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Agosto 18, 2026

A la hora de la muerte

El Pepe Carrasco no quiso quedarse con nosotros esa noche. Apenas se enteró del atentado a Pinochet se fue a la imprenta a consignar el hecho en la portada de nuestra revista Análisis que debía salir después del fin de semana. Se empecinó en cumplir con este afán,  pese a que todos le advertimos que, lo más seguro, era que el iracundo Dictador decretara el estado de sitio y la clausura de los medios de comunicación disidentes.

Desde el taller nos leyó el párrafo que alcanzó a incorporar en esa edición que naturalmente no apareció. Enseguida, optó por irse a su casa para estar con Silvia y sus hijos durante las horas del toque de queda que a esa hora ya se anunciaba. Como era muy habitual, quienes trabajábamos en la Revista concluíamos con un asado en casa de María Olivia Mönckeberg. Ese día, hace 20 años, en dos o tres segundos pudo cambiar abruptamente la historia de Chile si la operación rodriguista hubiera tenido un poco más de suerte o puntería.
 
A eso de las 10 de la noche lo escuché por última vez. Por más que le insistimos en que su vida corría peligro y que era preferible enfrentar juntos esa noche de ira, Pepe insistió en retirarse a su hogar. Había regresado recién dos días antes de Buenos Aires a donde lo conminamos a viajar unos días ante las amenazas anónimas que estaba recibiendo. En esta decisión tuvimos presente, también, las advertencias del propio Dictador, en cuanto a que tenía a algunos opositores “en engorda” para el momento que hubiera que sacrificarlos. “No te preocupes, Juan Pablo, tu sabes que tengo todo estudiado en mi departamento es caso de que me quieran detener…” Y efectivamente recordé una explicación que me diera meses antes en caso de que ello ocurriera: saltaría por una ventana a la terraza de piso inferior y de allí escaparía por una calle trasera. El plan nos pareció, entonces, certero y hasta realista.
 
Sin embargo, esa madrugada la puerta de su casa sería derribada estrepitosamente y en segundos sus verdugos lo obligaron a salir de la cama, apenas cubierto y sin zapatos. “No te los pongas, no los vas a necesitar más…” le gritaron quienes llevaban la misión de cobrarse venganza en las cuatro víctimas que esa noche fueron aprehendidas y acribilladas: Felipe Rivera, Gastón Vidaurrázaga, Abraham Muskablit y el propio José Carrasco. Ahora se sabe que eran más lo que estaban en carpeta o en engorda para ser “ajusticiados” y que tuvieron la suerte, entonces, de que no fueran hallados.
 
Quienes lo vimos tantas veces escapar, enfrentar la represión y urdir tantos derroteros tácticos y estratégicos, jamás hubiésemos apostado a que esa noche el Pepe se entregara tan dócilmente a sus captores, que no atinara a poner en práctica sus planes de fuga y sobrevivencia. Había escapado en Concepción y cuando lo detuvieron en un campo de prisioneros, se las había ingeniado magistralmente para obtener su salvoconducto al exilio. A su retorno, nos consta que siempre anduvo con “cola”, vigilado, desplegando sus destrezas para salvar con vida y ejercer su bello oficio de revolucionario y periodista digno.
 
Claro, esta vez sorprendieron al Pepe en su departamento y enfrente de su mujer y sus hijos Iván y Luciano, a quienes amó tanto como a sí mismo, sus ideas y compromisos.  Nada haría, entonces, para involucrarlos trágicamente en su inminente destino. Esta vez prefirió él escapar hacia la muerte que arriesgar sus vidas. Ya camino al cadalso, nos dicen que el corazón estuvo a punto de estallarle antes que le descargaran las balas y las últimas groserías.
 

Antes de que empezara a vivir para siempre.