|
Yo fui niño en los ’80. En la segunda mitad de la década acostumbraba ir a los partidos dominicales en la tribuna Andes de Collao, en Concepción. Con mi viejo, casi siempre alentando al Vial. Eran espectáculos coloridos. Con aposentadurías llenas. Señoras y sus esposos tomados del brazo, abuelos con su clan de la mano. Harta familia futbolera por generaciones.
|
Al entretiempo, infaltables las sopaipillas de la Señora Doris , con pebre y doble servilleta. Con “El Séptimo de Línea” en los parlantes apenas terminaba la jornada. Fueron los mejores años…
De eso, ya nada es recuperable. La democracia asentada y soñada trajo réditos sociales en los ’90. Libertades, aperturas, posibilidades en varios ámbitos. Pero también acarreó vicios inevitables, desbandes y atrocidades. Varias se fueron limando. Otras siguen tan asumidas como ignoradas. Por ejemplo, la desigualdad y varias de sus aristas. ¿En qué se nota? Uno, la delincuencia. Otro, las barras bravas. Las dos con un mismo denominador común. Aunque me apunten por estigmatizar.
Me bastó con que hace una semana me refiriese a una de estas sectas de hinchas como “mafia”. Sus ilusos defensores atacaron con la misma pobreza de fundamentos que la jerarquía estatal las permite. Hoy es una enfermedad inmune a cualquier esfuerzo por erradicarla. Pasó demasiado tiempo. Y les puedo apostar que hace rato es un flagelo conveniente para muchos. Las hinchadas populares se instalaron en este lado de la cordillera como efecto de nuestra identidad. Somos copiones. Importamos la moda con todos sus vicios, con las mismas falencias y malas proyecciones. Grupos de individuos apelando a un sentimiento engañoso. Tu camiseta es un ícono de representatividad global y no de fanatismo sano. Con ella tienes cabida en la sociedad, te sientes parte de algo mayor, atendido, extrañamente respetado. Perteneces a una colectividad temida e identificable. Como en los bajos mundos, la gente te hace el quite por temor. No invaden tus espacios. La autoridad te observa y te deja ser, mientras no te excedas. Dos o tres líderes lucrando de una pasión. Y miles de seguidores inocentes jugando al “Monito Mayor”, creyéndose algo hasta que maduran o sufren un trauma… Qué bonito, ¿verdad? En vez de imitar el hambre de triunfo y los buenos resultados, le dimos visa de residencia al vandalismo. Pasamos sus canciones por la radio, mostramos a sus líderes en los noticiarios –varios con prontuario que denominan “medallas de guerra”- como representación de un estatus. Desparramamos el léxico rasca como si fuese un gran aporte popular al legado semántico. Los rivales serán “zorras”, “madres” o “monjas” de acuerdo a la insignia. Un feligrés del equipo archirival ya no es contrario. Por una tarde se convierte en tu peor enemigo… ¿A quién quieren engañar? El mundo del balón, al menos por estos lados, parece estar hecho a la medida de estos energúmenos. Se les considera, se les venera. Molestan tanto como sirven. La autoridad tendrá un foco que atacar y así justificar que trabaja en control de masas peligrosas. Las administraciones de los clubes los financian, los usan de aliados. Y en el mejor de los casos, les entregan gratuidad y beneficios para acallarlos. Para tenerlos ocupando lugar en el organigrama informal. Los medios se sirven de su grandilocuencia para vender productos. Y las marcas ganan. Porque el público general sigue rehuyendo la galería, se aleja por su propia integridad. Lo ve por la tele, lo escucha por la radio. Negocio redondo… ¿No se dan cuenta que el detrimento del fútbol chileno tiene directa relación con el irrumpir vehemente de estos grupos de poder dentro de los estadios? Nada se consigue con subir los precios de las entradas, como algunos nuevos dirigentes creen. Estos tipos entrarán gratis, viajarán gratis y hasta venderán sus beneficios para conseguir dinero extra. Son dueños de una parte de cada recinto donde van por derecho adquirido. Y los aíslan por mero procedimiento. Un doble estándar del porte de un buque. Si el diagnóstico dice gangrena, a veces hay que extirpar y punto. Dejarse de “tirar la pelota para el córner”. Ayer me enteré lo que pide la dirigencia de Unión Española por el arriendo de Santa Laura y lo justifico. Es más. Se están construyendo estadios con estándares europeos para que estos delincuentes en potencia los hagan pedazos en beneplácito de su día de furia. Y no entiendo el miedo de las dirigencias, de las nuevas sociedades anónimas. Los dueños de la pelota cambiaron., su criterio parece que no. O entenderían que ya no necesitan a las barras bravas. Yo aseguro que los buenos hinchas seguimos estando allí. Esperando. Algunos… por lo menos. Mi padre murió y nunca pude devolverle esos domingos de gol y sentimiento. Él ya no quería volver a las gradas repletas de lumpen entregando pautas de comportamiento. Lo entiendo cada vez que voy a ver un partido de alta o mediana convocatoria, por más acreditado que me sienta. No saben cómo lo entiendo…
