Como de seguro sabes, y si no lo sabes te lo cuento ahora, Parménides de Elea era un filósofo jeropa que afirmaba que las sensaciones que recibimos del mundo son ilusorias. Parménides apostaba por la afirmación del ser y el rechazo del cambio. El ser es uno, proclamaba, y la afirmación de la multiplicidad que implica el devenir, y el devenir mismo, no pasan de ser meras ilusiones. En otras palabras, quédate donde y como estás y no toques las pelotas. Zenón de Elea le llevaba las de abajo, algo así como Allamand con Daniel López, y para apoyar a Parménides inventó unas cuantas paradojas en plan chanchullo que negaban la existencia del movimiento.
Una de ellas, la de Aquiles y la tortuga, afirma que en una carrera en la que el guerrero le da unos metros de ventaja a la tortuga, Aquiles nunca podrá alcanzarla. Al dar la salida, Aquiles recorre en poco tiempo la distancia que los separaba inicialmente, pero al llegar allí descubre que la tortuga ya no está, sino que ha avanzado un pequeño trecho. Sin desanimarse, sigue corriendo, pero al llegar de nuevo donde estaba la tortuga, esta ha avanzado un poco más, y así, una cantidad infinita de veces. De este modo, Aquiles no ganará la carrera, ya que la tortuga estará siempre por delante de él. Otra versión de esta paradoja al peo es la de la flecha que no llega nunca a su objetivo porque primero tendrá que recorrer la mitad de la distancia, luego la mitad del tramo restante, luego la mitad de lo que falta, repitiendo la mitad de la mitad hasta el infinito, sin llegar jamás a su destino. Durante una conferencia en la que Zenón ponía en duda el movimiento, Diógenes, otro filósofo, pero del género cojonudo, le cerró el tarro gracias a una prueba irrefutable: se levantó y caminó algunos pasos al tiempo que decía “El movimiento, amigos míos, se demuestra andando”. La Concertación y la constitución pinochetera son como la paradoja de Zenón: modificándola de a poquitos, “en la medida de lo posible”, la constitución antidemocrática de la dictadura se eterniza. Nuestros modernos Zenones, como el Allamand del que te hablaba, inventan paradojas para justificar la inmovilidad que favorece a los poderes fácticos. No se le puede faltar el respeto al Tribunal Constitucional dice Zenón Allamand, y olvida decir que ese engendro forma parte del arsenal jurídico antidemocrático creado para defender la misma constitución que se pretende transformar. Como olvida que unos cuantos amigos políticos suyos no son parlamentarios sino gracias a un sistema electoral tramposo heredado del dictador que apoyaron. El líder socialista Camilo Escalona, en una alocución en el Senado, hizo como Diógenes y envió esos razonamientos al mismo sitio en que se pudre la filosofía de Parménides. El discurso de Escalona, sus exigencias democráticas, su combate por imponer la legitimidad que entrega la soberanía popular, equivalen a los pasos que dió Diógenes para demostrar la realidad del movimiento. Y es que cada vez que se abordan elementos esenciales de los derechos ciudadanos, cruje la constitución pinochetera por la simple razón que fue creada para que gente como Allamand y sus secuaces sigan saboteando la democracia que aborrecieron junto a Pinochet. Es cada vez más evidente que existe una abrumadora mayoría ciudadana para abolir el mamarracho legado por la dictadura y darse los medios de generar una Constitución autenticamente democrática. Si Allamand y similares se oponen a la utilización de un plebiscito (que viene del latín plebiscitum: decisión del pueblo) para dirimir estas cuestiones, es precisamente porque temen el resultado, porque la opinión de la mayoría les tiene sin cuidado. Entretanto, la Concertación sigue modificando pasito a pasito, la mitad de la mitad de la mitad, la constitución pinochetera en el marco de la propia constitución pinochetera, lo que le da la razón a Zenón y a su tortuga. Y será así hasta que nos decidamos a recordarle a la UDI, a RN y a algunos seudo demócratas acomodaticios, que el movimiento se prueba andando.
