Ni el sistema presidencial ni el sistema parlamentario son la solución para la mediocridad política de Chile. Es más, ni siquiera la democracia lo es, por lo menos, en su sentido elitista con el que se viene practicando sin variación desde que lo inventaran los potentados griegos. El mejor sistema de gobierno es el autogobierno de los ciudadanos; la acracia en su sentido exacto. No la anarquía estúpida de Bakunin ni mucho menos la anarquía de los punkies hediondos de la Alameda; sino la acracia tal como la exalta en ciertos momentos el sobrevalorado Noam Chomsky.
Sin embargo, para hacer realidad el autogobierno de los ciudadanos, son necesarios “ciudadanos” a la manera como los imaginaba Kant, esto es: no tan catonianos como los deseaba Rousseau, sino “mentalmente ilustrados”. Pero como lo anticipará el mismo Kant en uno de sus opúsculos: “El hombre está hecho de una madera demasiado torcida como para que salga algo derecho de él”. Sin darse cuenta de su propia autorrefutación, el misógino de Köninsberg dio en el clavo. Para un verdadero autogobierno de los ciudadadanos hace falta algo que es meridianamente imposible (digo meridianamente para que no piensen que soy pesimista). En consecuencia, para la mediocridad humana de hoy, anhelante de paternalismos y de caudillismos trasnochados, ni una asamblea constituyente es la salvación; salvo claro, que esa asamblea sea con los pingüinos del jardín infantil.
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