Detrás del áspero debate entre Escalona y Allamand persiste una realidad: no todos los patrones abusan de sus trabajadores, pero tampoco la capacidad generadora de empleos lleva a quienes la detentan a una especie de santidad social, como parecen creerlo algunos defensores de la economía de mercado.
Como en los comienzos de los años 70, Camilo Escalona y Andrés Allamand volvieron a enfrentarse, ahora como miembros del Senado de la República. Cuando eran estudiantes secundarios, ambos lideraron las facciones en que se dividieron los pingüinos de la época, una que respaldaba al gobierno de la Unidad Popular, y la otra que le hacía una feroz oposición. Escalona era militante socialista y Allamand miembro de la juventud del partido Nacional, que lo sacó del colegio Saint George, para “atrincherarlo” en el liceo José Victorino Lastarria. Junto a ellos actuaron también los democratacristianos Guillermo Yunge y Miguel Salazar, pero éstos quedaron en el camino de la transición a la democracia.
El martes en el hemiciclo, los actuales senadores por cada una de las dos circunscripciones en que se divide la Décima Región reverdecieron sus jóvenes laureles. Volvieron a ser los aguerridos dirigentes que se habían desdibujado en la política de los consensos, de las transacciones durante la transición. Escalona había decidido, a partir de 1990, ponerse a la altura de los requerimientos del Estado y de la gobernabilidad del país. Pese a representar la línea más izquierdista de su partido –al igual que Michelle Bachelet- decidió deponer sus urgencias ideológicas y se convirtió en leal sustentador de los gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos. Desde la vereda derecha, Allamand cruzó hasta el medio de la calle tanto como pudo, lidiando con los conservadores de su lado y fraguando entendimientos para reformar la Constitución, a fin de terminar con los senadores designados y corregir el sistema electoral binominal.
Hoy, Camilo Escalona es de nuevo presidente de su partido, saltó desde la Cámara Baja al Senado y está en la primera línea de influencia sobre la Presidenta y así, por lo demás, se lo ha hecho ver a ésta, celosamente, la jefa decé Soledad Alvear. Como antes, el socialista actuó en consecuencia y dio un golpe de timón ante los devaneos de los diputados que querían avanzar en la agenda valórica, estableciendo, ante la reacción de los democratacristianos, que prefería preservar la Concertación antes que legislar sobre la eutanasia. Allamand, quien fue una vez diputado, ha formado, ahora como senador, dupla con Pablo Longueira, su antiguo contradictor de la UDI, para promover el Partido Popular de la derecha y oponerse a ciertos acápites de la reciente ley de subcontratación. Parece que estimó que la política de los consensos llegó a extremos como el de canonizar a Lagos y pidió a los empresarios no hacer lo mismo con Bachelet. Más sintomático aún, Allamand ha reculado en sus posiciones sobre el binonimal y ahora ya no está disponible para reformarlo. Facilitó con esto las acusaciones de sus adversarios de que él es prácticamente un senador designado, pues corrió sin un compañero de lista, realzando así el vicio de falta de competitividad en que cae el sistema. “El no le ha ganado a nadie”, recordó el presidente de la CUT, Arturo Martínez, aludiendo también a que cuando compitió en la anterior senatorial por Santiago Oriente llegó cuarto. (En la misma oportunidad, Escalona también tuvo un fallido primer intento por llegar a la Cámara Alta, pero por Santiago Poniente).
El áspero debate entre el senador socialista y el de Renovación Nacional se salió de su tenor original: la denuncia de los abusos que cometen contra los trabajadores empresas tanto privadas como públicas, acudan o no al mecanismo de la subcontratación. El acento se puso en el grueso calibre de las palabras usadas por Escalona para referirse a quienes incumplen las leyes laborales. Chupasangres, explotadores y vampiros suenan efectivamente como ecos de la época de la Unidad Popular, pero eso no significa que esos especímenes se hayan extinguido. En el ardor de su autodefensa, Escalona llegó a tildar de poder fáctico al Tribunal Constitucional, en circunstancias de que éste, en su conformación actual, fue parte de una reforma a la Carta Fundamental que el oficialismo acudió a sancionar en pleno, con Ricardo Lagos a la cabeza.
El martes en el hemiciclo, los actuales senadores por cada una de las dos circunscripciones en que se divide la Décima Región reverdecieron sus jóvenes laureles. Volvieron a ser los aguerridos dirigentes que se habían desdibujado en la política de los consensos, de las transacciones durante la transición. Escalona había decidido, a partir de 1990, ponerse a la altura de los requerimientos del Estado y de la gobernabilidad del país. Pese a representar la línea más izquierdista de su partido –al igual que Michelle Bachelet- decidió deponer sus urgencias ideológicas y se convirtió en leal sustentador de los gobiernos de Aylwin, Frei y Lagos. Desde la vereda derecha, Allamand cruzó hasta el medio de la calle tanto como pudo, lidiando con los conservadores de su lado y fraguando entendimientos para reformar la Constitución, a fin de terminar con los senadores designados y corregir el sistema electoral binominal.
Hoy, Camilo Escalona es de nuevo presidente de su partido, saltó desde la Cámara Baja al Senado y está en la primera línea de influencia sobre la Presidenta y así, por lo demás, se lo ha hecho ver a ésta, celosamente, la jefa decé Soledad Alvear. Como antes, el socialista actuó en consecuencia y dio un golpe de timón ante los devaneos de los diputados que querían avanzar en la agenda valórica, estableciendo, ante la reacción de los democratacristianos, que prefería preservar la Concertación antes que legislar sobre la eutanasia. Allamand, quien fue una vez diputado, ha formado, ahora como senador, dupla con Pablo Longueira, su antiguo contradictor de la UDI, para promover el Partido Popular de la derecha y oponerse a ciertos acápites de la reciente ley de subcontratación. Parece que estimó que la política de los consensos llegó a extremos como el de canonizar a Lagos y pidió a los empresarios no hacer lo mismo con Bachelet. Más sintomático aún, Allamand ha reculado en sus posiciones sobre el binonimal y ahora ya no está disponible para reformarlo. Facilitó con esto las acusaciones de sus adversarios de que él es prácticamente un senador designado, pues corrió sin un compañero de lista, realzando así el vicio de falta de competitividad en que cae el sistema. “El no le ha ganado a nadie”, recordó el presidente de la CUT, Arturo Martínez, aludiendo también a que cuando compitió en la anterior senatorial por Santiago Oriente llegó cuarto. (En la misma oportunidad, Escalona también tuvo un fallido primer intento por llegar a la Cámara Alta, pero por Santiago Poniente).
El áspero debate entre el senador socialista y el de Renovación Nacional se salió de su tenor original: la denuncia de los abusos que cometen contra los trabajadores empresas tanto privadas como públicas, acudan o no al mecanismo de la subcontratación. El acento se puso en el grueso calibre de las palabras usadas por Escalona para referirse a quienes incumplen las leyes laborales. Chupasangres, explotadores y vampiros suenan efectivamente como ecos de la época de la Unidad Popular, pero eso no significa que esos especímenes se hayan extinguido. En el ardor de su autodefensa, Escalona llegó a tildar de poder fáctico al Tribunal Constitucional, en circunstancias de que éste, en su conformación actual, fue parte de una reforma a la Carta Fundamental que el oficialismo acudió a sancionar en pleno, con Ricardo Lagos a la cabeza.
Traer otros puntos controversiales a la discusión puede ser un acto de consecuencia, pero resulta más eficaz centrarla en el que la originó: la intangibilidad que la derecha quiere otorgar al concepto de empresa, de modo que a ésta no se la pueda tocar como pilar de la economía de mercado, y muy particularmente en el ámbito de las negociaciones sindicales. Es cierto: no todos los empresarios abusan de sus trabajadores, pero tampoco la capacidad de generación de empleos lleva a quienes la detentan a una especie de santidad social, como parecen creerlo algunos propagandistas del modelo imperante.
