Chuquicamata, el País de Nunca Jamás

El 23 de abril de 2001 llegamos a Chuquicamata a trabajar en la Fundación Educacional que lleva su nombre. Las autoridades de aquel entonces me propusieron escribir un libro sobre el mineral y gracias a gestiones del ex Director Jurídico de Codelco Norte, Juan Pablo Scroggie, llegamos una noche llena de viento, estrellas, y silencio. Nuestra primera cena fue en el Chilex Club donde más tarde escribiría por las tardes los primeros apuntes de mi novela, con personajes de carne hueso, los mismos mineros que en sus tardes de fin de semana en el Club Obrero, o en el Club de Empleados me enseñaron que dos más dos son ocho como en los poemas de Vicente Huidobro y que la autodestrucción que proviene de los hombres solos, estaba a 18 kilómetros de Calama.


 

Los indios Chucos que habitaron esas soledades hace cientos de años lo sabían. Volar por las dunas, sobre el viento, debajo de la arena, no sólo es producto de los delirios de esos esforzados trabajadores que llegaron a partir de 1915, sino también puede ser el escenario de un cuento o como en el famoso poema “Vientos de Chuquicamata” que Pablo Neruda escribió como un homenaje a las piedras  y a las extensiones metafísicas de sus cerros y túneles del mineral a tajo abierto más grande del planeta.

Caminamos por las calles del Campamento por las noches, con las pequeñas aves ateridas del silencio y del tiempo, con los perros vagos y de amos, que cantaban por las noches cerca de los edificios César Aguilar, de la villa  John Bradford, del Hospital Roy Glover, el que era visitado por el Dios de los Metales, el famoso Cóndor de Oro que un indígena logró derrotar cerca donde hoy está la entrada del mineral hace miles de años  según cuenta la leyenda.

Detrás de la Villa Aukahuasi había un pájaro abandonado. Todos los días le convidábamos agua y alimento. Una tarde de julio de 2001 lo fuimos a sepultar al cementerio y contemplamos allí como cientos de tumbas con apellidos  irlandeses, chilotes, ingleses, franceses eran el testimonio del esfuerzo de  hombres y mujeres que soñaron con edificar el paraíso en un lugar llamado Chuquicamata, y donde la logia masónica de ese tiempo delineó los portales del cementerio con cruces y círculos que sólo la inteligencia críptica puede soñar.

Los clubes deportivos eran un epicentro de sueños y alegrías. En ningún lugar se practicó el deporte de esa manera apasionada y fuerte. Hombres y mujeres hacían del tenis, el fútbol, el béisbol, una cotidianidad para respirar y amar.

Con mi perro “Melchor” íbamos a la iglesia los domingos. También visitábamos los sindicatos y la feria donde más de una vez se enamoró de una perrita minera.

Aún recuerdo ese día de abril de 2001 cuando llegamos a sus calles y espacios vacíos. Nuestro primer día en el Colegio Chuquicamata fue una sorpresa. Un Colegio enclavado en el desierto más árido del mundo.

Allí empezó el proyecto escritural y la lectura de todo lo que se había escrito sobre esos territorios, con la mirada tutelar de Héctor Lagos, el escritor del desierto chileno.

Adiós Chuquicamata. La tierra empezará a caer sobre tu cuerpo, el polvo del olvido, sin embargo, no hará desaparecer el juego y la risa de los niños, los fantasmas que habitarán para siempre la plaza, las mujeres con sus atuendos del siglo XIX, los mineros con sus cascos como soldados de una guerra infinita e imaginaria, los cánticos religiosos de todas las creencias, la música de los bomberos, militares, policías, el viaje de las prostitutas, a escondidas, desde Calama a visitar a algún amigo hospitalario, los amantes que se encuentran en un recodo del tiempo, la poesía de los agujeros, el mundo que estará por siempre detenido en tus ojos, por los siglos de los siglos.