Sin considerar que, al menos en parte. dichas acciones pueden ser obra simplemente de la desesperación de quienes necesitan urgentemente de una ayuda que no llega, la afirmación de Villegas entremezcla de manera ecléctica fenómenos reales de desquiciamiento moral existentes en nuestra sociedad y algunas de sus manifestaciones en curso, fruto del sistema económico y de la correspondiente moral ultraindividualista que se impuso por la fuerza en Chile a partir de 1973, con sus propios prejuicios, derivados precisamente de su adhesión a las peores manifestaciones ideológicas de ese individualismo que embrutece y animaliza al ser humano, malogrando las enormes potencialidades positivas que anidan en él.
Su alusión al profundo desnivel existente entre las “aspiraciones adquisitivas” y las trabas que les opone la muy desigual distribución del ingreso imperante en el país es enteramente pertinente si con ello se busca llamar la atención sobre el escándalo que representan las ominosas desigualdades sociales que no han hecho más que crecer desde 1973 hacia adelante, erosionando muy gravemente todo sentido de pertenencia y de responsabilidad social. Pero carecería de toda justificación si se pretendiese pasar por alto que dichas “aspiraciones adquisitivas” han sido también fuertemente fomentadas por el propio capitalismo salvaje en que vivimos y su correspondiente ideología consumista, que sólo deja espacio a la dicotómica disyuntiva entre “ganadores” y “perdedores.”
Si, como él mismo señala, protagonista de estos pillajes no ha sido sólo el lumpen sino “también y en número abrumador, gente común y corriente, la clase de personas con las cuales usted puede toparse en su oficina o en el bus” ¿cómo es posible explicarse este fenómeno sino, precisamente, como producto del más desquiciado individualismo que ha sido profusa e insistentemente propagado en Chile durante más de cuatro décadas y media? Un individualismo del que, dicho sea de paso, el propio Villegas constituye en nuestros medios de comunicación uno de sus principales adalides.
Es cierto que lo que estos actos de pillaje ponen al descubierto es el rostro de una sociedad enferma y que esto es algo de lo que no deberíamos extrañarnos, pero que representa exactamente lo contrario de los comportamientos que cabría esperar en una sociedad en la que imperasen a plenitud los derechos humanos. La antojadiza asociación que entre lo uno y lo otro hace Villegas, pretendiendo expiar de ese modo su propia responsabilidad por la gran y persistente campaña de embrutecimiento en que se encuentran empeñados desde hace varios años nuestros medios de comunicación masivos, no es más que un soberano disparate.
Pero ¿cómo podríamos sorprendernos de que Villegas, imbuido como está de una ideología cavernaria que evoca la retrógrada doctrina del “darwinismo social”, destile frívolamente comentarios de este tipo?
