La lucha por la soberanía en Bolivia

Evo Morales fue elegido presidente de la Republica de Bolivia el 5 de diciembre del 2005. Fue el candidato del MAS, Movimiento de Acción por el Socialismo, y desde hacía varios años, el principal dirigente sindical de los cocaleros.  Según relató en una conferencia que dio en Paris, cuando fue recién elegido, en enero de este año, el nombre original de su organización era el de “Partido por la Soberanía”.

Sin embargo, la solicitud de inscripción del partido con ese nombre fue rechazada varias veces y existía el riesgo de no poder participar   en los comicios de 1999.  Entonces, recibieron el ofrecimiento de un abogado, fundador de un partido inscrito que tenía muy escasos militantes, éste era el MAS, y todo el movimiento de Morales ingreso a dicho partido.


Los obstáculos de inscripción partidaria, provenían, básicamente, del nombre del partido, cuyo objetivo evidente era alcanzar la soberanía, y mostraron el rechazo que producía el tema en las elites políticas bolivianas, pero también a Estados Unidos.

Como se sabe, los gobiernos de esa nación siempre han criticado y temido a “el nacionalismo latinoamericano”.

Actualmente, exigen a las naciones latinoamericanas renunciar a sus intereses nacionales  y continentales en nombre de los mitos de la globalización neoliberal que favorece sus intereses nacionales.

Consecuentemente, el 22 de junio 2002, por intermedio de su embajador en La Paz, Manuel Rocha, hicieron saber que suspenderían toda ayuda a Bolivia si Evo Morales ganaba.

Afortunadamente, los electores bolivianos no se dejaron amedrentar. Paralelamente, las agencias de noticias estadounidenses y los medios de comunicación en muchos países presentaron a Morales como un jefe narco  cocalero, puesto que defendía el cultivo tradicional de la hoja de coca que los norteamericanos querían erradicar.

Conviene recordar, que hace algunos años que el gobierno y las empresas trasnacionales tampoco querían

que los campesinos mexicanos  cultivaran maíz, pues según decían, era mejor hacerlo en California, y los mexicanos debían dedicarse a producir  fresas y flores. Las hojas de coca y el maíz están íntimamente unidos a la identidad, a la mitología, y a los sentimientos de esos pueblos. Estos símbolos son combatidos y destruidos, pues son también una expresión de soberanía.

El 18 de julio del 2004, se realizó el referéndum sobre la propiedad de los hidrocarburos del subsuelo boliviano, y  el 21 de octubre del 2004, el congreso aprobó  una ley aumentando su impuesto a la producción de  metales, lo que aumenta notablemente  las divisas del Estado boliviano. Morales fue unos de los principales líderes en estas luchas, y tiene proyectadas otras manifestaciones de soberanía que suscitan una agitación extrema en sus opositores.

Hace 26 años el General Torres se confrontaba también con problemas de soberanía en relación con las riquezas del subsuelo boliviano, y pagó con su vida el intento de defenderlas. El 2 de junio de 1976 el ex presidente de Bolivia Juan José Torres fue encontrado debajo de un puente en San Andrés de Giles, al noreste de Buenos Aires, Argentina, con tres balas en la nuca. Estaba exiliado en Argentina y era perseguido, entre otros, por la dictadura de Hugo Banzer.

 Para comprender su asesinato, debemos examinar el contexto de la época fines de los años sesenta en el ejercito boliviano surgieron movimientos que aspiraban a cambios sociales y a distanciarse  de la omnipotencia de Estados Unidos . Estos militares apoyaron al gobierno de Alfredo Ovando Candía quién tenia como ministro de Minas y Petróleo a Alfredo Quiroga Santa Cruz, quién nacionalizo La Gulf Oil Company en octubre de1969.  Torres era Comandante en Jefe del Ejército y apoyó la medida de Quiroga, ocupando las instalaciones de la Gulf.  Como cabía esperar, el 10 de Julio del 1970, fue depuesto de su cargo de comandante y Quiroga obligado de dejar el Ministerio de Minas. Posteriormente, el ex ministro fue asesinado por la dictadura de García Meza, llamada de los narco dólares. Esta fue apoyada por cómplices argentinos que transportaban clandestinamente armas en avionetas de fumigación desde el Perú, en 1980 .

El 7 de octubre de 1970, después de un levantamiento militar de derecha conducido por el general Rogelio Miranda que llevó a Ovando a constituir una junta militar que duró sólo un día, y luego de un conjunto peripecias que terminaron con una huelga general, Torres tomo el poder con la intención manifiesta de constituir un gobierno realmente boliviano y popular. Cumpliendo con su palabra tomó decisiones que exasperaron a sus adversarios, como por ejemplo, la nacionalización de las minas  de zinc que estaba en manos de una empresa estadounidense, la International Minning Procesing Corporation.

Se dictó un decreto que estableció el derecho absoluto de Bolivia sobre sus reservas minerales, pero lo peor, y  lo que selló el trágico destino del presidente, fue el asunto de las minas de fierro y manganesio de El Mutum Urucum en el sudeste de Bolivia. El gobierno de Estados Unidos, como siempre, salió a defender las empresas de sus connacionales. Inició un severo bloqueo económico con la supresión de los prestamos del BID y del Banco Mundial. Al mismo tiempo, su embajador en Bolivia, Ernest Siracusa, -funcionario de la CIA que participó en la invasión de Guatemala en 1954-, intentó sobornar al presidente Torres para que  abandonara su política. Este los rechazó absolutamente.

Estos hechos fueron relatados por la periodista italiana Stella Calloni en su obra Operación Condor, pacto criminal. Las minas de El Mutum están entre las mas importantes del mundo, con reservas de cuarenta millones de toneladas de metal de alta ley. Argentina y Brasil estaban interesados en explotarlas. Bolivia por su parte, siendo un país pobre, no poseía los medios económicos para instalar una usina siderúrgica y estaba obligada de aceptar financiamiento extranjero.

Los militares argentinos, con la esperanza de explotar  los minerales de El Mutum, habían hecho construir un gigantesco complejo siderúrgico en las orillas del Río de la Plata. “Esta esperanza, en esa época, parecía natural: Bolivia tradicional, minera y pobre, aquella de las altas planicies desérticas del Altiplano y de las grandes familias oligárquicas, formaba parte históricamente de la zona de influencia política, económica y cultural de Argentina.

El eje que orientaba la Bolivia de entonces era la ruta histórica del Desaguadero que atravesaba el país entre los dos polos económicos, y comerciales: el puerto de Lima en el norte, el puerto de Buenos Aires en el sur”, escribe Hubert Lafont [1] . Las riquezas de Bolivia ya no se encontraban en la cordillera sino en la región de Santa Cruz, cuyos habitantes vivían alejados de la Bolivia tradicional y se encontraban cerca de la frontera brasileña.

Los militares brasileños si bien no tenían necesidad de los minerales, pues Brasil era en 1975 el cuarto país productor de  acero en el mundo, codiciaban El Mutum por razones estratégicas:  la economía boliviana habría quedado bajo su influencia.”Los militares brasileños hicieron construir rutas y vías férreas, prestaron capitales para que los bolivianos de Santa Cruz les compraran equipos agrícolas, granos y fertilizantes; enviaron colonos para ayudar a  poblar la región y querían absolutamente sustituir el eje norte-sur tradicional por el eje este-oeste: la famosa recta Santos- Arica “[2].  Por otra parte, esta operación les permitiría cumplir los compromisos y alianzas que habían contraído con las firmas transnacionales de los Estados Unidos :el Brasil les cedía sus ventajas y riquezas a cambio de ser “el destinatario privilegiado de las inversiones, el socio principal de su comercio, el polo a partir del cual organizaran los planes de ocupación, integración y explotación de la región”. [3]

Los dos países interesados por el mineral hicieron múltiples gestiones para obtener la explotación de la mina. En agosto de 1971, los brasileños propusieron acuerdos comerciales y pidieron la concesión. El presidente Torres aceptó los acuerdos, pero se negó a entregarles el yacimiento.

Algunos días después anunciaba que la Unión Soviética concedería a Bolivia un crédito de 200 millones de dólares para la construcción de una usina siderúrgica en El Mutum. El general Banzer dió un golpe de estado dos días después. Los rivales se pusieron de acuerdo. Banzer fue apoyado por los militares argentinos que eran sus amigos, y por las tropas de la Falange de Santa Cruz estrenadas y financiadas por el Brasil. El general Torres se exilió  en Chile, donde su vida peligraba, y luego se trasladó a Buenos  Aires donde lo asesinaron algunos años más tarde, durante  el gobierno de Banzer, de Videla y de Pinochet, en pleno auge del  delirio político criminal del plan Cóndor.

Los asesinos quedaron impunes, pero este crimen tiene tres firmas que identifican, no la mera mano ejecutora, pero sí, la de los que lo encargaron. Un balazo en la nuca hubiese sido suficiente, sin embargo fueron tres; ésta es la rubrica de la Triple A, la Alianza  Anticomunista Argentina fundada por José López Rega, secretario de Perón y eminencia gris del gobierno de Maria Estela Martínez, alias Isabelita. Los tres balazos representan también los tres Estados que Torres se negó a servir,  y que se aliaron para dar una lección a todos “los giles”  que no siguen la ley “del medio”, es decir, que no se dejan sobornar y quieren defender la soberanía de su país. Esta tercera firma es el puente San Andrés de Giles.

La soberanía que defendía Torres y la que  Evo Morales quiere realizar, actualmente, es la misma. El contexto histórico  ha cambiado, el Cóndor, metamorfoseado, ya no llama comunistas a sus presas, las denomina terroristas  o narcotraficantes. Estos epítetos los usa el predador cuando se prepara a lanzarse  sobre el petróleo, los minerales, el gas, la agricultura, las hojas de coca y otros alimentos que desea poseer,  y cuya posesión considera que le corresponde  de acuerdo a “su destino manifiesto”, al sentido de la  historia, del progreso, de sus intereses y de Dios, el cual  como dice Bush, está con Estados Unidos..


[1] « Des canons et du beurre », Revue Critique, aout-septembre 1977, Paris

 

[2] Idem

[3] Idem