiciese falta alguna prueba la prensa da cuenta de un “incidente”: “la iniciativa de un grupo de militares en retiro que pretendían entregar su “apoyo moral” al prófugo general (r) Raúl Iturriaga Neumann… y que terminó en una monumental gresca con miembros de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos”. Uno no se explica que los profesionales de la guerra hayan sido vencidos por aficionados sin ninguna preparación militar, a menos que se hayan encontrado en franca inferioridad numérica, algo así como los soldados romanos que pelean contra Asterix el Galo. Así fue: la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos reunió una multitud de treinta personas, muchas de ellas mujeres. Quién te vió y quién te ve. En dictadura era tan fácil irrumpir en la noche y tomar por asalto un hogar enemigo… El mismo grupo de oficiales (r) manifestó “su defensa del mecanismo de la amnistía y prescripción de los crímenes cometidos durante el gobierno militar” lo que esta vez nos permite citar a Henri Jeanson, uno de los grandes dialoguistas del cine francés, quién explicó alguna vez por qué suelen haber tantos generales felones: “Es que los reclutan exclusivamente entre los coroneles”, dijo. Si uno fuese mala leche no explicaría que estos felones no representan a las fuerzas armadas. Aunque solo sea por razones estadísticas es evidente que entre los uniformados hay más profesionales dignos y honestos que criminales. Y resulta difícil comprender que esa mayoría siga protegiendo al puñado de malhechores que para usurpar el poder en el ejército y en el país comenzaron asesinando a sus propios camaradas de armas, a los mejores oficiales de las tres ramas de las fuerzas armadas. Sin lugar a dudas, en un futuro no muy lejano quedará claro que el legado de O’Higgins fue dignamente preservado con las vidas de Schneider, Prats, Araya, Bachelet y tantos otros héroes anónimos. Los delincuentes como Iturriaga Neumann solo merecen el letrerito de las películas de vaqueros: “Wanted, dead or alive”. Pero en un spaghetti western.
