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Agosto 18, 2026

Información periodística y minorías

El titulo de este artículo nos lleva indefectiblemente a pensar en los grupos minoritarios de nuestras sociedades y que los tópicos los hacen fácilmente identificables. Si estamos en España, ¿quién no piensa en los gitanos, o en los “moritos” que cruzan el Estrecho en frágiles embarcaciones para escapar de sus miserias, atraídos por las miserias del mundo desarrollado?. Si nos instalamos en Chile, ¿dejaríamos de pensar en los mapuches marginados social y territorialmente, o en los inmigrantes ecuatorianos, peruanos o bolivianos, cuya imagen representativa la proyectan aquellos que ven pasar los días a un costado de la Catedral?.

Si nos ubicamos en Estados Unidos, ¿no nos imaginaríamos a los descendientes de los cheyenes -por citar alguna tribu- que desde las grandes praderas de Minnesota y Dakota, han sido reducidos a pequeñas reservas de Oklahoma y Montana?.

Podríamos estar mucho tiempo citando grupos étnicos, religiosos, raciales u otros tantos instalados en la marginalidad, como un ejemplo de lo que entendemos por minorías, de acuerdo con los conceptos habituales y tradicionalmente aceptados por la sociedad actual. Y, en efecto, lo son. Pero, porque se trata de grupos sometidos, marginados, a los cuales no se les reconoce mayor virtud que la de servir para los trabajos que nadie quiere realizar. Incluso, muchas veces se les considera un estorbo, casi una ofensa para la sociedad…y, como decimos, se les margina.  En definitiva, no tienen oportunidades -o las mínimas-, no se les permite pensar y, menos aún, expresarlo.

Cuantitativamente, ¿cuántos son tales  marginados? ¿Cuántos los sometidos, los explotados, los reducidos en inhóspitas regiones?. Respondiéndonos esas preguntas, nos formulamos entonces la siguiente: ¿de qué minorías estamos hablando?

Entendemos que al plantearnos esto de las minorías y la información periodística, nos deberíamos referir a los que no tienen voz, a los que los medios de comunicación no hacen referencia, a los que, en definitiva, no tienen esos medios de comunicación. Hablamos de los antes descritos, pero también de quienes se esforzaron por ayudarles. Hablamos del llamado cuarto mundo, el de los voluntarios, de las ONGs. De los que no son noticia y, sin embargo, son los receptores de una permanente acción informativa. Si nos detenemos a pensar un poquito, nos estamos refiriendo a una minorías muy mayoritarias en el mundo entero.

Los avances tecnológicos están llegando a extremos sorprendentes. La globalización de la información permite conocer un hecho noticioso simultáneamente en cualquier lugar del mundo, en tiempo real. Las distancias se acortan, el mundo se achica. El mensaje circula por el orbe con mayor rapidez que el rayo. Cualquiera puede tener acceso a esa información…pero no cualquiera puede emitirla.

Porque, ¿a quiénes pertenecen estos medios tan modernos?¿Cuál es la calidad de su mensaje?

La moderna tecnología que abunda en las comunicaciones de hoy está en manos sólo de unos cuantos. Y el mensaje de esos cuantos es el que circula por la red. Por lo tanto, el papel del periodista se reduce. Las grandes cadenas casi no compiten entre si en cuanto al sentido de sus mensajes, sino en la forma de presentarlos. Es una competencia por el mercado. Casi exclusivamente comercial.  Por eso se investiga para ser los primeros en llegar, para ser los más novedosos, para cautivar a la gente. En definitiva, para hacer más efectivos sus intereses de grupo.

Además, en la intención de manipular la sociedad, en un sentido político y sociológico, también existen grupos más pequeños de control de los medios de comunicación. En los distintos países, como forma de captar y someter voluntades, existen pequeñas cúpulas con el objetivo final de poder conformar minicadenas de medios de comunicación.  Los profesionales de la comunicación, en estos casos, se ven enfrentados entonces a tres tipos de censura: la censura previa, que es la más coercitiva y donde opera la arbitrariedad de quien ejerce el poder;  la censura represiva, que es la que está registrada en leyes dictatoriales para “regular excesos”;  y la más peligrosa de todas, la autocensura, que llega a tener mayor relevancia en el ejercicio periodístico, puesto que se mueve en el campo de lo subjetivo. Es la acción del prejuicio del profesional, por temor, por dudas o por simple comodidad.

Los norteamericanos han desarrollado (o nos han vendido) la teoría de que debería existir una relación directa entre los temas destacados en los medios de comunicación y los intereses del público medio. En una cuestión de simple lógica, ¿cómo se llega a establecer el interés del público? ¿Cómo se llega a desarrollar sus preferencias? ¿Cómo y quién inculca esos valores?.  Es indiscutible que los medios de comunicación de masas fuerzan la atención hacia ciertos temas, construyen las imágenes públicas que les interesa destacar. La selección y jerarquización informativa obedece a un cuadro preconcebido, basado en los intereses de los propietarios de los medios.

Son palabras sin duda provocadoras. Provocadoras hacia nosotros mismos, los periodistas, para sacudirnos de estos aspectos evidentemente magnificados con el único fin de reflexionar sobre nuestra profesión, sobre los mensajes que transmitimos, sobre nuestro papel ante los efectivos avances de la tecnología…y sobre todo, para reflexionar sobre quiénes, en realidad, son las minorías. Sobre nuestra sociedad.

No se trata de una trivialización de un asunto muy serio.Se trata de llamar la atención ante lo que consideramos un grave peligro para la humanización de la comunicación, para la socialización de los mensajes. En definitiva, un grave peligro para la tan manoseada libertad de expresión. Ese peligro lo constituye la concentración de los medios de comunicación en manos de poderosos grupos de comunes intereses, cuyos esfuerzos por achicar el mundo, por globalizar sus mensajes, agravan aún más los problemas de las minorías. Son ellos los que -en verdad- trivializan situaciones graves, que frivolizan con la jerarquización informativa.

Baste recordar los titulares de los medios de comunicación tradicionales que imperan en  el mundo: cuestiones triviales, de menor cuantía.  Aunque no oculten los asuntos grandes que conmueven, si escarbamos un poquito, veremos que los usan como el azúcar para tragarse las otras píldoras, las somníferas, las  de la desmovilización. En definitiva, las de la manipulación. Porque estamos viviendo una crisis de valores, una jerarquización errónea de las noticias, una valoración inhumana de los hechos. Porque es eso justamente lo que les interesa a los grupos de control: adormecer a las minorías enormemente mayoritarias