Emergió como una voz tradicional y de improviso prefirió “seguir buscándole el cuesco a la breva”; entonces trascendió el lenguaje metafórico y el romanticismo conservador, incorporando el lenguaje coloquial a lo que llamó con toda naturalidad: Antipoesía.
Y mostró su talento y carácter innovador :”no se rían delante de mi tumba / porque puedo romper el ataúd / y salir disparado por el cielo”. Y ocurrió nuevamente el fenómeno de la resurrección. Parra… Nicanor Parra, se alzó por sobre el enjambre de poetas melódicos, anclados en el vértigo de sus oleajes emocionales, y transgredió lo sagrado, vulneró la estoicidad de un lenguaje reducido a conceptos de imágenes reiteradas en el amor, en lo onírico, en la descripción del paisaje humano y natural.
“Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne / hasta que vine yo…”, efectivamente, hasta que Parra nos sorprendió con su libro: “Poemas y Antipoemas” (1954), constituyéndose en un hito que demarca la poesía chilena entre antes y después de Parra. Los cultores del Parrianismo se reproducen como parásitos de un árbol que da frutos para alimentarlos de imaginación, ruptura, desenfado, humor crítico : “Estados Unidos / el país donde la libertad es una estatua”.
Y la Antipoesía se consagra, siendo asumida con seriedad por los departamentos de literatura de las universidades de América; mientras ésta continúa burlándose de su rigor investigativo. Y su autor convirtiendo la solemnidad en risa, el ritual en autenticidad.. y la realidad poética cambia.
Nicanor Parra nació en 1914, en un pueblo desconocido cuyo nombre es tan anecdótico como el poeta: San Fabián de Alico, zona agrícola de Chillán, en el seno de una familia de artistas populares. Estudió Física y Matemáticas y ejerció como catedrático en esas especialidades.
En sus inicios su poesía fue evocativa y sentimental; luego de un tiempo inventó un estilo reconocido en occidente, se reveló irónico e iconoclasta de un mundo complejo e irracional, escribe con un lenguaje antirretórico, sencillo, a menudo sorprendente.
Parra tiene 90 años y ha ganado numerosos premios entre los que se destacan, el premio nacional de literatura en 1969, y el Juan Rulfo en 1991, galardón que le reconoce su condición de uno de los poetas más importantes de latinoamerica. Fue postulado al premio Nobel de literatura, pero la academia sueca postergó un sueño que aún es posible alcanzar: “No doy a nadie el derecho. / Adoro un trozo de trapo. / Traslado tumbas de lugar…. / Yo soy un tipo ridículo / A los rayos del sol / Azote de las fuentes de soda / Yo me muero de rabia.
Pero en general, Parra se muere de la risa, se mata de la risa, impreca lo solemne y lo convierte en un discurso racionalmente absurdo, que de tanto, “las risas de este libro son falsas, argumentaran mis detractores…”, pero en realidad son risas de si mismo, risas de la poesía a la que entiende que fue imprescindible su modernización para preservarla en el tiempo.
“Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne / hasta que vine yo…”, efectivamente, hasta que Parra nos sorprendió con su libro: “Poemas y Antipoemas” (1954), constituyéndose en un hito que demarca la poesía chilena entre antes y después de Parra. Los cultores del Parrianismo se reproducen como parásitos de un árbol que da frutos para alimentarlos de imaginación, ruptura, desenfado, humor crítico : “Estados Unidos / el país donde la libertad es una estatua”.
Y la Antipoesía se consagra, siendo asumida con seriedad por los departamentos de literatura de las universidades de América; mientras ésta continúa burlándose de su rigor investigativo. Y su autor convirtiendo la solemnidad en risa, el ritual en autenticidad.. y la realidad poética cambia.
Nicanor Parra nació en 1914, en un pueblo desconocido cuyo nombre es tan anecdótico como el poeta: San Fabián de Alico, zona agrícola de Chillán, en el seno de una familia de artistas populares. Estudió Física y Matemáticas y ejerció como catedrático en esas especialidades.
En sus inicios su poesía fue evocativa y sentimental; luego de un tiempo inventó un estilo reconocido en occidente, se reveló irónico e iconoclasta de un mundo complejo e irracional, escribe con un lenguaje antirretórico, sencillo, a menudo sorprendente.
Parra tiene 90 años y ha ganado numerosos premios entre los que se destacan, el premio nacional de literatura en 1969, y el Juan Rulfo en 1991, galardón que le reconoce su condición de uno de los poetas más importantes de latinoamerica. Fue postulado al premio Nobel de literatura, pero la academia sueca postergó un sueño que aún es posible alcanzar: “No doy a nadie el derecho. / Adoro un trozo de trapo. / Traslado tumbas de lugar…. / Yo soy un tipo ridículo / A los rayos del sol / Azote de las fuentes de soda / Yo me muero de rabia.
Pero en general, Parra se muere de la risa, se mata de la risa, impreca lo solemne y lo convierte en un discurso racionalmente absurdo, que de tanto, “las risas de este libro son falsas, argumentaran mis detractores…”, pero en realidad son risas de si mismo, risas de la poesía a la que entiende que fue imprescindible su modernización para preservarla en el tiempo.
