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Agosto 18, 2026

¿Somos los chilenos una mala raza?

Es frecuente escuchar entre nuestros compatriotas, obviamente para referirse más a otros que a sí mismos, que los chilenos somos de mala raza o de mala clase. Los epítetos se originan y crecen, con mucha frecuencia, ante las dificultades de consenso y unidad que tanto le cuesta conseguir a los chilenos de  nuestra comunidad residente en Australia. Fenómeno que no solo se repite en otros países del mundo, sino que también al interior de nuestra nación de origen.

Desgraciadamente esto no es nada nuevo. Históricamente el pueblo chileno fue preparado e inducido a pensar en una especie de inferioridad humana por los sectores oligárquicos del país (del griego oligos, pocos y arkhé, gobierno). En efecto, la plutocracia chilena (del griego ploutos, riqueza o preponderancia de la clase rica en el gobierno) se las ingeniaron para que el pueblo se convenciera de esta inferioridad y terminara por ser aceptada como una cuestión cultural.

¿De dónde viene esto y cuando se origina este discurso plutocrático?  Es una pregunta que nos hemos hecho muchas veces y que necesariamente debemos buscar en el  contexto histórico que se produce.

En octubre de 1883 se firma con el Perú el tratado de Ancón, que pone término al conflicto de la guerra del Pacífico y mediante el cual, Perú entrega a Chile la provincia de Tarapacá. En 1884 se firma el tratado de tregua con la otra parte del conflicto, Bolivia, incorporando al país la provincia de Antofagasta. Por otra parte y casi simultáneamente, en 1883, se celebra, en la llamada zona de la Frontera o Araucanía, el último Parlamento entre el gobierno de Chile y el pueblo Mapuche. En representación de éstos últimos, el cacique Venancio Coñoepán decide llegar a un acuerdo con las autoridades del gobierno central. Se funda entonces la ciudad de Temuco y a través de este acuerdo, más  forzado que voluntario, los indígenas del sur son obligados a deponer sus armas y entregar los terrenos que habían defendido sigilosamente  por siglos, frente a los conquistadores españoles.Es decir, al finalizar el conflicto con la Confederación Perú-Boliviana, más la anexión de la Araucanía,  Chile  se  encuentra con extensiones territoriales enormes   que   necesita   poblar urgentemente. Era obvio, como señala el profesor Sergio Villalobos, que “los vacíos demográficos del territorio chileno representaban un peligro para los nuevos propietarios y administradores. Se decía que la baja densidad del país era un escollo para el propósito de ocupación efectiva del territorio. La  idea era no solo traer más gente, sino traer gente mejor. Este fue el inicio del discurso de la plutocracia criolla: mejor gente.

Los sectores oligárquicos deciden entonces instalar Oficinas de Inmigración en Europa para traer  inmigrantes a Chile, los que podrían instalarse en los nuevos dominios adquiridos por Chile a través de la fuerza y con el apoyo económico del imperialismo británico, que había financiado gran parte de la guerra del Pacífico por los intereses económicos que mantenía en la región.

El gobierno de Domingo Santa María, parte de la oligarquía criolla, no se da el trabajo de crear una oficina especializada en asuntos inmigratorios, sino que simplemente decide entregarle esta responsabilidad a la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), antro de señores acaudalados y latifundistas que se sentían dueños del país.

A río revuelto, ganancia de pescadores.
              
La Sociedad Nacional de Agricultura abre sus oficinas en Alemania, Suiza, Italia,  Francia y se crean mecanismos para traer ciudadanos árabes, principalmente de lo que es hoy Jordania y Palestina.  Desde allí empiezan a llegar inmigrantes hacia Chile, a los que generalmente se les entregan tierras y algunos elementos laborales para que inicien la colonización en las nuevas tierras anexadas al país. Hay un meticuloso cuidado de separarlos: a los europeos al sur y a los árabes al norte. Los italianos, con rasgos similares a los árabes, son también destinados al norte. Mientras tanto, algo también para los organizadores de la inmigración. Muchos conspicuos representantes de la oligarquía criolla deciden asignarse, para sí y ante si, territorios en la Araucanía o simplemente establecer comprar fraudulentas, para despojar a la población originaria de los territorios que les pertenecían, miles de años antes que llegaran los españoles a Chile. Todo termina con el enclaustramiento de la población Mapuche en las llamadas “reducciones”.

Chile mientras tanto se subleva. Reclamos, dimes y diretes por la actitud que asumía el gobierno de don Domingo Santa María y su fuerza de choque: La Sociedad Nacional de Agricultura. Muchos chilenos empiezan entonces a reclamar el derecho a ser considerados y a través de protestas y cartas, exigen ser parte del proceso colonizador del sur y del norte. Es aquí cuando se orquesta una maquiavélica campaña publicitaria, cuya finalidad era silenciar las legítimas aspiraciones de ciudadanos “comunes y corrientes” Se busca demostrar que los chilenos son de mala raza o de mala clase. Con discursos apocalípticos y llenos de retórica, se pretende demostrar que el país estaría a punto de sucumbir y permitir que los vencidos se rehicieran de los territorios ganados, con tanto esfuerzo y sangre de chilenos. Se dice: “hay que traer gente más inteligente y más preparada, para asumir esta patriótica tarea de poblar el sur y el norte”.

Es tal el lavado cerebral, que se incluye en textos escolares y con desfachatez inusitada, se enseña que los chilenos son de mala raza y que obviamente hay que mejorarla, con los nuevos e inteligentes inmigrantes europeos. No tengo nada contra los inmigrantes europeos; por el contrario estoy convencido del gran aporte que han hecho al país. Mi abuelo paterno fue uno de ellos, procedente de Suiza en 1887.

Sin embargo, detrás de este discurso apologético sobre la inmigración europea, se esconden los verdaderos intereses de la plutocracia nacional: ser parte del botín de guerra.Se llega a tal extremo que  los hombres y mujeres piensan dos veces antes de  casarse con el vecin@ o el amig@ de juventud , ya que de hacerlo, permitirían mantener la raza. Las mujeres jóvenes eran inducidas a casarse con los nuevos inmigrantes europeos para “mejorara la raza”.

Desgraciadamente el discurso de los grupos dominantes fue tan intenso, que terminó por convencer a los chilenos que realmente eran de mala clase. Se creó entonces una cultura de inferioridad que no tardó en ser aceptada como una situación normal.

Los chilenos del siglo XXI siguen conservando gran parte de esta tradición cultural y generalmente la usan, con un sentido peyorativo, para referirse a sus connacionales. La clase media arribista busca identificarse con el europeo y aislarse, lo más posible, de la “chusma inconsciente”, como la llamara más tarde Arturo Alessandri Palma. El reflejo de esta situación ha quedado interesantemente documentado en la novela de Alberto Bless Gana: Los trasplantados.

¡Qué lástima! Ojalá pudiéramos sacudirnos de este fenómeno cultural y llegar a la convicción de que, como seres humanos, somos iguales a los europeos, asiáticos, africanos o australianos. Solo cuando haya confianza en nosotros mismos, seremos capaces de avanzar y construir.

Repetir estos epítetos, es ubicarse históricamente en el pasado y obviamente en el discurso de los grupos oligárquicos, que continúan viviendo y dirigiendo el país detrás de las bambalinas, con la complicidad de los “concertacionistas renovados”.

 gusmarmon@hotmail.com