El golpe de Estado, dirigido por Estados Unidos y apoyado indirectamente por Chile, que colocó en el poder al patrón de patrones, Pedro Carmona, le significó a Chávez una nueva oportunidad para volver al Palacio Miraflores, en gloria y majestad. Posteriormente, el retiro de la oposición en el plebiscito revocatorio le aseguró el triunfo y el poder por largo tiempo.
Por el contrario, hay presidentes de pésima suerte: Pedro Montt ganó, en 1905, con el apoyo unánime de lo más granado de la intelectualidad crítica chilena, como Alejandro Venegas, (Julio Valdés Canje), Luis Emilio Recabarren, Enrique Molina y Tancredo Pinochet, entre los más connotados. Según Joaquín Edwards Bello, Pedro Montt era morenito, taciturno cual sepulturero, inteligente y estudioso y muy avaro; su mujer, Sarita del Campo, muy bella, le ponía el gorro, día y noche, en una pieza del hotel Oddó, el más conocido de Santiago en esa época, con el pije senador porteño Guillermo Rivera. Al poco tiempo, en 1906, un terremoto destruyó Valparaíso. En ese mismo año se desató una crisis especulativa en la Bolsa de Comercio; en 1907, su gobierno se manchó con sangre en la matanza de Santa María de Iquique; en mayo de 1910 murió en Argentina su secretario, aplastado por un ascensor y, por último, se lo llevó la muerte en Bremen, en agosto de ese mismo año.
Tienen muy buena suerte los resucitados Eduardo Frei Jr. y Alan García: después de haber hecho pésimos gobiernos, el primero se transforma en el mejor consejero de Michelle Bachelet, presidente del senado y, además, en profeta de la energía atómica e hidráulica, cuando fue él quien compró el gas al tata Carlos Menem; el segundo, por descarte, es adorado por la derecha peruana, convirtiéndose en un salvador de este país –que está más rico que nunca –pero que campea la injusticia -; el profesor Ricardo Lagos es otro afortunado: empezó catastróficamente su gobierno y tiene, actualmente, un 75% de apoyo popular. No será que a los borregos les encanta que los gritoneen, aplicándoles “garrote y zanahoria” muy bien racionados.
Sin embargo la diosa Michelle, que es todo amor, dulzura y simpatía, apenas logra el 46% de apoyo en su gestión. ¿No será que tiene mala suerte o está mal acompañada por tanto personaje de la casta política? Como cenicienta, apenas sonó la campana de las doce de la noche, la abandonó el príncipe azul de la popularidad y volvió a ser dominada por sus envidiosas hermanastras. Sus ministros han hecho el loco uno tras otro: el chico Zaldívar no se la pudo y ahora está picadísimo; la Viviane Blanlot mete la pata, desde Haití hasta la Casa Blanca. A Lagos Weber se le molió el plátano que llevaba en la mochila y huele a zorrillo y para nada le sirve hacerse el “lolo”. ¿Por qué Atenea abandonó a nuestra diosa? ¿No será envidiosa como la Chol Alvear y la quiere conducir a la isla de las sirenas? ¿Será que no vuelva, como Ulises, a la Itaca de La Moneda, donde, al parecer, no hay ningún “Penélope” que le teja chalecos? No sé cómo terminará esta “odisea”, si Michelle, como Ulises, eliminará a flechazos con los pesados pretendientes políticos, volviendo a los brazos de su amado pueblo, o será una reina más de esta oligárquica Concertación.
Rafael Luis Gumucio Rivas
