En la reciente Cumbre de Viena los líderes europeos hicieron un llamado a Chile para que intensificara su influencia en América Latina. Este país es para ellos el ejemplo a seguir por sus políticas económicas y sociales y el modelo al que debiera mirarse para superar la pobreza y la exclusión. Pero mientras Michelle Bachelet se convertía en la novedad de la reunión eurolatinoamericana, en Chile las fuerzas políticas que copan las instituciones representativas daban una muestra más de lo rezagadas que están en la formulación de políticas socio-culturales. Una moción presentada por un puñado de diputados socialistas y del PPD para legislar sobre la eutanasia provocó un estallido de intolerancia digna de las comunidades más retrógradas, y no de una que es vista a la vanguardia por las naciones desarrolladas.
Todas las razones que se esgrimieron en contra de admitir el proyecto a trámite legislativo se fueron desmoronando con el correr de los días y eso es lo que explica que la censura a la mesa de la Cámara de Diputados no prosperase. Más allá de que el ministro del Interior tuviese que bajar al ruedo partidista y la presidenta de la DC cambiarse de hemiciclo, para marcar a sus diputados, varios de éstos, muy enardecidos al comienzo, se dieron cuenta de que habían llevado sus amenazas demasiado lejos, al cuestionar la permanencia misma de la Concertación. Sólo cuatro de ellos, incluidos tres del núcleo duro del adolfismo, aceptaron votar en blanco en vez de sumarse a favor de la operación de las bancadas de derecha, confirmando así que están dispuestos a hacerle difícil la gestión a Soledad Alvear.
Para este juego cuentan con un terreno muy abonado: la epidermis decé está muy sensible frente a los aliados progresistas, porque sienten que ellos se quieren comer al partido que otrora detentara la Presidencia de la República y la mayoría en el Parlamento. Y como en los temas valóricos, como se les llama, las facciones internas coinciden plenamente, no les resulta difícil enarbolar una bandera común. Tanto así que a dos meses de instalada la comisión de bioética por la directiva anterior, la nueva mesa decidió crear otra sobre asuntos valórico-culturales, de modo de enfrentar adecuadamente las embestidas de los socios más radicales sobre la eutanasia pasiva y activa, el aborto terapéutico, los matrimonios homosexuales y el genoma humano.
Lo mejor de este artillamiento decé es que se se reconoce explícitamente la necesidad de participar en un debate ciudadano que trasluce porfiadas mutaciones sociales. En el episodio de la eutanasia no se trataba de estar o no a favor de ella, sino del deber que tienen las corrientes de opinión de debatir en el Parlamento –y no sólo fuera de él- los temas que estén en la agenda social, aunque no en el programa de gobierno de la coalición en el poder. Menos comprensible resulta tanta intolerancia si se tiene en cuenta que en ambas cámaras prima una mayoría conservadora suficiente para echar abajo, con la confluencia de los votos de la derecha y la DC, los afanes disruptivos de unos parlamentarios que rehusan quedar rezagados respecto del sentir de los ciudadanos. Ellos no están dispuestos a pagar el precio de inhibir su progresismo por mantener la Concertación, como sí lo está el jefe socialista Camilo Escalona.
Este líder partidario quedó salpicado por la negativa de los diputados pro-eutanasia de retirar su proyecto, como entendió él que lo exigía el bien común concertacionista. Fue una actitud que debió asimilar también la presidenta de la Democracia Cristiana, con éxito y empuje hasta ahora. Pero Escalona creyó oportuna la ocasión del Mensaje presidencial del 21 de mayo para remarcar que no puede haber dos agendas paralelas, una del gobierno y otra de los partidos que lo apoyan, porque el cúmulo de tareas señaladas por Bachelet es tal, que hay que concentrar energía, tiempo e imaginación en la tramitación de los proyectos que unen al oficialismo.
La derecha halló, a su vez, propicia la oportunidad para remarcar la ausencia de esos temas en la cuenta de la Jefa de Estado. No hay que ser muy suspicaz para pensar que tal omisión no sólo fue deliberada porque no están en su Hoja de Ruta, sino por responder a una realidad calibrada durante la campaña electoral: este es un gobierno de coalición y sólo impulsará iniciativas en que haya consenso interno, por lo que no avivará las discrepancias legítimas entre los dos humanismos que conviven en el oficialismo.
Una cosa muy distinta es que el Congreso se limite a actuar como mero buzón del Ejecutivo y tramite sólo los proyectos que a éste le interesen. Ya está muy deteriorada la función parlamentaria ante el fuerte presidencialismo chileno para que los representantes del pueblo inhiban aún más su derecho –y deber- de iniciativa, aun cuando sus mociones no tengan mayor futuro sin el patrocinio gubernativo.
En un reciente estudio titulado “La Política de las Políticas Públicas”, el Banco Interamericano de Desarrollo califica al Congreso chileno como uno de los más confiables de la región. Pero algunos episodios de los últimos días sugieren que tal distinción está puesta en jaque constantemente. Y no sólo por efecto de los sistemas presidencial y de partidos -como se dijo durante el lanzamiento del libro del BID-, sino por cierto renunciamiento de los propios parlamentarios, que algunas veces han votado sin entender bien las materias sobre las que se pronuncian. Por ejemplo, cuando el Senado resolvió pedir suma urgencia al Gobierno para legislar sobre situaciones como la de los mapuches que hicieron una pausa condicionada en su huelga de hambre, los legisladores de derecha concurrieron al acuerdo unánime por distracción: ahora dicen que el colega socialista Alejandro Navarro los tomó por sorpresa. El almirante Arancibia reconoce que escuchó su propuesta, no así la senadora Matthei. Ella fue, con su notebook la precursora del uso del computador en el hemiciclo, ahora todos tienen instalado uno en sus pupitres. La publicitada anécdota del senador Pedro Muñoz que se aburrió, según confesó, al final de los alegatos por la subcontratación y se puso a navegar por la web, fue una pincelada de modernidad para un paisaje en que no faltaban los que leían el diario y priman los parlamentarios hablando por celular. Tal vez estas actitudes y falencias contribuyan a explicar por qué algunos congresistas no quieran o se sientan preparados para debatir sobre un tema tan complejo como el de la eutanasia.
