Esta es la segunda –privilegiada– ocasión en que me toca vivir para observar el estallido de una revolución espontánea, esa especie única de fenómeno social en el que la historia, como decía Marx, se concentra y acelera su paso. Se trata de un momento especial donde se conjugan los sentimientos, las causas, los agravios, los deseos, la furias y las esperanzas que habían estado sumergidas, se desatan en una gran oleada que busca el cambio súbito del orden establecido. Como las avenidas de un gran río, esas revueltas arrastran a su paso todo lo que encuentran, pero algunas, si vencen, son capaces de abrir nuevos cauces hacia terrenos más seguros. Nadie sabe cuándo o cómo van a comenzar. No son inevitables, pues en el aire se perciben señales de que algo puede o va a ocurrir, lo cual permite que se den reacomodos de fuerzas, actuaciones políticas que las frenen o las enciendan, pero únicamente las comprendemos a cabalidad cuando los acontecimientos son pasado y vemos los resultados.
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