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Agosto 18, 2026

CARTA ABIERTA A MARCELO BIELSA: Lo que pedimos, lo que esperamos…

 Señor Bielsa:
 
No puede haber mejor momento. A semanas de la copa del mundo, a días de la incertidumbre. En vías del regocijo o la decepción. Cuando la ansiedad aprieta el pecho, cuando el nacionalismo aflora. Al pie de discursos que chocan, de protagonismos asomados y oportunistas, de mercaderes lucrando con la ilusión. Justo ahora es que aprovecho este medio, reacio a la trastienda futbolera para dirigirme al responsable de tanta efervescencia transversal.

Porque es su trabajo, Don Marcelo, el que nos tiene acá. Hinchando, creyendo y esperando. Y me atrevo a llamarlo “Don” no por su trayectoria ni mérito. Sería redundar en la adulación barata y obvia. Mi respeto trasciende a la cancha. Tiene que ver con su ética, con su rectitud. Con reconocer en usted a un señor, uno que supo entender el medio, continuar ante la adversidad. Empatizar y absorber los ripios de una cultura pobre donde es más simple reírse de defectos físicos o ensalzar detalles chovinistas que inmiscuirse en avances reales. Donde basta un dejo de confianza para hacerse de logros y bienes ajenos en vez de remar sincronizadamente para el mismo lado.

Entonces sabrá mejor que yo, Sr Bielsa, que este país pequeño tirado a grande obedece a una herencia rastrera que se enmarca en la falta de identidad. Lo mismo pasa con el fútbol. Nos creemos buenos sin haberle ganado a nadie, nos preparamos para epopeyas en canchas de tierra mal mantenidas, nos servimos del ejemplo foráneo para tratar de alcanzar un difuso punto hacia el despegue definitivo. Y ante la menor buenaventura nos subimos al carro de la victoria sacando boletos para un Olimpo en el que jamás nos dejaron entrar.

Por lo mismo, entenderá este exitismo exacerbado, frágil y con tintes de ridiculez. Verseros sostienen ilusamente que usted transformó algunas bases de esta sociedad, que cambió mentalidades aporreadas por siglos de la noche a la mañana, que nos regaló un curso intensivo de cómo ganarle a la vida con una pelota, un computador, una planilla de ventas o una pyme. Lo endiosan por algo tan simple como hacer bien su pega, que por lo demás resulta humillante para quienes en su mismo sitial transitaron períodos con menos fortuna. No es su culpa pero imagino que lo sabe. ¿O no?

Quiero entonces -desde mi humilde tarima de periodista deportivo- apelar a su templanza. A descongestionar su aventura sudafricana pidiéndole dos favores en nombre de los que realmente amamos esta actividad libre de banderas sensacionalistas, de los que jamás dejaremos de soñar con ver a Chile en el palco de los triunfadores.

Lo primero, que no se tome el torneo como algo personal. Acá nadie tiene que demostrar nada. Ni usted merece replicar su pesadilla de 2002 ni nosotros nos merecemos su porfía por instalar el dogma en competencias donde vale más la versatilidad, la inspiración, el momento exacto o lo que llamamos “pillería”, la viveza. Ya sabemos que usted es humano, que comete errores, que apela en exceso a los grupos y se desentiende de individualidades mermando los potenciales rendimientos. Que avala populismos peligrosos como jugar dos partidos en ciudades distintas y en menos de 10 horas.

Algunos lo seguimos respetando pese a no compartir vicios suyos, como que Pinilla o Maldonado se hayan roto las piernas tratando de ganarse un lugar para obtener nada. Sabemos de su obsesión por la táctica y cuanto nos priva de talentos como Valdés, Pizarro o Mancilla. Se lo aceptamos. No nos endose fantasmas ni luchas quijotescas contra las bofetadas de antaño. No vislumbre el fracaso. Piense en los que están. Como repetidas veces hay tres o cuatro de enorme calidad y un resto que complementa. Use sólo a los mejores, en sus puestos originales, sin experimentos alocados. Déjelos aprender, atreverse, equivocarse…

Y mi segundo petitorio lo invita a quedarse acá. Independiente de la cosecha en junio. Sin importar que perdamos todos los partidos o que nos regalen minutos de gloria eterna. Sepa usted, Don Marcelo, que habrá astutos esperando su resultado para proponer nacionalización, estatuas y homenajes. O en su defecto, pasarán cuentas injustas, más atribuibles a dirigentes de corbata colgados de su brillo. Nunca fue distinto. No crea que vamos a cambiar.

Hay dos canciones autóctonas que retratan lo que digo. Una mentirosa y manoseada alude al “y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. Ignórela. Pero recuerde esta otra. “Acá la vida es muy sana pero nunca pasa na’…” No desaproveche esta oportunidad, ni esta tranquilidad permanente, ni menos tan magnífica generación de futbolistas que surgieron al alero de Sulantay, Acosta, Olmos, Borghi y tantos otros anónimos. Queda mucho por hacer. Todo por ganar. Y usted, Sr Bielsa, nos puede ayudar más de lo que cree.

Gracias por su labor incansable. Éxito en lo que viene. Sí, mucho éxito. Porque la suerte sólo es para los mediocres…