En la parlancia boxística la palabra “groggy” tiene un significado inequívoco y designa a un contendiente muy golpeado que ya no puede ni siquiera defenderse. En ese momento, si no se trata de las masacres que los vendedores de espectáculo adoran por razones de “reitin”, el árbitro debiese parar la pelea y declarar “knock-out” técnico. Suele ocurrir sin embargo que el boxeo se transforme en circo – “el espectáculo debe continuar” -, y que el perdedor termine “la soirée” en la morgue como sucedía con los gladiadores en la época de Vespasiano, emperador romano del primer siglo de nuestra era que ordenó la construcción del Coliseo.
Las democracias modernas, al menos aquellas en las que se ha establecido un equilibrio razonable entre los poderes ejecutivo y legislativo, suelen evitar el triste espectáculo de un gobierno “groggy”, indefenso, sin derrotero y derrotado, declarando el “knock-out” técnico, o sea la caída del régimen provocando o bien elecciones legislativas para designar una nueva mayoría, o bien buscando conformar una mayoría parlamentaria alternativa a la que fue incapaz de gobernar. Desde luego esto funciona en países democráticos y no en caricaturas binominalistas heredadas de alguna no tan lejana dictadura. De este modo las crisis políticas consustanciales al ejercicio de la democracia pueden ser salvadas apelando a la soberanía popular directa, o a la que expresa el Parlamento en tanto representante de ella. No hace poco Romano Prodi tuvo que renunciar y poner su cargo de jefe de gobierno en las manos de Giorgio Napolitano, Jefe de Estado italiano, por la simple razón que su mayoría parlamentaria se negó a votar un proyecto de ley. La razón es simple y clara como el agua de roca: un jefe que no manda, que no es obedecido, no es un jefe. O bien se da los medios de ser obedecido disolviendo el Parlamento y haciendo elegir, si puede, una mayoría que le sea fiel o leal, es según. Hace unos años el ex Premier de Japón Jun’ichiro Koizumi tuvo que echar mano a la disolución del Parlamento porque su mayoría se negó a votar una ley que le abría la puerta a la privatización del correo. Dos años después de su primera elección como presidente de la república francesa, a pesar de la muy amplia mayoría de la que disponía en la Asamblea Nacional, Jacques Chirac recurrió a su facultad de disolución del parlamento para enfrentar algunas disidencias molestas en sus propias filas. El resultado de las parlamentarias lo tiró de espaldas porque los electores le dieron una clara mayoría a la llamada “izquierda plural” (socialistas, comunistas, radicales y verdes), imponiendo a Lionel Jospin como primer ministro. Desde luego ni Prodi, ni Chirac ni Koizumi fueron a parar a la morgue. Prodi reestructuró su mayoría parlamentaria y volvió al poder semanas más tarde, Koizumi ganó las elecciones y retomó su cargo de Premier, mientras que Chirac, después de cinco años de “cohabitación” fue reelegido presidente de la república contra el mismo Jospin que esta vez no llegó ni siquiera a la segunda vuelta. En la copia feliz del edén la constitución heredada de la dictadura, con todos sus resabios y tufillos autoritarios, coarta el libre juego democrático y pone al país en situaciones de tensión y de crisis imposibles de resolver sino a través de oscuras negociaciones a espaldas de la nación. El gobierno de Ricardo Lagos, desacreditado hasta la caricatura por recurrentes escándalos de corrupción, no tuvo otra salida que la de componer con los líderes de la derecha pinochetista. El gobierno actual, que paga el precio del “brillante” período que le precedió, ve pasar derrota tras derrota. De la marcha de los pingüinos al descalabro del transporte público, de los rebrotes de la corrupción a la indisciplina parlamentaria que lleva a diputados y senadores a rechazar los proyectos de ley del ejecutivo como el que tiene relación con regalos al gran capital disfrazados de ayuda a las PYMEs. La sensación de estar ante un gobierno “groggy” va creciendo. La constitución espuria agota sus posibilidades y la oposición pinochetista se niega a aceptar los nuevos parches que sugieren los partidarios de cambiar algo para no cambiar nada. La única salida para este gobierno “groggy” consiste en copiarle a su predecesor y componer con la oposición a espaldas de sus propios electores. De ahí que la llegada de Viera Gallo al gobierno fuese saludada con entusiasmo por RN y la UDI. Los grandes perdedores son la democracia y los ciudadanos. Ya va siendo hora de que nuestro país retome el rumbo de la democracia adoptando una Constitución digna de épocas más gloriosas de su historia y, sobretodo, digna del futuro que tenemos que construir sobre las ruinas de la dictadura que no termina de desaparecer.
